La fundación de la ciudad

La fundación de la ciudad

I

Veamos antes que nada lo que hace el enjambre recogido en la colmena que el apicultor le ha ofrecido. Y primero acordémonos del sacrifico que han realizado las cincuenta mil vírgenes que, según las palabras de Ronsard:

transportan un corazón amable dentro de un pequeño cuerpo,

y admiremos una vez más el coraje que precisan para recomenzar la vida en el desierto en el que han caído. Han olvidado por tanto la ciudad opulenta y magnífica en la que han nacido, donde la vida era tan segura y estaba tan admirablemente organizada, donde el jugo de todas las flores que se acuerdan del sol permitía sonreír ante las amenazas del invierno. Han dejado allí, adormecidas en el fondo de sus cunas, a miles y miles de hijas a las que no verán jamás.1

Allí han dejado —además del enorme tesoro de cera, de propóleo y de polen acumulado por ellas mismas— más de ciento veinte libras de miel, es decir, doce veces el peso del pueblo entero, cerca de seiscientas mil veces el peso de cada una de las abejas, lo que equivaldría para el humano a cuarenta y dos mil toneladas de víveres, toda una flotilla de grandes buques cargados de alimentos más preciosos y más perfectos que ninguno de los que conocemos, porque la miel es para las abejas una especie de vida líquida, una especie de quilo inmediatamente asimilable casi sin residuos.

Aquí, en la nueva residencia, no hay nada, ni una sola gota de miel, ni un jalón de cera, ni un solo punto de referencia y ningún punto de apoyo. Es la desolada desnudez de un monumento inmenso que no tiene más que el techo y los muros. Las paredes, circulares y lisas, no albergan sino sombra, y allá arriba la monstruosa bóveda se arquea sobre el vacío. Pero la abeja no conoce los lamentos inútiles; en cualquier caso, no se recrea en ellos. Lejos de sentirse abatida por un trance que sobrepasaría a cualquier otro coraje, su empeño es mayor que nunca. A penas la colmena vuelve a estar del derecho y ha sido colocada en su sitio, a penas comienza a apaciguarse el desconcierto de la caída tumultuosa, y ya se observa cómo en la enmarañada multitud se opera una división muy nítida y completamente inesperada. La mayor parte de las abejas, como un ejercito que obedece a una orden muy precisa, empieza a trepar en columnas espesas a lo largo de las paredes verticales del monumento. Una vez llegadas a la cúpula, las primeras que la alcanzan se agarran a ella con las uñas de las patas delanteras; las que vienen después se enganchan a las primeras, y así seguidamente hasta que se forman una largas cadenas que sirven de puente a la multitud que no deja de subir. Poco a poco, al multiplicarse estas cadenas, reforzándose y entrelazándose hasta el infinito, se convierten en unas guirnaldas que, bajo la ascensión incontable e ininterrumpida, se transforman a su vez en una cortina espesa y triangular, o más bien en una suerte de cono compacto e invertido cuya punta se engancha a la cima de la cúpula y cuya base desciende ensanchándose hasta la mitad o los dos tercios de la altura total de la colmena. Entonces, una vez que la última abeja a la que una voz interior ha llamado a formar parte de este grupo se ha incorporado a la cortina suspendida en las tinieblas, la ascensión llega a su fin; todo movimiento se extingue poco a poco dentro del domo y el extraño cono invertido, en un silencio que uno podría creer que es religioso, en una inmovilidad que resulta pavorosa, espera durante largas horas la llegada del misterio de la cera.

Una cortina de abejas con forma triangular cuelga del techo de un agujero dentro de un árbol

Durante todo este tiempo, sin preocuparse de la formación de la maravillosa cortina de cuyos pliegues va a descender un don mágico, sin que parezcan tentadas de incorporarse a ella, el resto de las abejas, es decir, todas aquellas que han permanecido en la parte baja de la colmena, inspecciona el edificio y emprende los trabajos necesarios.

Se barre el suelo escrupulosamente; las hojas muertas, las ramitas y los granos de arena son transportados a lo lejos, uno a uno, una a una, porque la pulcritud de las abejas alcanza lo maniático, y cuando en el pleno corazón del invierno los grandes fríos les impiden efectuar durante demasiado tiempo eso que en apicultura se conoce como su “vuelo de limpieza”, las abejas perecen en masa víctimas de espantosas enfermedades intestinales antes que ensuciar la colmena. Sólo los machos se muestran incorregiblemente despreocupados y cubren impúdicamente de suciedad los panales que frecuentan y que las obreras se ven obligadas a limpiar sin cesar yendo detrás de ellos.

Después del barrido, las abejas del mismo grupo profano, del grupo que no se mezcla con el cono suspendido en una suerte de éxtasis, se ponen a sellar minuciosamente el contorno inferior de la residencia común. Enseguida se pasa revista a todas las grietas, se llenan y recubren de propóleo, y se empieza, de arriba abajo por todo el edificio, el barnizado de las paredes. Se reorganiza la guardia de la entrada, y pronto cierto número de obreras van a los campos y regresan de ellos cargadas de néctar y de polen.

II

Antes de levantar los pliegues de la misteriosa cortina a cobijo de la cual se ponen los cimientos de la verdadera residencia, intentemos darnos cuenta de la inteligencia que deberá desplegar nuestro pequeño pueblo de emigrantes, de la precisión de su mirada, de los cálculos y de la industria necesarios para acondicionar el refugio, para trazar en el vacío los planos de la ciudad, para señalar en ellos de manera lógica el emplazamiento de los edificios que hay que erigir lo más económica y rápidamente posible, pues la reina, urgida por la puesta, esparce ya sus huevos por el suelo. Dentro de este dédalo de construcciones diversas, todavía imaginarias y cuya forma es forzosamente inusitada, hace falta, además, no perder de vista las leyes de la ventilación, de la estabilidad y de la solidez, considerar la resistencia de la cera, la naturaleza de los víveres que se han de almacenar, la facilidad de acceso, los hábitos de la soberana, la distribución en cierta manera preestablecida, porque es orgánicamente la mejor, de los almacenes, de las casas, de las calles y de los pasajes, y bastantes otros problemas cuya enumeración sería demasiado larga.

