El enjambre

El enjambre

I

Las abejas de la colmena que hemos elegido se han sacudido el letargo del invierno. La reina ha vuelto a poner huevos desde los primeros días de febrero. Las obreras han visitado las anémonas, las pulmonarias, las aliagas, los sauces y los avellanos. Después la primavera ha invadido la tierra; los graneros y las bodegas están repletos de miel y de polen y cada día nacen miles de abejas. Los machos, grandes y pesados, salen de sus vastas celdas, recorren los panales, y la congestión en la ciudad excesivamente próspera es de tal envergadura que al atardecer, cuando regresan desde las flores, centenas de obreras rezagadas no encuentran ya alojamiento y se ven obligadas a pasar la noche en el umbral, donde son diezmadas por el frío.

Apis mellifera obrera

Abeja obrera
by Sue CarnahanCC BY 4.0

Una inquietud recorre toda la población, y la vieja reina se agita. Siente que se prepara un nuevo destino. Ha cumplido religiosamente su deber de buena procreadora y ahora, de este deber cumplido, surgen la tristeza y la tribulación. Una fuerza invencible amenaza su reposo; pronto va a ser necesario abandonar la ciudad en la que reina. Y sin embargo esta ciudad es obra suya, la ciudad entera es ella. —No es reina en el mismo sentido que lo entenderíamos entre los humanos. Allí ella no da ninguna orden; allí, como el último de sus súbditos, ella se encuentra sometida a esa potencia oculta y soberanamente sabia a la que llamaremos —mientras esperamos a intentar descubrir dónde reside— “el espíritu de la colmena”. Pero ella es la única madre de la ciudad y el único órgano del amor. La ha fundado en la incertidumbre y la pobreza. La ha repoblado sin cesar con su sustancia, y todos aquellos que la animan, obreras, machos, larvas, pupas, y las jóvenes princesas cuyo próximo nacimiento va a precipitar su partida —una de entre las cuales la ha sucedido ya en el pensamiento inmortal de la Especie— han salido de sus entrañas.

II

“El espíritu de la colmena”… ¿dónde está, en qué se encarna? No es semejante al instinto particular del pájaro, que sabe construir su nido con destreza y buscar otros cielos cuando llega el momento de emigrar. No es tampoco una suerte de hábito maquinal de la especie, el cual no pide ciegamente más que vivir y tropieza con todas las esquinas del azar tan pronto como una circunstancia imprevista altera la serie de los fenómenos habituales. Por el contrario, él sigue paso a paso las todopoderosas circunstancias, como un esclavo inteligente y atento que sabe sacar partido de las órdenes más peligrosas de su amo.

Abejas ventiladoras agitando las alas en la entrada de una colmena

Abejas «ventiladoras»
by Ken Thomas

Él dispone despiadadamente, pero con discreción y como sometido a algún gran deber, de las riquezas, de la fortuna, de la libertad y de la vida de todo un pueblo alado. Regula día a día el número de nacimientos y lo mantiene proporcionado al de las flores que iluminan la campiña. Él anuncia a la reina su declive o la necesidad de su partida; la obliga a traer al mundo a sus rivales; cría a estas para la realeza; las protege contra el odio político de su madre; permite o prohíbe —dependiendo de la generosidad de las corolas multicolores, del periodo de la primavera o de los probables peligros del vuelo nupcial— que la primera nacida de entre las princesas vírgenes asesine en la cuna a sus jóvenes hermanas, las cuales entonan el canto de las reinas. Otras veces, cuando la estación avanza y las horas floridas son menos largas, ordena a las mismas obreras dar muerte a toda la descendencia imperial para poner fin a la era de las revoluciones y apresurar el regreso a la faena.

Este espíritu es prudente y ahorrador, pero no avaro. Conoce, según parece, las leyes fastuosas y un tanto alocadas de todo lo relacionado con el amor. De modo que, durante los días de abundancia del verano, tolera —porque es entre ellos que elegirá a su amante la reina que va a nacer— la molesta presencia de tres o cuatrocientos machos atolondrados, torpes, ocupados en cosas inútiles, pretenciosos, total y escandalosamente ociosos, bulliciosos, glotones, groseros, sucios, insaciables y enormes. Pero una vez fecundada la reina, cuando las flores se abren más tarde y se cierran más pronto, una mañana, con frialdad, él decreta su general y simultánea masacre.

Él regula el trabajo de cada una de las obreras. Según su edad, distribuye las tareas a las nodrizas que cuidan a las larvas y las pupas; a las damas de honor que se ocupan de la reina y no la pierden de vista; a las ventiladoras que con su batir de alas airean, refrescan o calientan la colmena y aceleran la evaporación de la miel demasiado cargada de agua; a las arquitectas, a las albañilas, a las enceradoras y a las escultoras que construyen en cadena los panales; a las recolectoras que van al campo a buscar el néctar de las flores que se convertirá en miel, el polen que es el alimento de las larvas y de las pupas, el propóleo que sirve para calafatear y consolidar los edificios de la ciudad, el agua y la sal necesarias a la juventud de la nación. Él impone su tarea a las químicas que aseguran la conservación de la miel instilando en ella, con la ayuda de su aguijón, una gota de ácido fórmico; a las obturadoras que sellan los alvéolos cuyo tesoro está maduro; a las barrenderas que mantienen meticulosamente aseadas las calles y las plazas públicas; a las necróforas que se llevan los cadáveres a lo lejos; a las amazonas del cuerpo de guardia que velan noche y día por la seguridad del umbral, interrogan a los que van y vienen, identifican a las adolescentes en su primera salida, ahuyentan a los vagabundos, los merodeadores y los ladrones, expulsan a los intrusos, atacan en masa a los enemigos temibles y, si es necesario, bloquean la entrada.

Abejas guardianas a la entrada de la colmena

Abejas guardianas
by Ken Thomas

Por fin, es “el espíritu de la colmena” el que fija la hora del gran sacrificio anual al genio de la especie —me refiero a la enjambrazón—, cuando un pueblo entero, alcanzada la cúspide de su prosperidad y su poder, abandona de repente a la generación futura todas sus riquezas, sus palacios, sus residencias y el fruto de sus esfuerzos para ir a buscar a lo lejos la incertidumbre y la desnudez de una nueva patria. He aquí un acto que, consciente o no, trasciende la moral humana. Arruina a veces, empobrece siempre, dispersa con toda seguridad a la ciudad bienaventurada para obedecer a una ley más alta que la felicidad de la ciudad. ¿Dónde se formula esta ley que, pronto lo veremos, está lejos de ser tan fatal y ciega como se cree? ¿Dónde, en que asamblea, en qué consejo, en qué esfera común reside este espíritu al que todos se someten y que está él mismo sometido a un deber heroico y a una razón siempre dirigida hacia el porvenir?

Sucede con nuestras abejas como con la mayor parte de las cosas de este mundo; observamos algunos de sus hábitos, decimos: hacen esto, trabajan de esta manera, sus reinas nacen así, sus obreras permanecen vírgenes, enjambran en tal época. Creemos conocerlas y no preguntamos nada más al respecto. Las miramos apresurarse de flor en flor; contemplamos el vaivén trepidante de la colmena; esta existencia, como cualquier otra, nos parece bien simple y limitada a una preocupación instintiva por la alimentación y la reproducción. Pero que el ojo se acerque e intente dar cuenta de ella, y he aquí entonces que aparece la impresionante complejidad de los fenómenos más naturales, el enigma de la inteligencia, de la voluntad, de los destinos, de la finalidad, de los medios y las causas, la organización incomprensible del acto vital más nimio.

III

En nuestra colmena, pues, se prepara la enjambrazón, la gran inmolación a los exigentes dioses de la raza. Obedeciendo la orden del “espíritu” —orden que nos resulta escasamente explicable, ya que es exactamente contraria a todos los instintos y todos los sentimientos de nuestra especie—, entre sesenta y setenta mil abejas, de las ochenta o noventa mil de la población total, van a abandonar a la hora prescrita la ciudad materna. No partirán ni mucho menos en un momento de angustia, no huirán con una resolución súbita y alarmada de una patria devastada por la hambruna, la guerra o la enfermedad. No, el exilio ha sido profundamente meditado y la hora favorable esperada con paciencia. Si la colmena es pobre, si está siendo azotada por las desgracias de la familia real, las tempestades o el pillaje, no la abandonan. No la dejan sino en el apogeo de su prosperidad, cuando, después del trabajo desenfrenado de la primavera, el inmenso palacio de cera con ciento veinte mil celdas bien alineadas rebosa de miel nueva y de esa harina irisada conocida como “pan de abeja” que sirve para alimentar a las larvas y las pupas.

Jamás la colmena está tan bella como en la víspera de la renuncia heroica. Para ella es la hora sin igual, animada, un tanto febril, y sin embargo serena, de la abundancia y la alegría plena. Tratemos de representárnosla, no tal como la perciben las abejas, pues nosotros no podemos imaginar la manera mágica en la que se reflejan los fenómenos en las seis o siete mil facetas de sus ojos laterales y en el triple ojo ciclópeo de su frente, sino tal como la veríamos si tuviésemos su tamaño.

Desde lo alto de un domo más colosal que el de San Pedro de Roma descienden hasta el suelo, verticales, múltiples y paralelas, unas gigantescas murallas de cera, construcciones geométricas suspendidas en las tinieblas y el vacío que, por su precisión, su audacia y la enormidad, no seríamos capaces, guardando todas las proporciones, de comparar a ninguna construcción humana.

