Una polilla – Genus novo
Una polilla — Genus novo

Probablemente hayan oído hablar de Hapley —no W. T. Hapley, el hijo, sino del Hapley célebre, el Hapley de Periplaneta Hapliia, Hapley el entomólogo. Si es así, estarán al tanto de la gran disputa entre Hapley y el profesor Pawkins, aunque algunas de sus consecuencias puede que sean nuevas para ustedes. Aquellos que no estén al corriente necesitarán una o dos palabras para explicarlo, explicación por la que el lector perezoso puede pasar con un simple vistazo si su indolencia así lo prefiere.
Es sorprendente lo muy extendida que está la ignorancia acerca de asuntos tan verdaderamente importantes como esta disputa entre Hapley y Pawkins. Creo sinceramente que aquellas controversias que hicieron época, que han convulsionado a la Sociedad Geológica, son casi completamente desconocidas fuera del ámbito de esta institución. He escuchado a hombres con una considerable cultura calificando incluso de “riñas de sacristía” a las magníficas escenas que se producían en estas reuniones. No obstante, el gran odio entre geólogos ingleses y escoceses hace ya medio siglo que dura, y “ha dejado profundas y abundantes marcas en el cuerpo de la ciencia”. Y este asunto entre Hapley y Pawkins, aunque era más bien una cuestión personal, levantó pasiones igualmente profundas, si no más. Un profano no puede hacerse una idea del celo que anima a un investigador científico, de la furia contradictoria que se puede despertar en él. Es el odium theologicum bajo una nueva forma. Hay hombres, por ejemplo, que le pegarían fuego alegremente al profesor Ray Lankester de Smithfield por su tratamiento del filo Mollusca en la Enciclopedia, esa descabellada extensión de los cefalópodos para abarcar a los pterópodos… Pero me estoy desviando de Hapley y Pawkins.

La cosa empezó hace muchos muchos años, con una revisión de Microlepidoptera (sea esto lo que sea) realizada por Pawkins, en la que este suprimía una nueva especie creada por Hapley. Hapley, que siempre había sido belicoso, replicó con una hiriente y completa impugnación de la clasificación de Pawkins.1 Pawkins, en su “Contrarréplica”2, sugirió que el microscopio de Hapley estaba tan defectuoso como su capacidad de observación, y lo llamó “metomentodo irresponsable” —en aquel tiempo Hapley no era profesor. En su contrarréplica3, Hapley habló de “coleccionistas chapuceros”, y, como de pasada, describió la revisión de Pawkins como “un milagro de ineptitud”. Era una guerra a cuchillo. Sin embargo, para el lector tendría escaso interés detallar cómo discutieron estos dos grandes hombres y cómo se ensanchó la ruptura entre ellos desde que, tras el asunto de Microlepidoptera, estuvieron en guerra sobre cada cuestión entomológica en disputa. Hubo ocasiones memorables. Hubo momentos en que las reuniones de la Real Sociedad Entomológica fueron lo más parecido a la Cámara de los diputados. En términos generales, supongo que Pawkins estaba más próximo a la verdad que Hapley. Pero Hapley era hábil en su retórica, tenía un talento para lo ridículo poco habitual en un hombre de ciencia, estaba dotado de una gran energía y se sentía agudamente dolido por el asunto de la especie suprimida; mientras que Pawkins era un hombre de presencia insípida, de discurso prosaico, con una figura no muy diferente a la de un barril de agua, excesivamente meticuloso con los testimonios y sospechoso de traficar con los cargos en los museos. De modo que los jóvenes se agrupaban alrededor de Hapley y le aplaudían. Fue una lucha larga, viciada desde el principio, y que creció hasta convertirse en un antagonismo despiadado. Los giros sucesivos de la fortuna, que le daban la ventaja ahora a un bando, ahora al otro —a veces Hapley atormentado por algún éxito de Pawkins, a veces Pawkins eclipsado por Hapley—, son más parte de la historia de la entomología que de este relato mismo.