Ahora bien, la forma de las colmenas que el humano ofrece a las abejas varía hasta el infinito, desde el árbol hueco o el cuenco de alfarería todavía en uso en África y en Asia, pasando por la clásica campana de paja que nos encontramos en medio de un macizo de girasoles, de phlox y de malvas reales, bajo las ventanas o en las huertas de la mayoría de nuestras granjas, hasta las auténticas fábricas de la apicultura movilista de nuestros días, en las que se acumulan a veces más de ciento cincuenta kilogramos de miel contenidos en tres o cuatro pisos de panales superpuestos y rodeados de un marco que permite sacarlos, manipularlos, extraer de ellos la recolección por medio de la fuerza centrífuga con la ayuda de una turbina, y devolverlos a su sitio igual que se haría con un libro en una biblioteca bien ordenada.

Marco extraído de una colmena movilista

Marcos de colmena Langstroth
by Luc ViatourCC BY-SA 3.0

El capricho o la industria del hombre introduce un buen día al dócil enjambre en una u otra de estas desconcertantes residencias. Le toca a la pequeña mosca situarse en ellas, orientarse, modificar unos planes que la fuerza de las cosas, por decirlo así, pretende inmutables, determinar en este espacio insólito la posición de los almacenes de invierno, que no pueden rebasar la zona de calor desprendida por la población medio adormecida; a ella, por fin, le corresponde planificar el punto en el que se concentrarán los panales para la puesta, cuya ubicación, so pena de desastre, tiene que ser más o menos invariable, ni demasiado alta ni demasiado baja, ni demasiado cercana ni demasiado alejada de la puerta. La abeja, por ejemplo, sale de un tronco de árbol volcado que no formaba más que una larga galería horizontal, estrecha y aplastada, y hela aquí en un edificio elevado como una torre y cuyo techos se pierde en las tinieblas. O bien, para aproximarnos más a su sorpresa más habitual, se había acostumbrado desde hacía siglos a vivir bajo el domo de paja de nuestras colmenas aldeanas, y he aquí que se las instala en una especie de gran armario, o de gran cofre, tres o cuatro veces más vasto que su casa natal, y en medio de una maraña de marcos suspendidos unos encima de otros, a veces paralelos, otras veces perpendiculares a la entrada, que forman una red de andamios que obstaculizan todo el espacio de su residencia.

III

No importa, no se conoce ningún caso en que un enjambre haya rehusado ponerse a la faena, que se haya dejado desanimar o desconcertar por lo bizarro de las circunstancias, en tanto la vivienda que se le ofrecía no estuviese impregnada de malos olores o fuese realmente inhabitable. Ni siquiera estas situaciones son motivo de desaliento, de pánico o de renuncia al deber. Simplemente se abandona el refugio inhospitalario para ir a buscar mejor fortuna un poco más lejos. Tampoco podemos decir que se haya conseguido forzarlas jamás a ejecutar un trabajo pueril o ilógico. Nunca se ha observado que las abejas hayan perdido la cabeza, ni que, por no saber qué partido tomar, hayan emprendido al azar unas construcciones heterogéneas y extravagantes. Introducidlas en el interior de una esfera, de un cubo, de una pirámide, de una cesta ovalada o poligonal, de un cilindro o de una espiral; visitadlas algunos días después si es que han aceptado la morada, y veréis que esta extraña multitud de pequeñas inteligencias independientes ha sabido ponerse inmediatamente de acuerdo para elegir sin titubeos, con un método cuyos principios parecen inflexibles, el punto más adecuado y a menudo el único lugar utilizable del absurdo habitáculo.

Abeja zambullida de cabeza en una flor

Apis mellifera
by Judy GallagherCC BY 2.0

Cuando las instalamos dentro de una de estas grandes fábricas con marcos de las que hablábamos hace un momento, no tienen en cuenta estos marcos más que en tanto estos les proporcionan un punto de partida o unos puntos de apoyo cómodos para sus panales, y resulta bastante natural que no obedezcan ni los deseos ni las intenciones del humano. Pero si el apicultor ha tenido cuidado de cubrir con una estrecha banda de cera la plancha superior de algunos de ellos, las abejas aprovecharán enseguida las ventajas que les ofrece este trabajo ya empezado; estirarán cuidadosamente la cinta y, soldando su propia cera a la de esta, prolongarán metódicamente el panal sobre el plano indicado. De la misma manera —y el caso es frecuente en la apicultura intensiva de nuestros días—, si todos los marcos de la colmena en la que se ha recogido al enjambre están cubiertos de arriba a abajo de láminas de cera estampada, no perderán su tiempo en construir hacia los laterales o de través, en producir cera inútilmente; al encontrar la faena medio hecha, se contentarán con profundizar y alargar cada uno de los alvéolos bosquejados en la lámina, rectificando a la medida los lugares en los que esta se aleja de la vertical más estricta; y de este modo, en menos de una semana se hallarán en posesión de una ciudad tan lujosa y tan bien edificada como la que acaban de dejar, mientras que, abandonadas a sus propios recursos, habrían necesitado dos o tres meses para edificar la misma profusión de almacenes y de casas de cera blanca.

IV

Parece claro que este espíritu de apropiación sobrepasa singularmente los límites del instinto. Por lo demás, nada hay más arbitrario que estas distinciones entre el instinto y la inteligencia propiamente dicha. Sir John Lubbock2, que ha realizado algunas observaciones tan personales como curiosas sobre las hormigas, las avispas y las abejas, es muy dado, quizá por una predilección inconsciente y un tanto injusta por las hormigas, a las que ha investigado especialmente —porque todo investigador quiere que el insecto que él estudia sea más inteligente o más notable que los demás, y es conveniente precaverse contra este defecto del amor propio—, sir John Lubbock, decía, es muy dado a negarle a la abeja cualquier discernimiento y cualquier capacidad razonadora desde el momento en que se sale de la rutina de sus trabajos habituales. Como prueba de esto presenta un experimento que cualquiera puede repetir fácilmente. Introducid media docena de moscas y media docena de abejas dentro de una botella; después, con la botella tumbada horizontalmente, girad el fondo hacia la ventana del apartamento. Las abejas se empecinarán durante horas, hasta morir de fatiga o de inanición, en buscar una salida a través del fondo de cristal, mientras que las moscas, en menos de dos minutos, habrán salido todas por el extremo opuesto a través del cuello.