Celdas de Apis mellifera con polen almacenado de diferentes colores

Panales de abeja melífera
by CIRO – CC BY 3.0

Cada una de estas murallas —cuya sustancia está todavía del todo fresca, virginal, plateada, inmaculada, aromática— está formada de miles de celdas y contiene víveres suficientes para alimentar a la población entera durante varias semanas. Se ven aquí las resplandecientes manchas rojas, amarillas, malvas y negras del polen, fermentos de amor de todas las flores de la primavera, acumuladas en los alvéolos transparentes. Por todo alrededor, en largos y fastuosos tapices de oro de pliegues rígidos e inmóviles, la miel de abril, la más límpida y la más perfumada, reposa ya en el interior de sus veinte mil recipientes, sellados con un precinto que no se violará más que en los días de miseria suprema. Más arriba, la miel de mayo madura todavía en sus grandes y abiertas cubas, al borde de las cuales una cohorte vigilante mantiene una corriente continua de aire. En el centro, en la parte más cálida de la colmena y lejos de la luz, cuyos chorros diamantinos penetran por la única abertura, dormita y se despierta el porvenir.

Es el dominio real de la nidada, reservado a la reina y a sus acólitos: cerca de diez mil moradas en las que reposan los huevos, quince o dieciséis mil cámaras ocupadas por las larvas, cuarenta mil casas habitadas por pupas blancas atendidas por millares de nodrizas.1 Por fin, en el sanctasanctórum de estos limbos, los tres, cuatro, seis o doce palacios cerrados —y comparativamente muy vastos— de las princesas adolescentes que, envueltas en una especie de sudario, inmóviles y pálidas, alimentadas en las tinieblas, esperan a que llegue su hora.

IV

Abeja volando con carga de polen

Apis mellifera
by Peter Chen 2.0CC BY 4.0

Ahora bien, el día prescrito por “el espíritu de la colmena”, una parte del pueblo, estrictamente determinada según leyes inmutables y precisas, cede su lugar a estas esperanzas que no tienen forma todavía. En la ciudad adormecida se deja a los machos entre los cuales será elegido el amante real, a unas abejas muy jóvenes que cuidan de la nidada, y unos cuantos miles de obreras que continuarán recolectando a lo lejos, guardarán el tesoro acumulado y mantendrán las tradiciones morales de la colmena. Porque cada colmena tiene su moral particular. Se encuentran algunas muy virtuosas y otras muy pervertidas, y el apicultor imprudente puede corromper a este pueblo, hacerle perder el respeto por la propiedad del prójimo, incitarle al pillaje, inducirle hábitos de conquista y de ociosidad que lo volverán temible para todas las pequeñas repúblicas de los alrededores. Basta con que la abeja haya tenido ocasión de comprobar que el trabajo a lo lejos entre las flores del campo, de las que hay que visitar algunas centenas para formar una gota de miel, no es la única manera ni la más rápida de enriquecerse y que es más fácil introducirse fraudulentamente en las ciudades mal guardadas o por la fuerza en aquellas que son demasiado débiles para defenderse. Pronto pierde la noción del deber resplandeciente, pero implacable, que hace de ella una esclava alada de las corolas en la armonía nupcial de la naturaleza; y por lo general resulta complicado devolver al buen camino a una colmena así de depravada.

V

Todo parece indicar que no es la reina, sino el espíritu de la colmena el que decide la enjambrazón. Sucede con esta reina lo mismo que con los jefes entre los humanos; da la impresión de que mandan, pero ellos mismos obedecen órdenes de fuerza mayor y más inexplicables que las que ellos imparten a aquellos que les están sometidos.

Esfinge de la calavera

Esfinge de la calavera Acherontia atropos
by Michael GlanznigCC BY 4.0

Cuando llega la hora fijada por el espíritu, este ha debido dar a conocer su resolución desde la aurora, o puede que desde la víspera o hasta el día anterior a la víspera, pues apenas el sol ha disipado las primeras gotas de rocío, se observa en los alrededores de la ciudad bulliciosa una agitación inusual ante la cual el apicultor rara vez se equivoca. A veces, incluso se diría que hay lucha, vacilación, retroceso. Acontece, en efecto, que durante varios días consecutivos la inquietud dorada y transparente se incrementa y se apacigua sin razón aparente. ¿Se forma en ese momento en el cielo que contemplan las abejas alguna nube, una nube que nosotros no vemos, o bien algún reparo en su intelecto? ¿Se discute en algún consejo susurrante la necesidad de la partida? Acerca de esto no sabemos nada, no más que sobre la manera en que el espíritu de la colmena transmite su resolución a la multitud. Si es cierto que las abejas se comunican entre ellas, ignoramos si lo hacen del mismo modo que los humanos. Ese zumbido perfumado de miel, ese estremecimiento embriagado de los días claros de verano que es uno de los placeres más dulces del criador de abejas, ese canto de fiesta del trabajo que asciende y desciende alrededor de la colmena en el cristal de la hora y que parece el murmullo de alegría de las flores abiertas, el himno de su dicha, el eco de sus aromas suaves, la voz de los blancos claveles, del tomillo, de la mejorana… no estamos seguros de que ellas escuchen ese canto. Tienen no obstante toda una gama de sonidos que nosotros mismos podemos discernir, los cuales van desde la felicidad profunda a la amenaza, a la cólera o al desasosiego; tienen la oda a la reina, los coros de la abundancia, los salmos del dolor; tienen, por fin, los largos y misteriosos gritos de guerra de las princesas adolescentes durante los combates y las masacres que preceden al vuelo nupcial. ¿Será todo esto una música elaborada por el azar sin repercusión sobre su silencio interior? Lo cierto es que los sonidos producidos por nosotros en los alrededores de la colmena no las conmueve; quizá consideran que estos ruidos no pertenecen a su mundo y no tienen para ellas ningún interés. Es verosímil que, por nuestra parte, nosotros no escuchemos sino una mínima parte de lo que ellas dicen, que emitan una multitud de armonías que nuestros órganos son incapaces de escuchar. En cualquier caso, más adelante veremos que saben entenderse y, en ocasiones, organizarse con una rapidez sorprendente, y que, por ejemplo cuando la gran saqueadora de miel, la Esfinge de la calavera2 —esa siniestra mariposa que lleva sobre la espalda una cabeza mortuoria—, penetra en la colmena arrastrada por el murmullo de cierto hechizo irresistible que le es propio, la noticia se propaga de prójimo a prójimo y toda la población, desde los guardianes de la entrada hasta las últimas obreras que trabajan en los últimos panales del fondo, todos se estremecen.

VI

Durante mucho tiempo se ha creído que al abandonar los tesoros de su reino para lanzarse de este modo a una vida incierta, las sabias moscas de la miel, tan ahorrativas, tan sobrias, por lo común tan previsoras, obedecían a una suerte de locura fatal, a una compulsión maquinal, a una ley de la especie, a un decreto de la naturaleza, a esa fuerza que está oculta para todas las criaturas en el tiempo que se desliza.

Abeja libando

Abeja reina
by Dr. Beekeper – CC BY 4.0

Ya se trate de la abeja o de nosotros mismos, llamamos fatal a todo aquello que no entendemos todavía. Pero a día de hoy la colmena ha entregado dos o tres de sus secretos materiales, y se ha constatado que este éxodo no es ni instintivo ni inevitable. No es una emigración ciega, sino un sacrificio, que parece razonado, de la generación presente para con la generación futura. Basta con que el apicultor destruya en sus celdas a las jóvenes reinas todavía inertes y que al mismo tiempo, si las larvas y las pupas son numerosas, agrande los almacenes y los dormitorios de la nación: al momento todo el tumulto improductivo se precipita como las gotas de oro de una lluvia obediente, el trabajo habitual se esparce por entre las flores y, otra vez indispensable, no esperando o no temiendo ya llegada de una sucesora, reafirmada sobre el porvenir de la actividad que va a surgir, la vieja reina renuncia a ver de nuevo este año la luz del sol. Reanuda apaciblemente en las tinieblas su tarea materna, que consiste —siguiendo una espiral metódica de celda en celda, sin omitir ni una sola, sin detenerse jamás— en poner dos o tres mil huevos cada día.

¿Que hay de fatal en todo esto sino el amor de la estirpe de hoy por la estirpe del mañana? Esta fatalidad existe también en la especie humana, aunque en esta su potencia y alcance son menores. Jamás se dan aquí esos enormes sacrificios globales y unánimes. ¿Cuál es la previsora fatalidad a la que obedecemos nosotros y que sustituye a esta? Lo ignoramos, y no conocemos en absoluto al ser que nos observa como nosotros observamos a las abejas.

VII

Pero esta vez ningún humano altera la historia de la colmena que hemos elegido, y la calidez aún completamente húmeda de un día claro que avanza a pasos tranquilos, que lanza ya sus rayos sobre los árboles, acelera la hora de la partida. Desde las alturas hasta las profundidades de los dorados corredores que separan las murallas paralelas, las obreras ultiman los preparativos del viaje. Y para empezar, cada una de ellas carga con una provisión de miel suficiente para cinco o seis días. De esta miel que se llevan extraerán, por medio de una química que todavía no se ha explicado con claridad, la cera necesaria para comenzar inmediatamente la construcción de los edificios. Se proveen además de cierta cantidad de propóleo, que es una especie de resina destinada a enmasillar las grietas de la nueva residencia, a impedir el paso a cualquier luz —pues les gusta trabajar en una oscuridad casi completa, dentro de la cual se guían con la ayuda de sus ojos a facetas, o quizá con sus antenas, que se supone son la sede de un sentido desconocido que palpa y mide las tinieblas.