Pero en 1891, Pawkins, cuyo estado de salud llevaba algún tiempo siendo delicado, publicó un trabajo sobre el “mesoblasto” de la Esfinge de la calavera4. Qué cosa sea el mesoblasto de la Esfinge de la calavera no importa un comino para esta historia. Pero el trabajo estaba muy por debajo del nivel habitual y le dio a Hapley la oportunidad que había ansiado durante años. Debió trabajar noche y día para sacarle el máximo partido a su ventaja.

Esfinge de la calavera (Acherontia atropos)
by Jakob Horz – CC BY 4.0
En una crítica elaborada hizo pedazos a Pawkins —se puede uno imaginar los desordenados cabellos negros del hombre y sus desorbitados ojos oscuros destellando mientras se lanzaba sobre su antagonista— y Pawkins realizó una réplica vacilante, imprecisa, con penosos intervalos de silencio, y no obstante maliciosa. Su intención de herir a Hapley era evidente, así como su incapacidad para lograrlo. Pero pocos de los que lo escucharon —en aquella reunión yo estuve ausente— se dieron cuenta de lo enfermo que estaba el hombre.
Hapley había noqueado a su oponente, y se propuso rematarlo. Continuó con un sencillo y brutal ataque a Pawkins en la forma de una publicación sobre el desarrollo de las polillas en general, una publicación en la que dejó muestra de una extraordinaria cantidad de esfuerzo mental y, no obstante, formulada en un tono de violenta controversia. Y violenta como fue, una nota editorial testimonió que aun había sido suavizada. Esto debió teñir de vergüenza y confusión el rostro de Pawkins. No dejó resquicio alguno; el argumento fue asesino y con un tono absolutamente despreciativo; un golpe espantoso en los años declinantes de la carrera de un hombre.
La sociedad de los entomólogos esperó conteniendo el aliento la respuesta de Pawkins. Lo intentaría, porque Pawkins siempre había estado al quite. Pero cuando al fin llegó, quedó sorprendida, porque la respuesta de Pawkins fue coger la gripe, continuar con una neumonía, y morirse.
Fue quizá una respuesta todo lo efectiva que se podía hacer en tales circunstancias, y en gran medida consiguió volver la corriente de opinión en contra de Hapley. La misma gente que había jaleado con júbilo a ambos gladiadores se puso seria a partir de estas consecuencias. No cupieron dudas de que el desgaste de la derrota había contribuido a la muerte de Pawkins. Hasta para la controversia científica hay límites, dijo la gente seria. Otro ataque aplastante estaba ya en la prensa y apareció el día antes del funeral. No creo que Hapley hiciera ningún esfuerzo para detenerlo. La gente recordó como Hapley había acosado a su rival y se olvidó de los defectos de ese rival. La sátira mordaz se lee con disgusto ante una tumba reciente. El asunto provocó comentarios en los periódicos del día. Esto es lo que me llevó a pensar que ustedes han escuchado probablemente hablar sobre Hapley y sobre esta controversia. Pero, tal como ya he señalado, los trabajadores científicos viven bastante en su propio mundo; me atrevo a decir que la mitad de la gente que pasa por Picadilly para asistir a la universidad todos los años no sabría decir dónde están ubicadas las asociaciones académicas. Muchos piensan incluso que “Investigación” es una especie de jaula para familias felices donde todo tipo de hombres conviven pacíficamente.
Para sus adentros, Hapley no podía perdonar a Pawkins por haber muerto. En primer lugar, era una maniobra vil para escapar a su total aplastamiento, el cual tenía Hapley al alcance de la mano; y en segundo lugar, había dejado en la mente de Hapley un extraño vacío. Durante veinte años había trabajado duramente, a veces hasta bien entrada la noche, y siete días a la semana, con el microscopio, el escalpelo, la red de coleccionista y la pluma, y casi por completo en algo relacionado con Pawkins. La reputación de alcance europeo que se había ganado había llegado como un accidente de esa gran antipatía. Su trabajo había escalado hasta su clímax en aquella última controversia. Había matado a Pawkins, pero también había desquiciado a Hapley, por decirlo de algún modo, y su médico le aconsejó dejar el trabajo por un tiempo y descansar. Así que Hapley se retiró a un pueblo tranquilo en Kent y pensó día y noche en Pawkins y en las cosas buenas que ahora era imposible decir sobre él.