Abejas dentro de una botella, moscas escapando de la botella

Sir John Lubbock deduce de esto que la inteligencia de la abeja es extremadamente limitada y que la mosca es bastante más hábil a la hora de salir del apuro y encontrar su camino. Esta conclusión no parece irreprochable. Girad alternativamente hacia la claridad ora el fondo, ora el cuello de la ampolla transparente, veinte veces seguidas si queréis, y veinte veces seguidas las abejas se darán la vuelta al mismo tiempo para darle la cara al día. Lo que las pierde en el experimento del sabio inglés es su amor por la luz y su misma razón. Se imaginan evidentemente que, en cualquier prisión, la liberación se encuentra del lado de la claridad más viva; actúan en consecuencia, y se obstinan en actuar demasiado lógicamente. Nunca han tenido contacto con ese misterio sobrenatural que es para ellas el vidrio, con esa atmósfera repentinamente impenetrable que no existe en la naturaleza; y el obstáculo, y el misterio, debe resultarles tanto más inadmisible, tanto más incomprensible, cuanto más inteligentes son. En lugar de esto, las moscas, descerebradas, sin preocuparse por la lógica, el encanto de la luz o el enigma del cristal, revolotean al azar dentro del recipiente; y topando aquí con la buena suerte de los simples, los cuales se salvan en ocasiones allí donde perecen los más sabios, acaban necesariamente encontrando en su camino el conveniente cuello que los libera.

V

El mismo naturalista proporciona otra prueba de su falta de inteligencia, y la encuentra en la siguiente página del gran apicultor americano, el venerable y paternal Langstroth3:

Como la mosca —dice Langstroth­— no ha sido llamada a vivir sobre las flores, sino sobre sustancias en las cuales podría ahogarse fácilmente, se posa con precaución sobre los bordes de los recipientes que contienen un alimento líquido y bebe de ellos prudentemente; mientras que la pobre abeja se lanza a ellos de cabeza y perece enseguida. El funesto destino de sus hermanas no detiene ni un instante a las demás cuando se acercan a su vez al cebo, pues se posan como unas insensatas sobre los cadáveres y las fallecidas, para compartir su triste suerte. Nadie puede imaginarse el alcance de su locura si no ha visto la tienda de un confitero asaltada por miríadas de abejas famélicas. Las he visto extraídas por millares de los siropes en los que se habían ahogado, posarse por millares sobre el azúcar en ebullición, el suelo cubierto y las ventanas oscurecidas por las abejas, unas arrastrándose, otras volando, otras, por fin, tan completamente enviscadas que no podían ni reptar ni volar; ni siquiera una de cada diez era capaz de llevar a casa el botín mal adquirido, y sin embargo, el aire estaba lleno de nuevas legiones que seguían llegando igual de insensatas.

Enjambre de abejas en una cocina donde se prepara sirope

Esto es tan definitivo como lo sería, para un observador sobrehumano que quisiera fijar los límites de nuestra inteligencia, contemplar los estragos del alcoholismo o los producidos en un campo de batalla. Menos, quizá. Si se la compara con la nuestra, la situación de la abeja es extraña en este mundo. Ella ha sido puesta aquí para vivir en una naturaleza indiferente e inconsciente, y no junto a una criatura que altera a su alrededor las leyes más constantes y que crea fenómenos grandiosos e incomprensibles. En el orden natural, en la monótona existencia del bosque natal, el enloquecimiento descrito por Langstroth sólo sería posible si algún accidente destrozara una colmena llena de miel. Pero entonces no habría ni ventanas mortales, ni azúcar hirviendo, ni sirope demasiado espeso y, por consiguiente, apenas muertos; ningún otro peligro aparte de los que corre cualquier animal que persigue a su presa.

¿Conservaríamos nosotros mejor nuestra sangre fría si una potencia insólita tentase a nuestra razón a cada paso? Nos resulta, por tanto, bastante difícil juzgar a las abejas, a las que nosotros mismos volvemos locas y cuya inteligencia no ha sido preparada para descifrar nuestras trampas, del mismo modo que la nuestra no parece estar preparada para burlar las de un ser superior, desconocido a día de hoy, pero sin embargo posible. Al no conocer nada que nos domine, concluimos que nosotros ocupamos la cúspide de la vida sobre nuestra tierra; pero, después de todo, esto no es indiscutible. No estoy pidiendo que se crea que cuando hacemos cosas desordenadas o miserables estamos cayendo en las trampas de un genio superior, pero no resulta inverosímil que esto parezca cierto algún día. Por otra parte, no se puede afirmar razonablemente que las abejas estén desprovistas de inteligencia porque todavía no hayan llegado a distinguirnos del gran simio o del oso y nos traten igual que tratarían a estos ingenuos habitantes del bosque primitivo. Es seguro que en nosotros y a nuestro alrededor existen influencias y poderes igualmente dispares, los cuales nosotros no discernimos mejor.

Por fin, para terminar esta apología en la que incurro un poco en el mismo defecto que le reprochaba a sir John Lubbock, ¿no hay que ser inteligente para ser capaz de locuras tan grandes? Así sucede siempre en este incierto dominio de la inteligencia, que es el estado más precario y más vacilante de la materia. En la misma claridad que la inteligencia, encontramos a la pasión, de la que no se podría decir con precisión si es el humo o la mecha de la llama. Y aquí la pasión de las abejas es lo bastante noble como para excusar las vacilaciones de la inteligencia. Lo que las empuja a esta imprudencia no es un impulso animal a atiborrarse de miel. Esto lo podrían hacer cómodamente en las bodegas de su residencia. Observadlas, seguidlas en una circunstancia semejante; tan pronto han llenado el buche, las veréis volver a la colmena y verter allí su botín para regresar y abandonar treinta veces en una hora las maravillosas cosechas. Se trata pues del mismo deseo que lleva a cabo tantas obras admirables: el afán de transportar tantos bienes como puedan a la casa de sus hermanas y del porvenir. Cuando las locuras de los humanos tienen una causa tan desinteresada, a menudo les damos otro nombre.