VIII

Abeja libando

Apis mellifera
by Albert CardonaCC BY 4.0

Son capaces, por tanto, de prever las aventuras de la jornada más peligrosa de su existencia. En efecto, dedicadas hoy por entero a los cuidados y los azares quizá magníficos del gran acto, no tendrán tiempo de visitar los jardines y los prados; y mañana, o pasado mañana, es posible que haya viento, que llueva o que sus alas se hielen y las flores no se abran. Si carecieran de tal previsión, esto supondría la hambruna y la muerte. Nadie acudiría en su ayuda y ellas no implorarían la ayuda de nadie. Las ciudades no se conocen entre ellas y jamás se ayudan. Ocurre incluso que el apicultor instala la colmena que acoge a la vieja reina y al grupo de abejas que la rodea justo al lado de la residencia que acaban de abandonar. Sea cual sea el desastre que las golpee, se diría que han olvidado irrevocablemente la paz, la laboriosa felicidad, las enormes riquezas y la seguridad de aquella, y todas, una por una, hasta la última, morirán de frío y de hambre alrededor de su desdichada soberana antes que regresar a su casa natal, cuyo buen olor de abundancia, que no es sino el perfume de su trabajo pasado, penetra en el escenario de sus miserias.

IX

He aquí, se dirá, algo que no harían los humanos, uno de esos hechos que demuestran que, a pesar de las maravillas de esta organización, aquí no se da ni inteligencia ni consciencia verdaderas. ¿Qué sabemos nosotros? Aparte de que es bastante admisible que en otros seres haya una inteligencia de naturaleza distinta a la nuestra y que produzca efectos muy diferentes sin ser inferiores, ¿acaso somos nosotros, aun sin salir de nuestra pequeña parcela humana, tan buenos jueces de las cosas del espíritu? Basta con que veamos a dos o tres personas conversando y agitándose detrás de una ventana, sin escuchar lo que dicen, y ya nos resulta complicado adivinar el pensamiento que los entretiene. ¿Creéis que un habitante de Marte o de Venus que desde lo alto de una montaña observase las idas y venidas por las calles y los lugares públicos de nuestras ciudades de los pequeños puntos negros que representamos en el espacio; creéis que ante el espectáculo de nuestros movimientos, de nuestros edificios, de nuestros canales y de nuestras máquinas, se formaría una idea exacta de nuestra inteligencia, de nuestra moral, de nuestra forma de amar, de pensar, de esperar, en una palabra, de la criatura íntima y real que somos? Se limitaría a constatar algunos hechos bastantes sorprendentes, igual que hacemos nosotros en la colmena, y probablemente extraería conclusiones tan inciertas y tan erróneas como las nuestras.

En cualquier caso, no le resultaría fácil descubrir en “nuestros pequeños puntos negros” la gran dirección moral, el admirable sentimiento unánime que se manifiesta en la colmena. “¿Adónde van?”, se preguntaría después de habernos observado durante años o siglos; “¿qué hacen?, ¿cuál es el centro y el objeto de sus vidas?, ¿obedecen a algún dios? No veo nada que guíe sus pasos. Un día parece que edifican y acumulan pequeñas cosas, y al día siguiente las destruyen y las esparcen. Se van y vuelven, se reúnen y se dispersan, pero no sé qué es lo que desean. Ofrecen una multitud de espectáculos inexplicables. Se ven algunos, por ejemplo, que no hacen, por decirlo así, ningún movimiento. Se los reconoce por su pelaje más lustroso; a menudo son también más voluminosos que los demás. Ocupan unas residencias diez o veinte veces más vastas, más ingeniosamente decoradas y más ricas que las residencias ordinarias. En ellas realizan todos los días unas comidas que se prolongan durante horas y a veces hasta bien adentrada la noche. Todos aquellos que se les acercan parecen rendirles honores, y unos portadores de víveres salen de las casas vecinas y vienen incluso desde la campiña profunda para hacerles regalos. Hay que pensar que son indispensables y que prestan a la especie servicios esenciales, aunque nuestros métodos de investigación no nos han permitido todavía reconocer con exactitud la naturaleza de estos servicios. Se observan otros, por el contrario, los cuales, dentro de unas grandes cabañas atestadas de ruedas que giran, dentro de unos refugios oscuros, alrededor de unos puertos y sobre unos pequeños cuadrados de tierra en los que escarban desde la aurora hasta que se pone el sol, no cesan de moverse trabajosamente. Se los aloja, en efecto, en chozas estrechas, sucias y destartaladas. Están cubiertos de una sustancia incolora. Tal parece ser su empeño en su labor nociva, o como poco inútil, que apenas se toman el tiempo justo para dormir y comer. Su número con respecto a los primeros es como de mil a uno. Es notable que la especie haya podido mantenerse hasta nuestros días en condiciones tan desfavorables para su desarrollo. Por lo demás, conviene añadir que, aparte de esta característica obstinación en su penoso ajetreo, tienen un aspecto inofensivo y dócil, y que se conforman con las sobras que dejan aquellos que son evidentemente los guardianes y, quizá, los salvadores de la raza”.

X

¿No es sorprendente que la colmena, a la que vemos de este modo confuso, desde lo alto de otro mundo, nos devuelva desde el primer vistazo que le lanzamos una respuesta segura y profunda? ¿No resulta admirable que sus edificios llenos de certidumbre, sus usos, sus leyes, su organización económica y política, sus virtudes, e incluso sus crueldades, nos muestren inmediatamente el pensamiento o el dios al que sirven las abejas, y que no es el dios menos legítimo ni el menos razonable que se pueda concebir, aunque sea quizá el único que no hayamos adorado nosotros seriamente, hablamos del porvenir? En nuestra historia humana a veces buscamos evaluar la fuerza y la grandeza moral de un pueblo o de una raza, y no encontramos otra medida que la persistencia y la amplitud del ideal que persiguen y la abnegación con la cual se entregan a él. ¿Hemos encontrado nosotros frecuentemente un ideal más conforme a los deseos del Universo, más firme, más augusto, más desinteresado, más manifiesto, y una abnegación más completa y más heroica?

XI

¡Extraña esta pequeña república tan seria y tan grave, tan positiva, tan minuciosa, tan ahorrativa, y no obstante víctima de un sueño tan vasto y preclaro! Pequeño pueblo tan resuelto y tan profundo, alimentado de calor, de luz y de aquello que hay de más puro en la naturaleza, el alma de las flores, es decir, la sonrisa más evidente de la materia y su más conmovedor esfuerzo hacia felicidad y la belleza; ¿quién nos contrará los problemas que has resuelto y que nos quedan a nosotros por resolver, las certezas que has adquirido y las que nos quedan por adquirir a nosotros? Y si es verdad que has resuelto estos problemas y adquirido estas certezas, no con ayuda de la inteligencia, sino en virtud de algún impulso primitivo y ciego, ¿hacia qué enigma más insoluble todavía no nos conduces? Pequeña ciudad llena de fe, de esperanzas y de misterios, ¿por qué vuestras cien mil vírgenes aceptan una tarea que ningún esclavo humano ha aceptado todavía? Dosificando sus fuerzas, un tanto menos olvidadas de sí mismas, un tanto menos diligentes en el esfuerzo, ellas conseguirían ver otra primavera y un segundo verano; pero en el momento magnífico en que todas las flores las llaman, parecen poseídas por la embriaguez mortal del trabajo, y con las alas rotas, los cuerpos reducidos a nada y cubiertas de heridas, perecen casi todas en menos de cinco semanas.

Tantus amor florum, et generandi gloria mellis,3

exclama Virgilio, que nos ha transmitido en el cuarto libro de las Geórgicas, consagrado a las abejas, los encantadores errores de los antiguos, que observaban la naturaleza con una mirada todavía deslumbrada por la presencia de dioses imaginarios.

XII

¿Por qué renuncian al sueño, a las delicias de la miel, al amor, a los adorables placeres que conoce, por ejemplo, su hermana alada, la mariposa? ¿No podrían ellas vivir como esta? No es el hambre lo que las empuja. Dos o tres flores bastan para alimentarlas, y ellas visitan dos o trescientas por hora para acumular un tesoro cuyo dulzor no saborearán. ¿Para qué tomarse tantas molestias, de dónde procede tanta seguridad? ¿Es seguro, pues, que la generación por la cual moriréis vosotras merece este sacrificio, que será más bella y más dichosa, que hará algo que vosotras no hayáis hecho ya? Nosotros vemos vuestro objetivo, está tan claro como el nuestro: queréis vivir en vuestra descendencia por tanto tiempo como la tierra misma; pero ¿cual es la finalidad de esta gran finalidad y la misión de esta existencia eternamente renovada?

Pero ¿no somos más bien nosotros los que nos atormentamos en las dudas y el error, unos soñadores pueriles que os planteamos preguntamos inútiles? Vosotras, de evolución en evolución, podríais haberos vuelto todopoderosas y completamente felices, podríais haber alcanzado las últimas cumbres desde donde dominaríais las leyes de la naturaleza, podríais ser, en fin, unas diosas inmortales, y nosotros aún os interrogaríamos y os preguntaríamos qué es lo que esperáis, a dónde queréis ir, dónde esperáis deteneros y declararos libres de deseo. Nosotros estamos hechos de tal modo que nada nos contenta, que nada nos parece tener su fin en sí mismo, que nada nos parece existir simplemente, sin un motivo oculto. ¿Hemos podido nosotros hasta la fecha imaginar uno solo de nuestros dioses, desde el más tosco hasta el más razonable, sin hacerlo agitarse inmediatamente, sin obligarlo a crear una multitud de criaturas y de cosas, a buscar mil fines más allá de él mismo? ¿Y nos resignaremos alguna vez a representar tranquilamente y durante algunas horas una forma interesante de la actividad de la materia, para retomar más bien sin lamentos y sin asombro la otra forma que es la inconsciente, la desconocida, la dormida, la eterna?