Finalmente, Hapley empezó a darse cuenta de en qué dirección apuntaban sus preocupaciones. Se decidió a pelear contra ello, y en un principio intentó leer novelas. Pero no podía apartar su mente de Pawkins, con la cara pálida y dando su último discurso —cada una de sus frases una oportunidad preciosa para Hapley. Cambió después a la ficción —y descubrió que no le entusiasmaba. Leyó Noches en la isla5, hasta que su “sentido de la causalidad” se estremeció más allá de lo soportable con “El diablillo de la botella”. Entonces se pasó a Kipling, y descubrió que “no demostraba nada”, además de ser irreverente y vulgar. Esta gente de ciencia tiene sus limitaciones. Después, desafortunadamente, lo intentó con La casa interior6, de Besant, y el capítulo con el que abría condujo a su mente hacia las asociaciones académicas y hacia Pawkins de una misma vez.
Así que Hapley se pasó al ajedrez, y lo encontró un poco más relajante. Pronto dominó los movimientos, las principales aperturas, las posiciones de cierre más comunes, y empezó a ganarle al vicario. Pero entonces el contorno cilíndrico del rey rival empezó a a parecerse a Pawkins, de pie, respirando con dificultad e impotente ante el jaque mate, y Hapley decidió dejar el ajedrez.
Quizá el estudio de alguna nueva rama de la ciencia fuera la mejor distracción. El mejor descanso es un cambio de ocupación. Hapley decidió sumergirse en las diatomeas e hizo que le enviaran desde Londres uno de sus microscopios más pequeños y la monografía de Halibut. Pensó que si pudiera iniciar una vigorosa disputa con Halibut, tal vez podría empezar a vivir de nuevo y olvidar a Pawkins. Y muy pronto se halló trabajando duramente con su ímpetu habitual en los microscópicos ciudadanos de los charcos junto a los caminos.
Fue al tercer día con las diatomeas que Hapley tomó conciencia de una nueva adición a la fauna local. Estaba trabajando hasta tarde sobre el microscopio y la única luz en la habitación era la de la pequeña lámpara con su forma especial y su tonalidad verde. Al igual que todos los microscopistas experimentados, mantenía abiertos los dos ojos. Es la única manera de evitar una fatiga excesiva. Tenía un ojo sobre el instrumento y ante este, brillante y nítido, estaba el campo circular del microscopio en el que una diatomea marrón se movía lentamente. Con el otro ojo Hapley veía, como si dijéramos, sin ver.7 Tan sólo era vagamente consciente del lateral de latón del instrumento, de la parte iluminada del mantel, de una hoja de papel con las notas, del pie de la lámpara y de la habitación a oscuras más allá.
De repente su atención saltó de un ojo al otro. El mantel era de ese material que los comerciantes llaman tapiz y era de colores más bien brillantes. El estampado era dorado con una pequeña cantidad de carmesí y azul claro sobre un fondo grisáceo. En un punto el patrón parecía desplazado, y había un movimiento vibrante de los colores en dicho punto.
Hapley movió de golpe la cabeza hacia atrás y miró con ambos ojos. Se quedó boquiabierto de asombro.
¡Era una polilla grande o mariposa, con las alas extendidas a la manera de las mariposas!
Era del todo extraño que estuviera en la habitación, pues las ventanas estaban cerradas. Extraño que no hubiera llamado su atención cuando revoloteó hasta su posición actual. Extraño que coincidiera con el patrón del mantel. Mucho más extraño que para él, Hapley, el gran entomólogo, resultara totalmente desconocida. No era una ilusión. Se arrastraba lentamente hacia el pie de la lámpara..