VI

Sin embargo, hay que decir toda la verdad. En medio de los prodigios de su industria, de su civismo y de sus renuncias, hay un hecho que nos sorprenderá siempre y hará que se suspenda nuestra admiración: es su indiferencia ante la muerte y la desgracia de sus compañeras. Se da en el carácter de la abeja un desdoblamiento bien extraño. En el interior de la colmena todas se aman y se ayudan unas a otras. Están tan unidas como los buenos pensamientos de un mismo alma. Si herís a una, mil se sacrificarán para vengar su injuria. Fuera de la colmena ya no se conocen. Mutilad, aplastad —o más bien guardaos bien de hacer nada, sería una crueldad inútil, ya que el el fenómeno es constante—, suponed más bien que mutiláis, que sobre un panal situado a algunos pasos de su residencia aplastáis a diez, veinte o treinta abejas salidas de la misma colmena; aquellas a las que no hayáis tocado no volverán siquiera la cabeza y continuarán extrayendo, con su lengua fantástica como un arma china, el líquido que les es más precioso que la vida, indiferentes ante esas agonías cuyos últimos gestos las están rozando y ante los gritos de angustia que se lanzan a su alrededor. Y cuando el panal se haya vaciado, para que no se pierda nada, se subirán tranquilamente sobre las muertas y las heridas para recoger la miel adherida a estas víctimas sin conmoverse ante la presencia de las unas y sin pensar en socorrer a las otras. Así pues, en este tipo de situaciones, carecen tanto de la noción del peligro que corren, puesto que la muerte que se difunde a su alrededor no las inquieta, como del más mínimo sentimiento de solidaridad o de piedad. En cuanto al peligro, la cosa tiene explicación: la abeja no conoce el miedo y nada en el mundo la espanta, excepto el humo. Al salir de la colmena, al mismo tiempo que de azur, se imbuye de longanimidad y condescendencia. Se aparta del que la importuna, hace ademán de ignorar la existencia del que se acerca demasiado. Uno creería que se sabe parte de un universo que pertenece a todos, en el que cada cual tiene derecho a su plaza, en el que conviene ser discreto y pacífico. Pero bajo esta indulgencia se oculta plácidamente un corazón tan seguro de sí mismo que ni siquiera piensa en reafirmarse. Se desvía si alguien la amenaza, pero no huye jamás. Por otro lado, dentro de la colmena no se limita a esta ignorancia pasiva del peligro. Se abalanza con una impetuosidad inaudita sobre cualquier criatura viva: hormiga, león o humano, que ose rozar el arca sagrada. Dependiendo de nuestro temperamento, llamemos a esto cólera, ensañamiento estúpido o heroísmo.

Abeja lamiendo la miel sobre otra abeja muerta

Pero ante esta falta de solidaridad fuera de la colmena, e incluso de empatía dentro de la colmena, no se puede alegar nada. ¿Debemos pensar que cualquier clase de inteligencia presenta estos límites imprevistos, y que la pequeña llama que emana con tanta pena de un cerebro a partir de la difícil combustión de tantas materias inertes es siempre tan incierta que no ilumina bien un punto más que en detrimento de muchos otros? Podríamos suponer que la abeja, o que la naturaleza a través de la abeja, ha organizado de forma más perfecta que en cualquier otra parte el trabajo en común, el culto y el amor por el porvenir. ¿Es por esta razón que pierden de vista todo lo demás? Ellas aman hacia adelante y nosotros amamos sobre todo a nuestro alrededor. Quizá baste con amar aquí para que no quede ya amor para gastar allá abajo. No hay nada tan inconstante como la dirección de la caridad o de la piedad. En otras épocas, nosotros mismos nos habríamos escandalizado menos que hoy en día por esta insensibilidad de la abejas, y muchos de los antiguos ni siquiera habrían pensado en reprochársela. Por lo demás, ¿somos capaces de prever todo aquello que sorprendería a un ser que nos observase como nosotros las observamos a ellas?

VII

Para hacernos una idea más precisa de su inteligencia, faltaría examinar de qué manera se comunican entre ellas. Es manifiesto que se entienden y que una república tan numerosa, y cuyos trabajos son tan variados y están tan maravillosamente concertados, no podría subsistir en el silencio y el aislamiento espiritual de tantos miles de criaturas. Por tanto, deben tener la capacidad de expresar sus pensamientos o sus sentimientos, ya sea por medio de un vocabulario fonético, ya sea, más probablemente, con la ayuda de un tipo de lenguaje táctil o de una intuición magnética que responde quizá a unos sentidos o a propiedades de la materia que nos resultan totalmente desconocidas, intuición cuyo asiento podría encontrarse en esas misteriosas antenas que palpan y comprenden las tinieblas y que, según los cálculos de Cheshire, están formadas, en el caso de las obreras, por doce mil pelos táctiles y cinco mil cavidades olfativas.4 Lo que demuestra que no se entienden solamente acerca de sus trabajos habituales, sino que también aquello que se sale de lo ordinario tiene igualmente un nombre y un lugar en su lenguaje, es la manera en que una noticia, buena o nefasta, ordinaria o sobrenatural, se difunde dentro de la colmena: la pérdida o el regreso de la madre, la caída de un panal, la entrada de un enemigo, la intrusión de una reina extranjera, la llegada de una tropa de saqueadores, el descubrimiento de un tesoro, etc. Ante cada uno de estos fenómenos, la actitud y el murmullo de las abejas son tan diferentes, tan característicos, que el apicultor experimentado adivina con bastante facilidad lo que sucede en las sombras por la conmoción de la multitud.

Colmena con los panales al descubierto colgando de un árbol

Colmena descubierta de Apis mellifera
by sbtsCC BY-NC 4.0

Si queréis una prueba más precisa, observad a una abeja que acaba de encontrar algunas gotas de miel esparcidas en el umbral de vuestra ventana o sobre una esquina de vuestra mesa. Al principio se atiborrará de ella con tal avidez que podréis marcarle el tórax con una pequeña mancha de pintura con total comodidad y sin temor de distraerla. Pero esta glotonería no es más que aparente. Esta miel no pasa al estómago propiamente dicho, a eso que tendríamos que llamar su estómago personal; se queda en el buche, el primer estómago, que es, por decirlo así, el estómago de la comunidad. En cuanto este depósito esté lleno la abeja se alejará, aunque no de forma directa tal como haría una mariposa o una mosca. Por el contrario, la veréis volar durante un momento marcha atrás, en un vaivén atento, en el vano de la ventana o alrededor de vuestra mesa, con el rostro vuelto hacia el apartamento.