XIII

Pero no nos olvidemos de nuestra colmena en la que el enjambre pierde la paciencia, nuestra colmena que hierve y rebosa ya de olas negras y vibrantes y que, como un jarrón de bronce, lanza destellos bajo el sol ardiente. Es mediodía, y se diría que alrededor del calor que reina, los árboles allí congregados contienen sus hojas igual que se contiene el aliento en presencia de algo muy dulce, aunque muy grave. Las abejas dan la miel y la cera aromática al humano que las cuida; pero algo que es quizá más valioso que la miel y la cera es que ellas llaman su atención sobre la alegría de junio, es que ellas le hacen disfrutar de la armonía de los meses bellos, es que todos los procesos en los que ellas intervienen están vinculados a los cielos puros, a la fiesta de las flores, a las horas más felices del año. Ellas son el alma del verano, el reloj de los minutos de la abundancia, el ala diligente de los perfumes que se difunden, la inteligencia de los rayos que planean, el murmullo de las claridades que vibran, el canto de la atmósfera que se estira y se relaja; y su vuelo es el signo visible, la nota convencida y musical de pequeños regocijos innumerables que surgen del calor y viven en la luz. Ellas nos hacen comprender la voz más íntima de las horas buenas de la naturaleza. Para aquel que las ha conocido, para aquel que las ha amado, un verano sin abejas parece tan mísero y tan imperfecto como si se presentara sin pájaros y si flores.

XIV

Aquel que presencia por vez primera este episodio ensordecedor y desordenado en que consiste la enjambrazón de una colmena bien poblada se queda bastante desconcertado y no se acerca sino con temor. No reconoce ya a las serias y apacibles abejas de las horas laboriosas. Unos momentos antes las había visto llegar desde todos los rincones de la campiña como pequeñas burguesas a las que nada podía distraer de sus asuntos domésticos. Entraban casi desapercibidas, agotadas, sin aliento, apresuradas, inquietas pero discretas, saludadas al pasar por las amazonas del portal con un ligero gesto de las antenas. Como mucho intercambiaban las tres o cuatro palabras, probablemente indispensables, mientras le entregaban con prisa su colecta de miel a una de las portadoras adolescentes que permanecen siempre en el patio interior de la fábrica; o bien iban ellas mismas hasta los vastos graneros que rodean a la nidada a depositar las dos cargas de polen adheridas a sus muslos, para volver a partir inmediatamente después sin preocuparse de lo que sucede en los talleres, en el dormitorio de las pupas o en el palacio real; sin inmiscuirse, siquiera un instante, en el alboroto de la plaza pública que se extiende ante el umbral, y que durante las horas de más calor está sobrecargada con los parloteos de las ventiladoras que, según la pintoresca expresión de los apicultores, “forman la barba”.

XV

Hoy todo ha cambiado. Es verdad que cierto número de obreras, apaciblemente, como si no fuera a suceder nada, van a los campos y vuelven, asean la colmena o suben a las cámaras de la nidada sin dejarse llevar por la embriaguez general. Son aquellas que no acompañarán a la reina y que permanecerán en la vieja residencia para guardarla, para cuidar y alimentar a los nueve o diez mil huevos, a las dieciocho mil larvas, a las treinta y seis mil pupas y a las siete u ocho princesas que son abandonadas. Han sido elegidas para este deber austero sin que se sepa en virtud de qué reglas, ni por quién, ni cómo. Allí están, tranquila e inflexiblemente leales, y aunque he repetido varias veces el experimento, espolvoreando con un material colorante a algunas de estas “cenicientas” resignadas, a las que se reconoce fácilmente por sus maneras serias y un tanto pesadas en medio de aquel pueblo festivo, rara es la vez que he encontrado alguna entre la multitud embriagada del enjambre.

XVI

Y sin embargo, la atracción parece irresistible. Es el delirio del sacrificio, quizá inconsciente, ordenado por el dios; es la fiesta de la miel, la victoria de la raza y del porvenir; es el único día de regocijo, de olvido y de locura; es el único domingo de las abejas. También es, se podría pensar, el único día en el que sacian su hambre y conocen plenamente la dulzura del tesoro que acumulan. Dan la impresión de ser prisioneras liberadas y transportadas de repente a un país de exuberancia y esparcimiento. Están exultantes, ya no se contienen. Ellas, que no realizan jamás un movimiento impreciso o inútil, van y vienen, salen, entran y vuelven a salir para excitar a sus hermanas, para ver si la reina está lista, para distraerse durante la espera. Vuelan mucho más alto que de costumbre y hacen vibrar el follaje de los grandes árboles en los alrededores de la colmena. No tienen ya temores ni preocupaciones. Ya no son feroces, melindrosas, desconfiadas, irritables, agresivas o indomables. El humano —el ignorado amo al que no reconocen jamás y que no consigue someterlas sino plegándose a todos sus hábitos de trabajo, respetando todas sus leyes, siguiendo paso a paso el surco que traza en la vida su inteligencia siempre dirigida hacia el bien de mañana y al que nada desconcierta ni desvía de su curso—, el humano puede aproximarse, desgarrar la cortina rubia y tibia que forman a su alrededor sus ruidosos torbellinos, tomarlas en la mano, cogerlas como a un racimo de frutos; son tan mansas y tan inofensivas como una nube de libélulas o de falenas; y en este día, felices, dueñas de nada ya, confiadas en el porvenir, en tanto no se las separe de esta reina que lleva en ella el porvenir, se someten a cualquier cosa y no lastiman a nadie.

XVII

Abejas trabajando con la cabeza hundida en las celdas

Apis mellifera
by Martin FischCC BY 2.0

Pero la verdadera señal todavía no ha sido dada. En el interior de la colmena hay una agitación inconcebible y un desorden cuyo pensamiento no es posible descubrir. En circunstancias normales, una vez entran en casa las abejas olvidan que tienen alas y cada una se mantiene más o menos inmóvil sobre los panales, aunque no inactiva, en el lugar que se les ha prescrito según la naturaleza de su trabajo. Ahora, enloquecidas, se mueven en círculos compactos de arriba abajo por las paredes verticales, como una pasta vibrante removida por una mano invisible. La temperatura interior aumenta rápidamente, a veces hasta tal punto que la cera de los edificios se reblandece y se deforma. La reina, que por lo común no abandona nunca los panales del centro, recorre frenética, jadeante, la superficie de la vehemente multitud que da vueltas y más vueltas sobre sí misma. ¿Hace esto para apresurar la salida o para retrasarla? ¿Da órdenes o más bien suplica? ¿Propaga la prodigiosa emoción o más bien la padece? Parece bastante evidente, según lo que sabemos de la psicología general de la abeja, que la enjambrazón siempre se lleva a cabo contra la voluntad de la vieja soberana. En el fondo, a los ojos de las ascéticas obreras que son sus hijas, la reina es el órgano del amor, indispensable y sagrado, pero un poco inconsciente y frecuentemente pueril. Así que la tratan como a una madre tutelada. Manifiestan por ella un respeto, una ternura heroica y sin límites. Para ella está reservada la miel más pura, destilada de manera especial y casi completamente asimilable. Tiene una escolta de satélites o de lictores, según la expresión de Plinio, que vela por ella noche y día, facilita su trabajo materno, prepara las celdas en las que tiene que poner, la mima, la acaricia, la alimenta, la limpia, que incluso absorbe sus excrementos. Si se la sustrae a la colmena y las obreras no tienen expectativa de poder reemplazarla, ya sea porque no ha dejado la descendencia predestinada para ello, ya sea porque no haya larvas obreras de menos de tres días de edad (porque cualquier larva de obrera que tenga menos de tres días puede ser transformada en pupa real gracias a una alimentación particular —este es el gran principio democrático de la colmena que compensa las prerrogativas de la predestinación materna); si, en circunstancias semejantes, se la toma, se la aprisiona y se la transporta lejos de su residencia, una vez constatada su pérdida —transcurren a veces dos o tres horas antes de que sea conocido por todo el mundo, tan vasta es la ciudad— el trabajo se detiene más o menos en todas partes. Se abandona a los pequeños, una parte de la población yerra de aquí para allá buscando a su madre, otra parte sale en su busca, las guirnaldas de obreras ocupadas en construir en los panales se rompen y se disgregan, las recolectoras no visitan ya las flores, las guardias de la entrada desertan de sus puestos y las ladronas extranjeras, todos los parásitos de la miel que se hallan permanentemente al acecho de una oportunidad, entran y salen impunemente sin que nadie piense en proteger el tesoro duramente acumulado. Poco a poco la ciudad se empobrece y despuebla; sus habitantes, desalentados, no tardan en morir de tristeza y de miseria aunque todas las flores del verano resplandezcan ante ellas.

Abejas obreras rodeando a su reina

El séquito de la reina

Pero que se les restituya a su soberana antes de que su pérdida sea asumida como un hecho definitivo e irremediable, antes de que la desmoralización sea demasiado profunda (las abejas son como los humanos, una desgracia y una desesperación prolongada destruye su inteligencia y degrada su carácter), que se la reponga algunas horas más tarde, y la acogida que le brindan es extraordinaria y conmovedora. Todas se apresuran a su alrededor, se apelotonan, trepan unas sobre otras, la acarician al paso con sus largas antenas —que contienen órganos todavía inexplicados—, le ofrecen miel, la escoltan en tumulto hasta las cámaras reales. Tan pronto se restablece el orden, se reanudan los trabajos desde los panales centrales de la nidada hasta los anexos más distantes en los que se amontona el exceso de cosecha; las recolectoras salen en filas negras y regresan a veces menos de tres minutos después cargadas ya de néctar y de polen; los ladrones y los parásitos son expulsados y masacrados; se barren las calles, y la colmena resuena dulce y monótonamente con ese canto dichoso y tan particular que es el canto íntimo de la presencia real.