—¡Genus novo, válgame Dios! ¡Y en Inglaterra! —dijo Hapley mirando fijamente.
Entonces pensó de repente en Pawkins. Nada lo hubiera enloquecido más a Pawkins… ¡Y Pawkins estaba muerto!
Había un algo en la cabeza y el cuerpo del insecto que le recordaba singularmente a Pawkins, justo como le había sucedido con el rey del ajedrez.
—¡Maldito Pawkins! —dijo Hapley.— Pero tengo que atraparla. —Y mirando a su alrededor en busca de algo con lo que capturarla, se levantó lentamente de su silla. De repente el insecto se elevó, golpeó el filo de la pantalla de la lámpara (Hapley escuchó el ping), y se desvaneció en la sombra.
Al instante Hapley le quitó la pantalla a la lámpara, de manera que toda la habitación quedó iluminada. La cosa había desaparecido, pero pronto su adiestrado ojo la detectó sobre el papel de la pared cerca de la puerta. Avanzó hacia ella blandiendo la pantalla de la lámpara para capturarla. Sin embargo, antes de hallarse a tiro se elevó y empezó a revolotear por la habitación. Fiel a las maneras de las de su clase, voló con repentinos impulsos y giros pareciendo desvanecerse aquí y reapareciendo allá. Hapley lanzó un ataque, y falló; y luego otra vez. La tercera vez golpeo su microscopio. El instrumento se balanceó, golpeó la lámpara, la volcó y cayó ruidosamente al suelo. La volcada lámpara, afortunadamente, se apagó. Hapley se quedó a oscuras. Con un sobresalto sintió como la extraña polilla tropezaba en su cara.
Era para volverse loco. No tenía luces. Si abría la puerta de la habitación la cosa se marcharía. En la oscuridad vio muy distintamente a Pawkins riéndose de él. Pawkins siempre tenía una risa falsa. Juró con furia y pateó el suelo con sus pies.
Sonaron unos tímidos golpes en la puerta. Después esta se abrió, unos centímetros quizá, y muy lentamente. La cara alarmada de la casera apareció detrás de la llama rosa de una vela; llevaba puesto un gorro de noche sobre su cabello gris y una prenda morada sobre los hombros.

—¿Qué fue ese horrible estruendo?— dijo. —Algo ha…
La extraña polilla apareció revoloteando junto a la rendija de la puerta.
—¡Cierre esa puerta!— dijo Hapley, y se precipitó repentinamente sobre ella.
La puerta se cerró rápidamente con un portazo. Hapley se quedó solo en la oscuridad. Después, en una pausa, oyó cómo su casera huía escaleras arriba, cómo cerraba su puerta y arrastraba algo pesado por la habitación para apoyarlo contra esta última.
Para Hapley era obvio que su conducta y aspecto había sido extraña y alarmante. ¡Maldita polilla! ¡Y maldito Pawkins! Sin embargo, era una lástima perder ahora a la polilla. Después de tirar su sombrero al suelo con un ruido como un tambor, tanteó el camino hasta el vestíbulo y encontró las cerillas. Con la vela encendida regresó a la sala de estar. No se veía ninguna polilla. No obstante, por un momento le pareció que la cosa revoloteaba en torno a su cabeza. De forma muy repentina Hapley decidió olvidarse de la polilla e irse a la cama. Pero estaba excitado. Durante toda la noche su descanso quedó roto por sueños con la polilla, con Pawkins y con su casera. Dos veces esa noche salió de la cama y se mojó la cabeza en agua fría.