Está reconociendo el lugar y fijando en su memoria la posición exacta del tesoro. A continuación se traslada a la colmena, regurgita allí su botín en una de las celdas del granero, y tres o cuatro minutos después regresará a tomar una nueva carga sobre el quicio de la ventana providencial. Mientras haya miel, cada cinco minutos, y hasta el ocaso si es necesario, sin interrupción, sin pararse a descansar, realizará de este modo viajes regulares de la ventana a la colmena y de la colmena a la ventana.

VIII

No quiero adornar la verdad como han hecho muchos de los que han escrito sobre las abejas. Esta clase de estudios no tiene ningún interés si no son absolutamente sinceros. Habría admitido que las abejas son incapaces de informarse sobre un acontecimiento externo, y ante este hecho, según creo —y a pesar de la pequeña decepción sufrida—, hubiera podido experimentar cierto placer al constatar una vez más que el humano, después de todo, es la única criatura realmente inteligente que habita nuestro planeta. Además, llegado a cierto punto en la vida, uno siente más alegría al decir cosas verdaderas que cosas llamativas. Conviene aquí, como en cualquier circunstancia, atenerse a este principio: que si la verdad completamente desnuda parece por el momento menos grandiosa, menos noble o menos interesante que el ornamento imaginario con que se la podría revestir, esto es falta nuestra, que no somos capaces aún de discernir la relación siempre asombrosa que dicha verdad debe tener con nuestro ser todavía ignorado y con las leyes del universo; y en tales casos, no es la verdad la que necesita ser engrandecida y ennoblecida, sino nuestra inteligencia.

Por tanto, admitiré que las abejas marcadas regresan solas a menudo. Hay que creer que en ellas se dan las mismas diferencias de carácter que entre los humanos, que se encuentran algunas que son silenciosas y otras charlatanas. Alguien que asistía a mis experimentos sostenía que era evidentemente por egoísmo o por vanidad por lo que a muchas no les gusta revelar la fuente de su riqueza o compartir con una de sus amigas la gloria de un trabajo que la colmena debe encontrar milagroso. He aquí unos vicios bastante viles que no exhalan el buen aroma, leal y fresco, de la casa de las mil hermanas. Sea como sea, también sucede a menudo que la abeja favorecida por la suerte regresa hasta la miel acompañada por dos o tres colaboradoras. Sé que sir John Lubbock, en el apéndice de su obra Ants, Bees and Wasps, elabora largas y minuciosas tablas con observaciones de las que se puede concluir que casi nunca ninguna otra abeja sigue a la informadora. Ignoro con qué especies de abeja trataba el sabio naturalista, o si las circunstancias eran particularmente desfavorables. En mi caso, consultando mis propias tablas, realizadas con cuidado, y después de haber tomado todas las precauciones posibles para que las abejas no fueran atraídas directamente por el olor de la miel, encuentro aquí que una media de cuatro de cada diez abejas traían a otras.

Abejas saliendo del agujero de un árbol

Una vez incluso, encontré una pequeña abeja italiana extraordinaria, a la que había marcado en el tórax con una mancha azul, la cual llegó con dos de sus hermanas desde su segundo viaje. Sin molestarla, apresé a estas dos. Volvió a partir y reapareció después con tres asociadas a las que de nuevo aprisioné; y así seguidamente hasta el final de la tarde, cuando, al contar mis cautivas, constaté que había comunicado la noticia a dieciocho abejas.

En resumen, si realizan ustedes los mismos experimentos, descubrirán que la comunicación, si bien no se produce de forma regular, al menos es frecuente. Esta capacidad es tan conocida por los cazadores de abejas de América que se sirven de ella cuando tratan de encontrar un nido.

Para comenzar sus operaciones —cuenta el Sr. Josiah Emery (citado por Romanes en La inteligencia de los animales)—, eligen un campo o un bosque alejado de cualquier colonia de abejas domesticadas. Al llegar al campo, avistan algunas abejas que están libando en las flores, las capturan y las encierran en una caja con miel, y luego, cuando se han saciado, las liberan. Viene entonces un momento de espera cuya duración depende de la distancia a la cual se encuentre el árbol de las abejas; por fin, con paciencia, el cazador acaba siempre viendo a sus abejas que regresan escoltadas por numerosas compañeras. Se apodera de ellas igual que antes, les proporciona un regalo, y las suelta a cada una en un punto diferente, teniendo el cuidado de observar la dirección que toman; el punto hacia el cual parecen converger le señala aproximadamente la posición del nido.

IX

En vuestros experimentos observaréis también que las amigas, que parecen obedecer las instrucciones de un azar afortunado, no siempre vuelan juntas, y que a menudo hay un intervalo de varios segundos entre las distintas llegadas. Respecto a estas comunicaciones, por tanto, habría que plantearse las preguntas que sir John Lubbock ha resuelto en el caso de las hormigas.

Las compañeras que se acercan al tesoro descubierto por la primera abeja, ¿no hacen más que seguirla, o es posible que sean enviadas por aquella y lo encuentren por sí mismas siguiendo las indicaciones y la descripción de los lugares que les ha dado? Se aprecia que en esto hay una diferencia enorme desde el punto de vista del alcance y del trabajo de la inteligencia. El sabio inglés, con la ayuda de un aparato complicado e ingenioso, con pasarelas, pasillos, fosos llenos de agua y puentes, ha conseguido dejar establecido que en aquellos casos las hormigas simplemente seguían la pista del insecto guía. Esos experimentos eran realizables con las hormigas, a las que se puede obligar a pasar por dónde uno quiere, pero para la abeja, que tiene alas, están abiertas todas las vías. Haría falta, por tanto, imaginar algún otro procedimiento. He aquí uno que he usado yo, que no me ha dado resultados definitivos, pero que mejor organizado y en circunstancias más favorables produciría, según creo, certezas satisfactorias.