XVIII

Se tienen mil ejemplos de este afecto, de esta absoluta entrega de las obreras a su soberana. En todas las catástrofes de la pequeña república: la caída de la colmena o de los panales, la brutalidad o la ignorancia del humano, el frío, la hambruna, la enfermedad incluso… si bien el pueblo perece en multitudes, casi siempre la reina permanece a salvo y se la encuentra viva bajos los cadáveres de sus leales hijas. Todas la protegen, facilitan su huida, con sus cuerpos le hacen de escudo y refugio, le reservan el alimento más sano y las últimas gotas de miel. Mientras ella está viva, sea cual sea el desastre, el desánimo no entra en la ciudad de las “castas bebedoras de rocío”. Destrozad veinte veces seguidas sus panales, arrebatadles veinte veces sus crías y sus víveres, no conseguiréis hacerlas dudar del porvenir; y diezmadas, hambrientas, reducidas a una pequeña tropa que apenas puede ocultar a su madre a los ojos del enemigo, reorganizarán los reglamentos de la colonia, proveerán lo más urgente, se repartirán de nuevo la faena según las anormales necesidades del momento aciago y retomarán inmediatamente el trabajo con una paciencia, un ahínco, una inteligencia y una tenacidad que no es frecuente encontrar en la naturaleza en grado tal —a pesar de que la mayor parte de las criaturas demuestran aquí más coraje y confianza que el humano.

Para alejar el desaliento y mantener vivo su amor, ni siquiera es necesario que la reina se halle presente, basta con que esta, en el momento de su muerte o de su partida, haya dejado la más frágil esperanza de una descendencia.

“Hemos visto —cuenta el venerable Langstroth, uno de los padres de la apicultura moderna— a una colonia que no tenía bastantes abejas para cubrir un panal de diez centímetros cuadrados intentar criar una reina. Durante semanas enteras mantuvieron la esperanza; al final, cuando su número se había reducido a la mitad, nació su reina, pero sus alas eran tan imperfectas que no pudo volar. A pesar de que era impotente, sus abejas no la trataron con menos respeto. Una semana más tarde no quedaba más que una docena de abejas; por fin, algunos días después, la reina había desaparecido dejando sobre los panales algunas inconsolables desgraciadas”.

XIX

Abeja con alas rasgadas

Apis mellifera vieja
by Esteban PovedaCC BY 4.0

He aquí, entre otras, una circunstancia surgida de los inauditos trances que nuestra intervención reciente y tiránica hace padecer a las infortunadas pero inquebrantables heroínas, una circunstancia en la que se percibe vívidamente el gesto definitivo del amor filial y de la abnegación. Más de una vez, como cualquier aficionado a las abejas, he hecho traer de Italia algunas reinas fecundadas, pues la raza italiana es mejor, más robusta, más prolífica, más activa y más dócil que la nuestra. Estos envíos se efectúan en pequeñas cajas perforadas de agujeros. Se ponen dentro algunos víveres y se encierra a la reina acompañada de cierto número de obreras elegidas en la medida de lo posible entre las de mayor edad (la edad de las abejas se reconoce bastante fácilmente en su cuerpo pulido, adelgazado, casi lampiño, y sobre todo en sus alas gastadas y desgarradas por el trabajo), para que la alimenten, la cuiden y velen por ella durante el viaje. Muy a menudo, al llegar, la mayor parte de las obreras han sucumbido. En una ocasión, incluso habían muerto todas de hambre; pero esta vez, como en las demás, la reina aparecía intacta y vigorosa, y la última de sus compañeras había perecido probablemente ofreciendo a su soberana, símbolo de una vida más preciosa y vasta que la suya, la última gota de miel que tenía reservada en el fondo de su buche.

XX

Habiendo advertido este afecto tan constante, el humano ha sabido conducir en su propio beneficio el admirable sentido político, la diligencia en el trabajo, la perseverancia, la magnanimidad y la pasión por el porvenir que derivan de, o se encuentran contenidos en este apego. Gracias a él hace años que ha conseguido domesticar hasta cierto punto, y sin que ellas lo sepan, a las feroces guerreras, porque estas no ceden ante ninguna fuerza extranjera, y en su inconsciente servidumbre ellas no se someten sino a sus propias leyes. El humano puede creer que poseyendo a la reina, tiene en su mano el alma y el destino de la colmena. Dependiendo de la manera en que la utilice y, por decirlo así, la maneje, provoca y multiplica, impide o contiene la enjambrazón, agrupa o divide las colonias, dirige la emigración de los reinos. No deja de ser cierto que la reina no es en el fondo sino una especie de símbolo viviente que, como todos los símbolos, representa un principio menos visible y más vasto que es bueno que el apicultor tenga en cuenta si no se quiere ver expuesto a más de una decepción. Por lo demás, las abejas no se equivocan en esto y, más allá de la presente reina visible y efímera, no pierden de vista a su auténtica soberana inmaterial y permanente, que es su idea fija. Que esta idea sea consciente o no sólo importa si lo que queremos es admirar concretamente a las abejas o a la naturaleza que la ha puesto en ellas. Sea cual sea el lugar en que resida, dentro de estos pequeños cuerpos tan frágiles, o dentro del gran cuerpo incognoscible, merece nuestra atención. Y dicho sea de paso, si prestásemos atención a no subordinar nuestra admiración a tanta circunstancia de lugar o de origen, no perderíamos tan a menudo la oportunidad de abrir con asombro nuestros ojos, y nada hay más saludable que abrirlos de esta manera.

XXI

Enorme enjambre con forma de cono colgando de una rama

Otro enjambre
by erinfrog – CC0 1.0

Se nos dirá que todo esto no son sino conjeturas bastante arbitrarias y demasiado humanas, que probablemente las abejas no tienen idea alguna de este tipo, y que la noción del porvenir, del amor por la estirpe, y tantas otras que nosotros les atribuimos, no son en el fondo más que las formas que adquieren para ellas la necesidad de vivir, el miedo al sufrimiento y a la muerte y la atracción por el placer. Lo admito; todo esto, si se quiere, no es más que una manera de hablar, de modo que no le concedo mucha importancia. La única cosa segura aquí, así como la única cosa segura de todo aquello que sabemos, es que se constata que en tal y tal circunstancia, las abejas se comportan con su reina de tal o tal manera. Lo demás es un misterio en torno del cual no se pueden realizar más que conjeturas más o menos agradables, más o menos ingeniosas. Pero si hablásemos de los humanos con la misma prudencia que, quizá, habría que emplear al hablar de las abejas, ¿tendríamos acaso derecho a decir mucho más sobre este tema? También nosotros no obedecemos más que a las necesidades, a la atracción de lo placentero o al horror ante el sufrimiento, y eso que llamamos nuestra inteligencia tiene el mismo origen y la misma misión que eso que en el caso de los animales llamamos instinto. Ejecutamos ciertos actos de los que creemos conocer los efectos, padecemos otros cuyas causas nos jactamos de conocer mejor de lo que lo hacen ellas; pero, además de que esa suposición no reposa sobre nada irrevocable, estos actos son mínimos y raros comparados con la enorme multitud del total, y todos, los mejor conocidos y los más ignorados, los más pequeños y los más grandiosos, los más próximos y los más lejanos, se llevan a cabo en una noche profunda en medio de la cual es probable que estemos más o menos igual de ciegos como suponemos que están las abejas.

XXII

“Se convendrá —dice en alguna parte Buffon, el cual siente contra las abejas un rencor bastante divertido—, se convendrá que al considerar estas moscas una a una, tienen menos ingenio que el perro, que el mono y que la mayor parte de los animales; se convendrá en que son menos dóciles, menos afectuosas, que tienen menos sentimientos y, en una palabra, menos de aquellas cualidades relacionadas con las nuestras; partiendo de esto, debemos convenir en que su inteligencia aparente no procede sino de su multitud reunida; sin embargo, ni siquiera esta reunión presupone ninguna inteligencia, pues no es por razones morales que se agrupan; se encuentran juntas sin su consentimiento. Esta sociedad, por tanto, no es más que una aglomeración física, ordenada por la naturaleza e independiente de cualquier conocimiento, de cualquier razonamiento. La madre abeja engendra diez mil individuos todos a la vez y en un mismo lugar; estos diez mil individuos, aunque fuesen aún mil veces más estúpidos de lo que yo los imagino, se verán obligados, solamente para seguir existiendo, a organizarse de algún modo; como todos actúan con una fuerza similar, aunque hubiesen comenzado por hacerse daño, a fuerza de lastimarse habrían llegado pronto a perjudicarse lo menos posible, es decir, a prestarse ayuda; por tanto, darán la impresión de entenderse y de concurrir a un mismo objetivo; pronto el observador les concederá unas ideas y un ingenio del que carecen, querrá dar razón de cada uno de sus actos, cada movimiento tendrá pronto su motivo, y de aquí surgirán razonamientos maravillosos o monstruosos sin número; pues estos diez mil individuos, que han sido engendrados todos a la vez, que han vivido juntos, que han experimentado todos la metamorfosis más o menos al mismo tiempo, no pueden dejar de hacer todos la misma cosa y, por poco sentimiento que tengan, de adoptar las costumbres comunes, de organizarse, de encontrarse bien juntos, de ocuparse de su residencia, de regresar a ella después de haberse alejado, etc., y de la arquitectura, la geometría, el orden, la previsión, el amor por la patria, en una palabra, de la república… todo basado, como se ve, sobre la admiración del observador”.