Había una cosa que tenía clara. Su casera posiblemente no podría entender aquel asunto de la extraña polilla, especialmente después de haber fallado a la hora de atraparla. Nadie que no fuera entomólogo entendería bien cómo se sentía. Ella estaba probablemente asustada por su comportamiento, pero él no alcanzaba a ver cómo podía explicarla. Decidió no comentar nada sobre los acontecimientos de la noche pasada. Después del desayuno la vio en el jardín y decidió ir a hablar con ella para tranquilizarla. Le habló sobre judías y patatas, abejas, orugas y el precio de la fruta. Ella le contestó con sus maneras habituales, pero le miraba con un poco de suspicacia y siguió andando mientras él andaba de manera que entre ellos siempre hubiera un macizo de flores, o una fila de judías, o algo de este estilo. Después de un rato él empezó a sentirse singularmente irritado por esto, y para ocultar su enojo entró en la casa y salió entonces para dar un paseo.
La polilla, o mariposa, siguió presentándose en medio de aquel paseo arrastrando con ella un raro regusto a Pawkins, aunque él hizo lo que pudo para sacársela de la cabeza. En una ocasión la vio claramente, con sus alas completamente extendidas, sobre el viejo muro de piedra que recorre el límite oeste del parque, pero al acercarse a ella descubrió que solo eran dos trozos de liquen gris y amarillo.
—Esto —dijo Hapley— es justo lo opuesto al mimetismo. En lugar de una mariposa pareciéndose a una piedra, ¡es la piedra la que se parece a la mariposa!
En una ocasión algo se cernió y revoloteó en torno a su cabeza, pero con un esfuerzo alejó otra vez aquella impresión de su pensamiento.
Por la tarde Hapley recurrió al vicario y debatió con el sobre cuestiones teológicas. Se sentaron en la pequeña pérgola cubierta de zarzas y fumaban mientras discutían.
—¡Mire esa polilla! —dijo Hapley de repente señalando el filo de la mesa de madera.
—¿Dónde! —dijo el vicario.
—¿No ve una polilla allí, en el filo de la mesa? —dijo Hapley.
—Ciertamente no —dijo el vicario.
Hapley se quedó atónito. Respiraba con dificultad. El vicario le miraba. Estaba claro que el hombre no veía nada.
—El ojo de la fe no es mejor que el ojo de la ciencia —dijo Hapley incómodo.
—No entiendo por dónde va —dijo el vicario, pensando que era parte de la argumentación.
Esa noche Hapley encontró a la polilla reptando por su contraventana. Se sentó en el borde de la cama en mangas de camisa y razonó consigo mismo. ¿Era una pura alucinación? Sabía que estaba resbalando, y batalló por su cordura con la misma energía silenciosa que había desplegado anteriormente contra Pawkins. El hábito mental es tan persistente, que sentía como si estuviera todavía peleando con Pawkins. Estaba bastante versado en psicología. Sabía que este tipo de ilusiones visuales eran el resultado de la tensión mental. Pero la cosa era que no solo veía a la polilla, la había oído cuando tocó el filo de la pantalla de la lámpara, y luego cuando se estrelló contra la pared, y había notado cómo golpeaba su cara en la oscuridad.
La miró. A la luz de la vela no parecía en absoluto un sueño, sino perfectamente nítida y de aspecto sólido. Contempló el cuerpo velloso y las cortas antenas como plumas, las patas articuladas e incluso un lugar en el que el vello había sido raspado por el ala. De repente se enfadó consigo mismo por estar asustado de un pequeño insecto.
Su casera había dispuesto que la sirviente durmiera con ella aquella noche, porque tenía miedo de estar sola. Además había cerrado la puerta y colocado la cómoda contra ella. Escuchaban y hablaban en susurros después de haberse ido a la cama, pero no ocurrió nada que las alarmara. Sobre las once se habían aventurado a apagar la vela y ambas se habían quedado dormidas. Despertaron con un sobresalto y se quedaron sentadas en la cama, escuchando a oscuras.