Abeja posada en una rama seca

Apis mellifera
by Charles LamCC BY-NC 4.0

Mi laboratorio de trabajo en el campo se encuentra en un primer piso, encima de una planta baja bastante elevada. Fuera de la temporada en que florecen los tilos y los castaños, las abejas acostumbran tan poco a volar a esta altura que, durante más de una semana antes del ensayo, había dejado sobre la mesa un panal de miel con las celdas abiertas sin que ni una sola de ellas fuera atraída por su perfume y viniera a visitarlo. Entonces cogí una abeja italiana de una colmena acristalada situada cerca de la casa; la llevé a mi laboratorio, la puse sobre el panal de miel y la marqué mientras se daba un festín.

Una vez saciada echó a volar, regresó a la colmena y, habiéndola seguido, la vi precipitarse sobre la superficie de la multitud, introducir la cabeza en una celda vacía, regurgitar su miel y disponerse a salir. La vigilé y me apoderé de ella cuando reapareció en el umbral. Repetí veinte veces seguidas el experimento, tomando siempre diferentes sujetos y apartando cada vez a la abeja “iniciada” a fin de que las demás no pudieran seguirle la pista. Para llevar a cabo esto con más comodidad, había colocado en la puerta de la colmena una caja acristalada dividida en dos compartimentos por medio de una trampilla. Si la abeja marcada salía sola, simplemente la apresaba, igual que había hecho con la primera, y marchaba a mi laboratorio a esperar la llegada de las recolectoras a las que hubiera podido comunicarles la noticia. Si salía acompañada de una o dos abejas, la retenía prisionera en el primer compartimento de la caja separándola así de sus amigas y, después de haber marcado a estas con otro color, las dejaba en libertad siguiéndolas con los ojos. Resulta evidente que si se hubiera producido alguna comunicación verbal o magnética que contuviera una descripción de los lugares, un método de orientación, etc., habría debido encontrar en mi laboratorio cierto número de estas abejas informadas de aquel modo. He de reconocer que no vi venir más que a una. ¿Siguió las indicaciones recibidas en la colmena, fue un puro azar? El ensayo era insuficiente, pero las circunstancias no me permitieron continuarlo. Liberé a las abejas “iniciadas”, y pronto mi laboratorio de trabajo fue invadido por la multitud zumbante a la cual, siguiendo su método habitual, habían enseñado el camino hacia el tesoro.5

X

Sin sacar ninguna conclusión de este experimento incompleto, hay muchos otros rasgos curiosos que nos obligan a admitir que entre ellas existen intercambios espirituales de mayor alcance que un simple «sí» o un «no», o que esas relaciones elementales que se dejan definir con un gesto o un ejemplo. Se podría citar, entre otros, la conmovedora armonía del trabajo en la colmena, la sorprendente división de la faena, los turnos regulares que encontramos en ella. Por ejemplo, he comprobado a menudo que las recolectoras a las que había marcado por la mañana, a no ser que las flores fueran muy abundantes, se ocupaban por la tarde de calentar o airear la nidada; o bien las descubría entre la multitud que forma esas misteriosas cadenas aletargadas en medio de las cuales trabajan las cereras y las escultoras. También he observado que las obreras a las que veía recoger el polen durante uno o dos días dejaban de traerlo al día siguiente y salían en busca exclusivamente de néctar, y a la inversa.

Se podría citar también, desde el punto de vista de la división del trabajo, aquello que el célebre apicultor francés Georges de Layens llama la repartición de las abejas sobre las plantas melíferas. Cada día, desde la primera hora de sol, desde el regreso de las exploradoras de la aurora, la colmena que se despierta se entera de las buenas noticias de la tierra:

Hoy florecen los tilos que bordean el canal. El trébol blanco hace clarear la hierba de las carreteras. El meliloto y la savia de los prados van a abrirse; los lirios y las resedas están derramando el polen. Rápido, hay que organizarse, tomar medidas, repartir el trabajo. Cinco mil de las más robustas se dirigirán a los tilos, tres mil de las más jóvenes animarán el trébol blanco. Estas aspiraban ayer el néctar de las corolas; hoy, para que descasen su lengua y las glándulas de su buche, irán a recoger el polen rojo de la reseda; aquellas el polen amarillo de los lirios grandes, porque jamás veréis una abeja recolectar o mezclar pólenes de diferente color o especie; y la clasificación metódica en los graneros de la hermosa harina perfumada según los matices y el origen es una de las grandes preocupaciones de la colmena. De esta manera son distribuidas las órdenes por el genio escondido. Las trabajadoras salen al momento en largas filas y cada una de ellas vuela directo a su tarea.

Parece —dice Layens— que las abejas están perfectamente informadas sobre la localización, el valor melífero relativo y la distancia de todas las plantas que se encuentran en cierto radio alrededor de la colmena.

Si anotamos con cuidado las diversas direcciones que toman las recolectoras y vamos a observar en detalle la recolección de las abejas sobre las diferentes plantas del contorno, constatamos que las obreras se distribuyen sobre las flores proporcionalmente a la vez al número plantas de una misma especie y a su riqueza melífera. La cosa va aún más allá: hacen cada día una estimación del valor del mejor líquido azucarado que está a su alcance recolectar.

Por ejemplo, si en la primavera, después de la floración de los sauces, cuando no ha florecido todavía nada en los campos, las abejas apenas tienen otro recurso que las primeras flores de los bosques, se las puede ver visitando activamente las anémonas, las pulmonarias, las aliagas y las violetas. Unos días más tarde, si acontece que unos campos de col o de colza acaban de florecer en gran cantidad, se verá a las abejas abandonar casi completamente la inspección de las plantas de los bosques, todavía en plena floración, para consagrarse a inspeccionar las flores de la col o de la colza.

De este modo, todos los días organizan su reparto entre las plantas de manera que se recolecte el mejor líquido azucarado en el menor tiempo posible.

Se puede decir, por tanto, que la colonia de abejas, tanto en sus labores de recolecta como en el interior de la colmena, es capaz de establecer una distribución racional del número de obreras, aplicando al mismo tiempo el principio de la división del trabajo.