He aquí una manera totalmente opuesta de explicar a nuestras abejas. En principio puede parecer más natural; pero, en el fondo, ¿no será por la razón bien sencilla de que no explica casi nada? No voy a entrar en los errores materiales de esta página, pero adaptarse de esta manera, perjudicándose lo menos posible, a las necesidades de la vida en común, ¿no supone cierta inteligencia, que resultará aún más notable cuanto más de cerca se examine la forma en que esos “diez mil individuos” evitan perjudicarse y logran ayudarse mutuamente? ¿Acaso no es esta nuestra propia historia? ¿Y qué dice el viejo naturalista irritado que no se aplique exactamente a todas nuestras sociedades humanas? Nuestra sabiduría, nuestras virtudes, nuestra política, ásperos frutos de la necesidad que nuestra imaginación ha adornado, no tienen más objeto que utilizar nuestro egoísmo y reconducir hacia el bien común la actividad naturalmente perjudicial de cada individuo. Y con todo, una vez más, asumiendo que las abejas no tienen ninguna de las ideas, ninguno de los sentimientos que les atribuimos, ¿qué más nos da dónde se ubique nuestro asombro? Si pensamos que es imprudente admirar a las abejas, admiraremos a la naturaleza; siempre llegará un momento en que no se nos podrá arrebatar nuestra admiración, y no perderemos nada por haber retrocedido y esperado.

XXIII

Sea como sea, y para no abandonar nuestra conjetura, que al menos tiene la ventaja de relacionar en nuestra mente ciertos actos que están evidentemente ligados en la realidad, es más bien el porvenir infinito de su raza lo que las abejas adoran en su reina que a la misma reina. Las abejas apenas son sentimentales, y cuando una de las suyas regresa del trabajo tan gravemente herida que estiman que no podrá prestar ya ningún servicio, la expulsan sin piedad. Y sin embargo, no se puede decir que sean completamente incapaces de una especie de afecto personal hacia su madre. La reconocen entre todas las demás. Incluso cuando está vieja, miserable o tullida, las guardianas de la puerta no permitirán jamás penetrar en la colmena a una reina desconocida, por muy joven, bella o fecunda que parezca. Cierto es que este es uno de los principios fundamentales de su política, el cual no se contraviene sino a veces, en épocas de gran cosecha, en favor de alguna obrera extranjera bien cargada de víveres. Cuando la reina se ha vuelto completamente estéril la sustituyen criando cierto número de princesas reales. ¿Pero qué hacen con la vieja soberana? No se sabe con exactitud, pero los criadores de abejas han encontrado en ocasiones sobre los panales de una colmena a una reina magnífica en la flor de la edad y, en lo más hondo, en un reducto oscuro, a la antigua “dueña”, tal como se la llama en Normandía, demacrada e impedida. Parece que en este caso las abejas se han tomado la molestia de protegerla hasta el final contra el odio de su vigorosa rival, la cual no sueña sino con su muerte, pues las reinas sienten unas por otras un horror invencible que las lleva a precipitarse una contra otra si dos de ellas se encuentran bajo un mismo techo. Se podría fácilmente pensar que de esta manera aseguran a la vieja reina una especie de jubilación humilde y tranquila para que termine sus días en un rincón apartado de la ciudad. Aquí volvemos a encontrarnos uno de los mil enigmas del reino de cera, y tenemos oportunidad de constatar, una vez más, que la política y las costumbres de las abejas no son de ningún modo fatales y estrechas, y que obedecen a motivaciones mucho más complicadas que las que creemos conocer.

XXIV

Pero nosotros alteramos a cada instante las leyes de la naturaleza que más inquebrantables deben parecerles. Las ponemos todos los días en la situación en que nos encontraríamos nosotros mismos si alguien suprimiese bruscamente a nuestro alrededor las leyes de la gravedad, del espacio, de la luz o de la muerte. ¿Qué harán, pues, si se introduce por la fuerza o fraudulentamente una segunda reina en la ciudad? En el estado natural, un caso tal, gracias a las centinelas de la entrada, quizá no se haya dado nunca desde que están en este mundo. De ningún modo enloquecen, y en una coyuntura tan insólita son capaces de conciliar lo mejor que pueden dos principios que respetan como si fueran mandatos divinos. El primero es el de la maternidad única, el cual nunca se abandona salvo en el caso (y sólo de manera excepcional en este caso) de esterilidad de la soberana reinante. El segundo es más curioso todavía, aunque, si bien no puede ser rebasado, al menos admite ser contorneado, por así decir, judaicamente. Este principio es aquel que reviste con una especie de inviolabilidad a la persona de cualquier reina, sea esta cual sea. A las abejas les resultaría sencillo perforar a la intrusa con mil dardos envenenados; esta perecería al instante y no tendrían más que arrastrar su cadáver fuera de la colmena. Pero a pesar de que tienen el aguijón siempre preparado, de que lo utilizan en todo momento para combatirse entre ellas, para dar muerte a los machos, a los enemigos o los parásitos, jamás lo blanden contra una reina, al igual que una reina jamás blande el suyo contra el humano, ni contra un animal, ni contra una abeja ordinaria; y su arma real, que en lugar de ser recta como el de las obreras está curvada en forma de cimitarra, no la desenvaina sino cuando combate a una igual, es decir, a otra reina.

Como probablemente ninguna abeja osa asumir el horror de un regicidio directo y sangriento, en todas aquellas circunstancias en las que el buen orden y la prosperidad de la república exigen que perezca una reina, se esfuerzan por dar a su muerte la apariencia de una muerte natural; subdividen el crimen al infinito, de manera que se vuelva anónimo.

Entonces “embalan” a la soberana extranjera, para servirme de la expresión técnica de los apicultores, lo cual significa que la envuelven completamente con sus cuerpos innumerables y entrelazados. De este modo forman una especie de prisión viviente en la que la cautiva no puede ya moverse y la cual mantienen a su alrededor durante veinticuatro horas si es necesario, hasta que muera allí dentro de hambre o asfixiada.

Si la reina legítima se acerca en ese momento, olfatea a su rival y se muestra dispuesta a atacarla, las paredes móviles de la prisión se abrirán al instante ante ella. Las abejas formarán un círculo alrededor de las dos enemigas y, sin intervenir, atentas pero imparciales, presenciarán el combate singular, pues sólo una madre puede blandir el aguijón contra una madre, sólo aquella que lleva en sus entrañas cerca de un millón de vidas parece tener el derecho de provocar de una sola vez cerca de un millón de muertos.

Dos reinas se pelean dentro de la colmena ante la mirada de las obreras

Pero si el enfrentamiento se prolonga sin resultado, si los dos aguijones curvados resbalan inútilmente sobre las pesadas corazas de quitina, la reina que hace el gesto de huir, tanto la legítima como la extranjera, será aferrada, detenida y cubierta por la trémula prisión hasta que manifieste la intención de retomar la pelea. Conviene añadir que en los numerosos experimentos que se han realizado sobre este asunto se ha presenciado casi invariablemente salir victoriosa a la soberana reinante, ya sea porque, sintiéndose en su casa y en medio de los suyos, esta haya puesto más audacia y empeño que la otra, ya sea porque las abejas, si bien son imparciales en el momento del combate, lo sean menos en la manera en que aprisionan a las dos rivales, ya que su madre apenas parece sufrir con este encarcelamiento, mientras que la extranjera sale de él casi siempre ostensiblemente lastimada y embotada.

XXV

Un experimento sencillo demuestra mejor que cualquier otro que las abejas reconocen a su reina y sienten por ella verdadero apego. Sustraed la reina de una colmena y veréis enseguida producirse enseguida todas las manifestaciones de angustia y desasosiego que he descrito en un capítulo precedente. Devolvedle unas horas más tarde a la misma reina, todas sus hijas acudirán a su encuentro ofreciéndole miel. Unas formarán un pasillo a su paso; otras, con la cabeza hacia abajo y el abdomen en el aire, formarán delante de ella unos grandes semicírculos, inmóviles pero sonoros, en los que entonan sin duda el himno del feliz regreso y que expresan, diríamos, en sus ritos regios, el respeto solemne o la dicha suprema.

Pero no esperéis engañarlas reemplazando la reina legítima por una madre extranjera. Apenas habrá dado esta unos pasos en el interior de la plaza, que las obreras indignadas acudirán de todas partes. Será inmediatamente agarrada, envuelta y mantenida en la terrible prisión tumultuosa cuyos muros obstinados se relevarán, si se puede decir así, hasta su muerte, porque en este caso concreto casi nunca sucede que salga viva de aquella coyuntura.