Entonces oyeron unos pasos en zapatillas yendo y viniendo por la habitación de Hapley. Una silla volcó, y se produjo un violento repiqueteo en la pared. Después una adorno de cerámica sobre la chimenea se hizo pedazos sobre el guardafuegos. La puerta de la habitación se abrió de repente, y lo oyeron en el descansillo. Se apretaron una contra otra, escuchando. Parecía estar bailando sobre la escalera. Ahora bajaba rápidamente tres o cuatro escalones, luego hacia arriba otra vez, luego bajó precipitadamente hasta el vestíbulo. Oyeron caer el perchero de los paraguas y romperse la ventana de medio arco; después correrse el cerrojo y tintinear la cadena. Estaba abriendo la puerta.

Corrieron hasta la ventana. Era una noche gris y con poca luz; una cortina casi continua de nubes de lluvia se deslizaba por delante de la luna, y el seto y los árboles en frente de la casa se dibujaban negros sobre la calzada pálida. Vieron a Hapley, que parecía un fantasma en su camisa y pantalones blancos, corriendo de aquí para allá en el camino y golpeando al aire. Ahora se paraba, ahora se lanzaba muy rápidamente sobre algo invisible, ahora se movía hacia aquello con zancadas sigilosas. Al final se perdió de vista camino arriba hacia la colina. Entonces, mientras discutían quien debería bajar a cerrar la puerta, regresó. Caminaba muy deprisa y entró directamente en la casa, cerró la puerta cuidadosamente y subió tranquilamente a su habitación. Después todo quedó en silencio.
—Sra. Colville —dijo Hapley a la mañana siguiente mientras bajaba la escalera. —Espero no haberla alarmado esta noche pasada.
—¡Bien puede usted decirlo! —dijo la Sra. Colville.
—La verdad es que soy sonámbulo, y estas dos últimas noches me quedé sin mi medicamento para el sueño. No tiene nada por lo que alarmarse, de verdad. Siento haberme comportado de forma tan estúpida. Cruzaré la colina hasta Shoreham y me haré con algo que me ayude a dormir profundamente. Debería haberlo hecho ayer.
Pero a mitad de camino sobre la colina, junto a las canteras de piedra caliza, la polilla apareció de nuevo sobre Hapley. Este siguió avanzando, intentando ocupar su pensamiento con cuestiones de ajedrez, pero no dio resultado. La cosa revoloteó ante sus ojos, y él la golpeó con su sombrero en un gesto de autodefensa. Entonces la rabia, la antigua rabia —la rabia que tan frecuentemente había sentido contra Pawkins— le asaltó otra vez. Prosiguió su camino brincando y golpeando al ondulante insecto. De repente pisó en vacío, y cayó con la cabeza por delante.

Hubo una interrupción en su percepción, y tras ella Hapley se encontró sentado sobre un montón de piedras de pedernal, frente a la boca de los pozos de caliza, con una pierna doblada hacia atrás debajo suyo. La extraña polilla todavía revoloteaba en torno de su cabeza. La golpeó con la mano, y volviendo la cabeza vio a dos hombres que se acercaban. Uno era el doctor del pueblo. Hapley pensó que esto era una suerte, pero después le vino a la mente, con extraordinaria viveza, que nadie, excepto él mismo, había sido capaz de ver a la extraña polilla, y que no debía decir nada sobre el tema.
No obstante, aquella noche, ya tarde, después de que le pusieran la pierna en el sitio, estaba febril y olvidó contenerse. Se hallaba tumbado sobre su cama y empezó a recorrer la habitación con los ojos para ver si la polilla andaba todavía por allí. Intentó no hacerlo, pero no hubo manera. No tardó en echarle la vista encima, posada cerca de su mano, junto a la lámpara de noche, sobre el mantel verde. Sus alas temblaban. En una súbita oleada de ira le lanzó un golpe con el puño, y la enfermera despertó con un chillido. Había fallado.
—¡Esa polilla! —dijo; y a continuación: —Lo imaginé. ¡No era nada!