XI

Pero, se dirá, ¿qué nos importa que las abejas sean más o menos inteligentes? ¿Por qué sopesar de este modo, con tanto cuidado, una pequeña y casi invisible traza de materia como si se tratara de un fluido del que depende el destino del hombre? Sin exagerar lo más mínimo, creo que tenemos un interés más que apreciable en este asunto. Al encontrar fuera de nosotros un rastro real de inteligencia, experimentamos un poco la emoción de un Robinson que descubre la huella de un pie humano en la playa de su isla. Parece que estemos menos solos de lo que creíamos estarlo. Cuando intentamos comprender la inteligencia de las abejas, lo que en definitiva estamos estudiando en ellas es lo más preciado de nuestra esencia, un átomo de esa materia extraordinaria que, allá donde se adhiere, tiene la magnífica propiedad de transfigurar las necesidades ciegas, de organizar, embellecer y multiplicar la vida, de mantener en suspenso, de una manera sumamente llamativa, la fuerza obstinada de la muerte y la gran marea desconsiderada que arrastra casi todo lo que existe hacia una inconsciencia eterna.

Si fuéramos los únicos en poseer y mantener una porción de materia en ese estado particular de floración o incandescencia que llamamos inteligencia, tendríamos algún derecho de creernos privilegiados, de imaginarnos que la naturaleza alcanza en nosotros una suerte de fin; pero he aquí toda una categoría de criaturas, los himenópteros, en los que alcanza un fin más o menos idéntico. Esto no decide nada, si se quiere, pero el hecho ocupa un lugar honorable entre la multitud de pequeños hechos que contribuyen a esclarecer nuestra situación en esta tierra. Tenemos aquí, desde cierto punto de vista, una contraprueba de la parte más indescifrable de nuestro ser; se da aquí una superposición de destinos que podemos observar desde un lugar más elevado que ninguno de los que dispondremos para contemplar la fortuna de los hombres. Vemos aquí, en versión reducida, unas líneas grandes y simples que jamás hemos tenido ocasión de desentrañar ni de seguir hasta el final en nuestra desmesurada esfera. Tenemos aquí el espíritu y la materia, la especie y el individuo, la evolución y la permanencia, el pasado y el futuro, la vida y la muerte, concentrados en un reducto que podemos levantar con la mano y que abarcamos de un solo vistazo; y nos podemos preguntar si la potencia de los cuerpos y el lugar que ocupan en el tiempo y el espacio modifican tanto como creemos el plan secreto de la naturaleza, el cual nos afanamos en comprender tanto en la pequeña historia de la colmena, secular en unos pocos días, como en la gran historia de los hombres, en la que sólo tres generaciones sobrepasan un largo siglo.

XII

En el humo de las velas flota un prado lleno de verdor, flores, sol y abejas

Retomemos, pues, la historia de nuestra colmena donde la habíamos dejado, para levantar en la medida de lo posible uno de los pliegues de la cortina de guirnaldas en medio de la cual el enjambre comienza a experimentar ese extraño sudor casi tan blanco como la nieve y más ligero que el plumón de un ala. Porque la cera naciente no se parece a aquella que todos conocemos: es inmaculada, imponderable, parece realmente el alma de la miel —que es a su vez el espíritu de las flores— invocada por medio de un encantamiento inmóvil, para convertirse más tarde entre nuestras manos —en recuerdo, sin duda, de su origen, donde hay tanto azur, tantos perfumes, tanto espacio cristalizado, tantos rayos sublimados, tanta pureza y tanta magnificencia—, en la luz olorosa de nuestros últimos altares.

XIII

Resulta muy difícil seguir las diversas fases de la secreción y del empleo de la cera dentro de un enjambre que empieza a edificar. Todo sucede en lo profundo de la multitud, cuya aglomeración, más densa cada vez, tiene que producir la temperatura adecuada para esa exudación que es el privilegio de las abejas más jóvenes. Huber, que las estudió el primero con una paciencia increíble y al precio de peligros a veces serios, consagra a estos fenómenos más de doscientas cincuenta páginas interesantes, pero forzosamente confusas. En mi caso, que no elaboro una obra técnica, me limitaré a relatar lo que puede ver todo aquel que recoge un enjambre en el interior de una colmena acristalada —ayudándome, cuando lo necesite, con aquello que él ha observado tan bien.

Confesemos de entrada que no se sabe todavía por medio de qué alquimia la miel se transforma en cera dentro del cuerpo lleno de enigmas de nuestras moscas suspendidas. Tan solo está comprobado que después de un lapso de entre dieciocho y veinticuatro horas de espera, en medio de una temperatura tan elevada que se creería que hay una llama ardiendo en el hueco de la colmena, aparecen unas escamas blancas y transparentes en la abertura de cuatro pequeñas bolsas situadas a cada uno de los costados del abdomen de la abeja.

Panal dentro de una pared

Apis mellifera
by annieliveoakCC BY-NC 4.0

Cuando la mayor parte de aquellas que forman el cono invertido tienen el vientre guarnecido de este modo con láminas de marfil, observamos que de repente una de ellas, como asaltada por una inspiración súbita, se desprende de la multitud y trepa rápidamente por la multitud pasiva hasta la cúspide interior de la cúpula, a la que se engancha firmemente apartando incluso con golpes de cabeza a las vecinas que obstaculizan sus movimientos. Entonces agarra con las patas y la boca una de las ocho placas de su vientre, la roe, la cepilla, la moldea, la amasa en su saliva, la pliega y la endereza, la aplasta y vuelve a darle forma con la habilidad de un ebanista que trabajase un tablero maleable. Por fin, cuando le parece que la sustancia manipulada de este modo tiene las dimensiones y la consistencia deseadas, la aplica sobre la cima del domo, poniendo así la primera piedra, o más bien la clave de bóveda, de la nueva ciudad, porque de lo que se trata aquí es de una ciudad del revés, que desciende del cielo y no se eleva desde la tierra igual que una ciudad humana.

Una vez hecho esto, a esa clave de bóveda suspendida en el vacío ajusta otros fragmentos de cera que toma uno tras otro de sus córneos anillos; le da al conjunto un último lengüetazo, un último golpe de antenas; después se retira y se pierde entre la multitud igual de bruscamente que ha llegado. Otra la reemplaza inmediatamente, retoma la tarea en el punto donde la había dejado la primera, le añade su propio trabajo, endereza aquello que no parece conforme al plan ideal de la tribu, y desaparece a su vez al tiempo que una tercera, una cuarta y una quinta la suceden en una serie de apariciones inspiradas y súbitas, ninguna acabando la obra, aportando todas su parte a la unánime labor.