De modo que una de las grandes dificultades de la apicultura es la introducción y la sustitución de las reinas. Resulta curioso observar el nivel de diplomacia y las complicadas tretas a las que tiene que recurrir el humano para imponer su deseo y dar el cambiazo a estos pequeños insectos tan perspicaces, aunque siempre con tan buena fe, que aceptan con un coraje conmovedor los acontecimientos más inesperados y no ven en estos, aparentemente, más que un nuevo capricho, aunque fatal, de la naturaleza. En resumen, en toda esta diplomacia y en el desasosiego desesperante que conllevan bastante a menudo estas tretas azarosas, es siempre con el admirable sentido práctico de las abejas que cuenta el humano casi empíricamente, con el tesoro inagotable de sus leyes y de sus maravillosas costumbres, con su amor por el orden, la paz y el bien público, con su fidelidad al porvenir, con la firmeza tan hábil y el desinterés tan serio de su carácter, y, sobre todo, con una constancia inasequible al desaliento a la hora de cumplir con sus deberes. Pero el detalle de estos procedimientos corresponde a los tratados de apicultura propiamente dichos y nos llevarían demasiado lejos.4

El Sr. S. Simmins, director del gran colmenar de Rottingdean, ha encontrado recientemente otro método para extremadamente simple la introducción, que casi siempre tiene éxito y que se está generalizando entre los apicultores preocupados por su técnica. Lo que normalmente hace tan dificultosa la introducción es la actitud de la reina. Esta enloquece, huye, se esconde, se comporta como una intrusa, levanta sospechas que la inspección de las obreras no tardan en confirmar. El Sr. Simmins primero aísla completamente y hace ayunar durante una media hora a la reina que se ha de introducir. Luego levanta una esquina de la cubierta interior de la colmena huérfana y deposita a la reina extranjera en la cima de uno de los panales. Desesperada por su aislamiento previo, ahora se halla feliz de encontrarse entre abejas y, hambrienta, acepta ávidamente los alimentos que se le ofrecen. Las obreras, engañadas por esta seguridad, no investigan, probablemente se imaginan que su antigua reina ha regresado y la acogen con regocijo. De esta experiencia parece resultar que, contrariamente a la opinión de Huber y de todos los observadores, las abejas no sean capaces de reconocer a su reina. Sea como sea, estas dos explicaciones igualmente plausibles —aunque quizá la verdad se encuentra en una tercera que todavía no conocemos— demuestran una vez más lo compleja y oscura que es la psicología de la abeja. Y de esto, como de todas las cuestiones de la vida, sólo se puede extraer una conclusión: que es necesario, en espera de algo mejor, que la curiosidad impere en nuestro ánimo.

XXVI

En cuanto al afecto personal del que hablábamos, y para acabar con él, si bien es probable que exista, también es seguro que su recuerdo es corto, y si intentáis reinstalar en su reino a una madre exiliada hace algunos días, será recibida de tal modo por sus ultrajadas hijas que tendréis que apresuraros a arrancarla del encarcelamiento mortal que es el castigo de las reinas desconocidas. Sucede que las abejas han tenido tiempo de transformar en celdas reales una decena de habitaciones de obreras y que el porvenir de la estirpe no corre ya peligro alguno. Su apego crece o decrece dependiendo de la manera en que la reina representa dicho porvenir. De modo que, en el momento en que una reina virgen lleva a cabo la peligrosa ceremonia del “vuelo nupcial”, se observa frecuentemente que todas sus súbditas, hasta tal punto inquietas por perderla, la acompañan en esa trágica y lejana búsqueda del amor de la que hablaré dentro de un momento, cosa que nunca hacen cuando se ha tenido la precaución de proporcionarles un fragmento de panal con celdas conteniendo una joven nidada en la que hallan la posibilidad de criar otras madres. El afecto puede incluso tornarse en furor y odio si su soberana no cumple con todos sus deberes para con esa abstracta divinidad que llamaríamos sociedad futura y que ellas conciben con más viveza que nosotros. Ha ocurrido, por ejemplo, que algún apicultor, por diferentes razones, ha impedido a la reina reunirse con el enjambre reteniéndola en la colmena con la ayuda de una rejilla a través de la cual las delgadas y ágiles obreras pasaban sin advertirla, pero que la pobre esclava del amor, notoriamente más pesada y corpulenta que sus hijas, no conseguía atravesar. En la primera salida, las abejas, al constatar que no las había seguido, regresaban a la colmena y reprendían, empujaban y zarandeaban manifiestamente a la infortunada prisionera, a la que acusaban sin duda de pereza o suponían de espíritu un tanto débil. En la segunda salida, pareciéndoles evidente su mala voluntad, la cólera aumentaba y el maltrato se volvía más serio. Por fin, a la tercera, juzgándola irremediablemente desleal a su destino y al porvenir de la raza, casi siempre la condenaban y le daban muerte en la prisión real.

XXVII

Como se puede ver, todo está subordinado a ese porvenir con una previsión, un concierto, una inflexibilidad, una habilidad a interpretar las circunstancias y sacar partido de ellas, que la admiración queda confundida cuando cae en la cuenta de todo lo imprevisto, de todo lo sobrenatural que nuestra intervención produce sin cesar en sus moradas. Se dirá quizá, en este último caso, que las abejas han interpretado muy mal la incapacidad para seguirlas de la reina. ¿Seríamos nosotros mucho más perspicaces si una inteligencia de un orden diferente —y que se sirve un cuerpo tan colosal que sus movimientos son casi tan inaprensibles como los de un fenómeno natural— se divirtiera tendiéndonos trampas de género similar? ¿Acaso no nos ha llevado miles de años inventar una interpretación del rayo suficientemente plausible? Cualquier inteligencia se ve afectada por cierta lentitud cuando sale de su esfera, que es siempre tan pequeña, y se enfrenta a fenómenos que no han sido activados por ella. Por lo demás, si la prueba de la rejilla se generalizase y se prolongara, no estamos seguros de que las abejas no acabasen comprendiéndola y superando sus inconvenientes. Ya han comprendido otras pruebas y han sacado partido de ellas del modo más ingenioso. La prueba de los “panales móviles” o la de las “secciones”, por ejemplo, en la que se las obliga a almacenar su miel de reserva en pequeñas cajas apiladas simétricamente; o también la extraordinaria prueba de la “cera estampada”, en la que los alvéolos no son más que esbozados por un delgado contorno de cera cuya utilidad captan enseguida, estirándola con cuidado de manera a formar, sin gasto de materiales ni de trabajo, unas celdas perfectas. ¿Acaso no descubren, en todas aquellas circunstancias que no se presentan bajo la forma de una trampa tendida por una especie de dios malicioso y burlón, la mejor y la única solución humana? Por citar una de estas circunstancias naturales, aunque del todo anormales, que una babosa o un ratón se deslice en el interior de la colmena y se les de muerte; ¿cómo harán para deshacerse del cadáver que pronto emponzoñará la atmósfera? Si les resulta imposible expulsarlo o despedazarlo, lo encierran metódica y herméticamente dentro de un verdadero sepulcro de cera y propóleo, el cual se yergue bizarramente entre los monumentos ordinarios de la ciudad. El año pasado, dentro de una de mis colmenas, encontré una aglomeración de tres de estas tumbas separadas, como los alvéolos de los panales, por unas paredes medianeras de manera a economizar la mayor cantidad de cera posible. Las prudentes sepultureras las habían levantado sobre los restos de tres pequeños caracoles que un niño había introducido en su falansterio. Normalmente, cuando se trata de caracoles se contentan con recubrir de cera el orificio de la concha. Pero en este caso, como las conchas estaban más o menos quebradas o agrietadas, habían juzgado más sencillo sepultar el conjunto; y, para no entorpecer el tráfico de la entrada, habían practicado en esta masa molesta cierto número de galerías proporcionadas con exactitud, no a su tamaño, sino al de los machos, que son cerca de dos veces más grandes que ellas. Esto, y lo que cuento a continuación, ¿no permite suponer que llegarán un día a discernir el motivo de que la reina no pueda seguirlas a través de la rejilla? Tienen una percepción muy precisa de las proporciones y del espacio que necesita un cuerpo para moverse. En las regiones en las que pulula la horrible esfinge de la calavera, Acherontia atropos, construyen en la entrada de sus colmenas unas columnatas de cera entre las cuales la saqueadora nocturna no puede introducir su enorme abdomen.

Zánganos en la entrada de una colmena

Zánganos
by Ken Thomas

XXVIII

Y basta de este asunto; si tuviera que agotar todos los ejemplos no acabaría nunca. Para resumir el papel y la situación de la reina, se puede decir que ella es el corazón esclavo de la ciudad cuya inteligencia la rodea. Es la soberana única, pero también la sirviente real, la cautiva depositaria y delegada responsable del amor. Su pueblo la sirve y la venera, aunque sin olvidar que no es a su persona a quien se somete, sino a la misión que ella cumple y a los destinos que ella representa. No nos resultaría fácil encontrar una república humana cuyo plan abarcase una porción tan considerable de los deseos de nuestro planeta; una democracia donde la independencia sea a la vez más perfecta y más sensata, y la obediencia más completa y mejor razonada. Pero tampoco se encontraría ninguna en la que los sacrificios sean más duros y más absolutos. No han de creer que admiro estos sacrificios tanto como sus resultados. Sería evidentemente deseable que estos resultados pudieran obtenerse con menos sufrimiento y menos abnegación. Pero una vez aceptado el principio —y quizá este fuese necesario en el pensamiento de nuestro planeta—, su organización es admirable. Sea cual sea la realidad humana a este respecto, la vida en la colmena no se contempla como una serie de horas más o menos agradables que la sabiduría aconseja no ensombrecer ni amargar más allá de los minutos indispensables para su mantenimiento, sino como un gran deber común y severamente dirigido hacia un porvenir que retrocede sin cesar desde el comienzo del mundo. Aquí cada cual renuncia a más de la mitad de su felicidad y de sus derechos. La reina dice adiós a la luz del día, al cáliz de las flores y a la libertad; las obreras al amor, a cuatro o cinco años de vida y a la dulzura de ser madres. La reina ve su cerebro reducido a nada en provecho de los órganos de la reproducción, y las trabajadoras ven atrofiarse estos mismos órganos en beneficio de su inteligencia. No sería exacto afirmar que la voluntad no saca nada de estas renuncias. Es cierto que la obrera no puede cambiar su propio destino, pero dispone del de todas las pupas que la rodean y que son sus hijas indirectas. Hemos visto que cada una de las larvas de obrera, si fuera alimentada y alojada siguiendo el régimen real, podría convertirse en reina; y de forma similar, cada una de las larvas reales, si se le cambiase la alimentación y se le redujese la celda, sería transformada en obrera. Estas prodigiosas elecciones se operan todos los días en la penumbra dorada de la colmena. No es el azar el que las lleva a cabo, el que las hace y deshace, sino una sabiduría siempre vigilante que tiene en cuenta todo aquello que sucede tanto fuera de la ciudad como dentro de sus muros, una sabiduría de cuya lealtad, de cuya profunda seriedad, solo el humano es capaz de abusar. Si de repente abundan unas flores imprevistas, si la colina o las orillas del río resplandecen con una nueva cosecha, si la reina está vieja o es menos fecunda, si la población se acumula y se siente apretada, veréis cómo se levantan algunas celdas reales. Estas mismas celdas podrán ser destruidas si llega a faltar la recolección o si se agranda la colmena. Con frecuencia serán mantenidas en tanto la joven reina no haya completado o tenido éxito en su vuelo nupcial, para ser demolidas cuando regresa a la colmena arrastrando tras ella, como un trofeo, la señal irrecusable de su fecundación. ¿Dónde reside esta sabiduría que pesa de este modo el presente y el futuro y para la cual aquello que todavía no es visible tiene más peso que todo aquello que se ve? ¿Dónde se asienta esta prudencia anónima que renuncia y elige, que levanta y derriba, que de tantas obreras podría hacer otras tantas reinas y que de tantas madres hace un pueblo de vírgenes? Hemos dicho en otro lugar que se encuentra en el “Espíritu de la colmena”; pero el “Espíritu de la colmena”, ¿dónde hay que buscarlo sino en la asamblea de las obreras? Tal vez, para convencerse de que es allí donde reside, no hubiera hecho falta observar tan atentamente las costumbres de la república real. Hubiera bastado, tal como han hecho Dujardin, Brandt, Girard, Vogel y otros entomólogos, con colocar bajo el microscopio, junto al cráneo un tanto vacío de la reina y de la magnífica testa de los machos en la que resplandecen veintiséis mil ojos, la pequeña cabeza ingrata e inquieta de la obrera virgen. Habríamos visto que dentro de esta pequeña cabeza se desarrollan las circunvoluciones del cerebro más vasto y el más ingenioso de la colmena. Es incluso el más bello, el más complicado, el más delicado, el más perfecto, dentro de otro orden y con una organización diferente, que se encuentra en la naturaleza después del humano.5 Una vez más, como en cualquier parte del mundo cuyo régimen nos es conocido, allí donde se encuentra el cerebro se encuentra la autoridad, la verdadera fuerza, la sabiduría y la victoria. Aquí, de nuevo, es un átomo casi invisible de esta substancia misteriosa el que somete y organiza la materia y sabe crearse un pequeño lugar triunfante y perdurable en medio de las potencias enormes e inertes de la nada y de la muerte.