En todo momento podía ver claramente cómo el insecto rodeaba la cornisa y se lanzaba a través de la habitación, y también podía ver que la enfermera no veía nada de aquello y que lo miraba con extrañeza. Debía contenerse. Sabía que estaba perdido si no se contenía. Pero a medida que declinaba la noche le subió la fiebre, y el mismo temor que sentía de ver a la polilla le hizo verla. Sobre las cinco, cuando el amanecer despuntaba gris, intentó salir de la cama y atraparla, aunque su pierna reventaba de dolor. La enfermera tuvo que pelear con él.
A causa de esto lo ataron a la cama. Ante esta situación, la polilla se volvió más audaz, y en una ocasión sintió como se le posaba en el cabello. Entonces, porque se golpeó violentamente con los brazos, también le ataron estos. Y entonces la polilla volvió y se le arrastró por la cara; y Hapley lloró, juró, vociferó, les suplicó que se la quitaran de encima, todo en vano.
El doctor era un zopenco, un profesional sólo a medias cualificado y bastante ignorante de la ciencia mental. Simplemente dijo que no había polilla. Si hubiera tenido algo de buen juicio, quizá todavía hubiera podido salvar a Hapley de su destino entrando en su ilusión y cubriéndole la cara con una gasa, tal como él suplicaba que hicieran. Pero, como digo, el doctor era un zopenco, y hasta que la pierna curó lo mantuvieron atado a la cama con la polilla imaginaria reptando sobre él. Nunca lo abandonaba mientras estaba despierto, y en sueños crecía hasta convertirse en un monstruo. Mientras estaba despierto anhelaba que llegara el sueño, y del sueño se despertaba gritando.
Así que ahora Hapley pasa los días que le quedan en una habitación acolchada preocupado por una polilla que nadie más puede ver. El médico del psiquiátrico lo llama alucinación; pero Hapley, en sus momentos de mejor ánimo, cuando puede hablar, dice que es el fantasma de Pawkins, y por tanto un espécimen único que bien vale la pena atrapar.


Notas
↑ *
Año: Tenga presente el lector que, por expresa y terminante decisión de los que mandan en este agujero, todas las fechas de la biblioteca Bicheratura están referidas al nacimiento de Sócrates, que es como se cuentan los años en esta república —esto es, van 470 años por delante del país vecino —esto es, ahí fuera mismo en la calle.
La intención inicial de la junta directiva del antro era utilizar esta cronología en toda la Bichoteca. No obstante, tras una acalaroda intervención por parte de este equipo de edición —que está convencido de que sin una cierta connivencia con los usos establecidos no habrá difusión de la obra—, se nos ha dado permiso para que los artículos de la sección Divulgando sean mostrados con la fecha en que los simios que los escribieron creían estar viviendo.
↑ * Suborden o Superfamilia— En los órdenes Blattodea, Hymenoptera y Lepidoptera, para agrupar las familias hemos preferido usar las superfamilias en lugar de los subórdenes.
↑ 1. “Observaciones sobre una reciente revisión de Microlepidoptera”, en Quart. Journ. Entomological Soc. 1863.
↑ 2. “Contrarréplica a ciertas Observaciones”, etc. Ibid., 1864.
↑ 3. “Más observaciones”, etc. Ibid.
↑ 4. "Death’s Head Moth" en el original. El término anglosajón alude a cualquiera de las tres especies de lepidóptero incluidas en el género Acherontia, A. atropos, A. styx y A. lachesis. (N. del T.)
↑ 5. Island Nights' Entertainments, en su título original, es una colección de relatos publicada por Robert Louis Stevenson en 1893. (N. del T.)
↑ 6. The Inner House, novela de Walter Bessant, una fantasía distópica publicada en 1888 en la que unos científicos descubren un elixir de inmortalidad. (N. del T.)
↑ 7. El lector no habituado a los microscopios puede entender esto fácilmente enrollando una hoja en forma de tubo y mirando un libro a través de este mientras mantiene abierto el otro ojo.
Fuentes
- “A moth – Genus Novo”, en The Stolen Bacillus and Other Incidents (Project Gutenberg)
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