XXIX

Regresemos ahora a nuestra colmena, que enjambra y que no ha esperado a que terminemos estas reflexiones para dar la señal de partida. En el instante en que se da esta señal, se diría que todas las puertas de la ciudad se abren al mismo tiempo de un empujón súbito e insensato, y que la negra multitud se evade, o más bien, que sale despedida, dependiendo del número de aberturas, en un doble, triple o cuádruple chorro directo, tenso, vibrante e ininterrumpido que brota y se expande inmediatamente en el espacio en un entramado sonoro tejido de cien mil alas exasperadas y transparentes. Durante algunos minutos, el entramado flota de este modo por encima del colmenar con un prodigioso murmullo como de sederías diáfanas desgarradas y recosidas sin cesar por miles y miles de dedos electrificados. Ondula, titubea y palpita como un velo alegre que unas manos invisibles sostuvieran en el cielo plegándolo y desplegándolo desde las flores hasta el azul, mientras espera una llegada, o salida, augusta. Por fin uno de los faldones desciende, otro se levanta, las cuatro esquinas llenas de sol del radiante manto que canta se juntan y, semejante a una de esas capas inteligentes que para cumplir un deseo atraviesa el horizonte en los cuentos de hadas, se dirige por completo, plegado ya a fin de recubrir la presencia sagrada del porvenir, hacia el tilo, el peral o el sauce al que la reina acaba de fijarse como un clavo de oro del cual, una a una, cuelga sus ondas musicales, y en torno del cual enrolla su tejido de perlas enteramente iluminado de alas.

A continuación se vuelve a hacer el silencio; y ese vasto tumulto, y ese velo temible que parecía urdido con amenazas incontables, con incontables cóleras, y ese ensordecedor granizo de oro que siempre en suspenso resonaba sin tregua sobre todos los objetos del contorno, todo ello se reduce un minuto después a un grueso racimo inofensivo y pacífico suspendido de la rama de un árbol y formado por millares de pequeñas bayas vivientes, pero inmóviles, que esperan pacientemente el regreso de los exploradores partidos en busca de un refugio.

XXX

Mujer con sombrero de paja realojando un enjambre

Realojando un enjambre

Es la primera etapa del enjambre, lo que se conoce como “el enjambre primario”, a la cabeza del cual se encuentra siempre la vieja reina. Se posa habitualmente sobre el árbol o el arbusto más próximo al colmenar, pues la reina, sobrecargada con sus huevos y sin haber visto la luz desde su vuelo nupcial o desde la enjambrazón del año anterior, vacila todavía a la hora de lanzarse al espacio y parece haber olvidado el uso de sus alas.

El apicultor espera a que la masa se haya agrupado bien y después, con la cabeza cubierta por un sombrero ancho de paja —porque la abeja más inofensiva saca inevitablemente el aguijón cuando se enreda entre los cabellos, donde se cree cogida en una trampa—, pero sin máscara y sin velo, si es que tiene experiencia, y después de haber sumergido en agua fría sus brazos desnudos hasta el cuello, recoge el enjambre sacudiendo vigorosamente la rama que le sirve de soporte encima de una colmena vuelta del revés. El racimo cae en ella pesadamente como un fruto maduro. O bien, si la rama es demasiado gruesa, saca a las abejas del mismo montón con ayuda de una cuchara y a continuación vierte donde quiere las cucharadas vivientes igual que lo haría con el trigo. No tiene por qué temer a las abejas que zumban a su alrededor y que le cubren en multitud las manos y el rostro. Escucha su canto de embriaguez, que no se parece a su canto de cólera. No ha de temer que el enjambre se divida, se irrite, se disipe o escape. Lo he dicho ya: ese día las misteriosas obreras tienen un espíritu confiado al que nada podría alterar. Se han desprendido de los bienes que tenían que proteger y ya no reconocen a muchos de sus enemigos. Son inofensivas a fuerza de ser felices, y son felices sin que se sepa porqué: cumplen la ley. Todas las criaturas tienen de este modo un momento de dicha ciega que la naturaleza les procura cuando quiere conseguir sus fines. No nos sorprendamos en absoluto de que las abejas se dejen embaucar por ella; nosotros mismos, después de tantos siglos que la observamos con la ayuda de un cerebro más perfecto que el suyo, también nos dejamos engañar e ignoramos todavía si es benevolente, indiferente o vilmente cruel.

XXXI

Si el humano no lo recoge, la historia del enjambre no termina aquí. Permanece suspendido de la rama hasta el regreso de las obreras que hacen el oficio de exploradoras aladas que, desde los primeros minutos de la enjambrazón, se han dispersado en todas las direcciones para ir en busca de un alojamiento. Una por una regresa y rinde cuentas de su misión, y, puesto que nos resulta imposible penetrar en el pensamiento de las abejas, es necesario que interpretemos humanamente el espectáculo al que asistimos. Parece probable que escuchen atentamente sus informes. Una preconiza aparentemente un árbol hueco, otra elogia las ventajas de una grieta en un muro viejo, de una cavidad en una gruta o de una madriguera abandonada. Sucede frecuentemente que la asamblea vacila y delibera hasta la mañana del día siguiente. Por fin se realiza la elección y se llega a un acuerdo. En un momento dado todo el racimo se agita, hormiguea, se desagrega, se desperdiga, y, con un vuelo impetuoso y sostenido que esta vez no conoce ya obstáculos, por encima de los setos, los campos de trigo, los campos de lino, los almiares, los estanques, los pueblos y los ríos, la vibrante nube se dirige en línea recta hacia un objetivo determinado y siempre muy lejano. Es raro que un humano pueda seguirlo en esta segunda etapa. El enjambre regresa a la naturaleza, y perdemos el rastro de su destino.

Enjambre de Apis mellifera en dispersión

Apis mellifera
by leafveiledCC BY 4.0

El enjambre

Notas


 * Suborden o Superfamilia— En los órdenes Blattodea, Hymenoptera y Lepidoptera, para agrupar las familias hemos preferido usar las superfamilias en lugar de los subórdenes.

 1. Las cifras que damos aquí son rigurosamente exactas. Son los de una colmena grande en plena prosperidad. (N. del A.)

 2. Acherontia atropos, un lepidóptero de la familia Sphingidae.

 3. Tan grande es su amor por las flores y la gloria de producir la miel, Geórgicas IV, 205

 4. Por lo común se introduce a la reina extranjera encerrada en una pequeña jaula de alambre, la cual se suspende entre dos panales. La jaula está provista de una puerta de cera y de miel que las obreras roen cuando su cólera se ha calmado, liberando así a la prisionera, a la cual acogen bastante a menudo sin malevolencia. (N. del A.)

 5. El cerebro de la abeja, según los cálculos de Dujardin, forma la 174ava parte del peso total del insecto; el de la hormiga el 296ava. En revancha, los cuerpos pedunculados que parecen desarrollarse proporcionalmente a los triunfos que obtiene la inteligencia sobre el instinto, son un poco menos importantes en la abeja que en la hormiga. Una cosa compensando la otra, de estas estimaciones parece resultar —sin olvidar que se trata de una hipótesis, y teniendo en cuenta la oscuridad de la materia— que el valor intelectual de la hormiga y de la abeja debe ser más o menos similar. (N. del A.)