XIV

Un pequeño bloque de cera todavía informe pende entonces de lo más alto de la bóveda. Cuando parece que tiene el tamaño suficiente, vemos que del grupo surge otra abeja cuyo aspecto difiere sensiblemente del de las fundadoras que la han precedido. Se podría pensar, al ver la seguridad de su determinación y la expectación de las que la rodean, que se trata de una suerte de ingeniero iluminado que decide de una vez en el vacío el lugar que debe ocupar la primera celda, lugar del que dependerá matemáticamente el de todas las demás. Sea como fuere, esta abeja pertenece a la clase de las obreras escultoras o tallistas, que no producen cera y se contentan con trabajar los materiales que se les proporcionan. Ella elije, pues, la ubicación de la primera celda, excava un momento en el bloque llevando la cera que arranca del fondo hacia los bordes, los cuales se elevan alrededor de la cavidad. Luego, igual que habían hecho las fundadoras, abandona de repente su esbozo, una obrera impaciente la reemplaza y retoma su labor, que una tercera acabará mientras que otras, siguiendo el mismo método de trabajo interrumpido y continuado, atacan el resto de la superficie y el costado opuesto de la pared de cera. Se diría que una ley esencial de la colmena divide aquí el orgullo por la tarea, y que cualquier obra debe ser común y anónima para que sea más fraterna.

XV

Pronto se adivina el panal naciente. Tiene aún forma de lenteja, porque los pequeños tubos prismáticos que lo componen, prolongados de manera desigual, se acortan reduciéndose regularmente desde el centro a los extremos. En este momento tiene más o menos la apariencia y el espesor de una lengua humana con sus dos caras formadas por celdas hexagonales yuxtapuestas y adosadas.

Abejas amontonadas sobre un panel desnudo que cuelga de una rama

Apis mellifera
by Narendra BhagwatCC BY-NC 4.0

Desde que las primeras celdas han sido construidas, las fundadoras fijan en la bóveda un segundo, y después, a su ritmo, un tercer y un cuarto bloque de cera. Estos bloques se escalonarán a intervalos regulares y calculados de tal manera que cuando los panales hayan adquirido toda su fuerza, cosa que no sucede sino mucho más tarde, las abejas tendrán siempre el espacio necesario para circular entre las paredes paralelas.

Su plan, por tanto, tiene que haber previsto el espesor definitivo de cada uno de los panales, que es de veintidós o veintitrés milímetros, y al mismo tiempo la anchura de las calles que los separan, que han que tener alrededor de once milímetros de ancho, es decir, el doble de la altura de una abeja, puesto que, entre los panales, tendrán que pasar espalda con espalda.

En este asunto no son infalibles, y su determinación deja así de parecer maquinal. En circunstancias difíciles, a veces cometen grandes errores. A menudo hay demasiado espacio entre los panales, o demasiado poco. Entonces lo remedian lo mejor que pueden, ya sea haciendo oblicuo un panal demasiado próximo, ya sea intercalando en un vacío demasiado amplio un panal irregular. Les pasa a veces que se equivocan —dice Réaumur a este propósito—, y es otro de los hechos que parecen demostrar que juzgan.

XVI

Es sabido que las abejas construyen cuatro tipos de celda. En primer lugar las celdas reales, que son excepcionales y se parecen a una bellota de roble; a continuación las grandes celdas reservadas a la crianza de los machos y al almacenaje de las provisiones cuando las flores sobreabundan; después las pequeñas celdas que sirven de cuna a las obreras y de almacén ordinario, las cuales ocupan por lo común aproximadamente ocho décimas partes de la superficie construida de la colmena. Por fin, para conectar sin desorden las grandes y las pequeñas, edifican cierto número de celdas de transición. Poniendo a un lado la inevitable irregularidad de estas últimas, las dimensiones del segundo y el tercer tipo están tan bien calculadas, que en el momento en que se estableció el sistema decimal, cuando se buscó en la naturaleza una medida fija que pudiese servir de punto de partida y de patrón indiscutible, Réaumur propuso el alvéolo de la abeja.6

Cada uno de estos alvéolos es un tubo hexagonal posado sobre una base piramidal, y cada panel está formado por dos capas de estos tubos opuestos por la base, de tal manera que cada uno de los tres rombos que conforman la base piramidal de una celda del anverso, forman al mismo tiempo la base, igualmente piramidal, de otras tres celdas del reverso.

Colmena de varios panales horizontales sobre una pared de roca

Apis mellifera
by wingspannerCC BY-NC 4.0

Es en el interior de estos tubos prismáticos que se almacena la miel. Para evitar que esta miel se escape durante el tiempo de su maduración, cosa que sucedería inevitablemente si estuviesen estrictamente horizontales como parece que lo están, las abejas las inclinan ligeramente en un ángulo de cuatro o cinco grados.

Además del ahorro de cera —cuenta Réamur considerando el conjunto de esta maravillosa construcción—, además del ahorro de cera que resulta de la disposición de las celdas, además de que por medio de esta distribución rellenan el panal sin que quede ningún hueco, también se tienen ventajas en lo que respecta a la solidez de la obra. El ángulo del fondo de cada una de las celdas, la cúspide de la cavidad piramidal, queda apuntalada por la arista que forman juntos dos caras del hexágono de otra celda. Los dos triángulos, o prolongaciones de los lados hexagonales que llenan uno de los ángulos reentrantes de la cavidad encerrada por los tres rombos, forman en conjunto un ángulo plano por el lado donde se tocan; cada uno de estos ángulos, que es cóncavo en el interior de la celda, sostiene por su lado convexo una de las láminas utilizadas para formar el hexágono de otra celda; y esta lámina, que se apoya en dicho ángulo, resiste la fuerza que tendería a empujarlas hacia fuera; de este modo los ángulos se ven reforzados. Todas las ventajas que se pueden pedir en cuanto a la solidez de cada celda le son proporcionadas por su propia forma y por la manera en que están dispuestas unas con respecto a otras.

XVII

Los geómetras saben —dice el Dr. Reid— que no hay más que tres tipos de figuras que se puedan adoptar para dividir sin intersticios una superficie en pequeños espacios semejantes de forma regular y del mismo tamaño.

Estos son el triángulo equilátero, el cuadrado y el hexágono regular, el cual, en lo que concierne a la construcción de celdas, supera a las otras dos figuras tanto desde el punto de vista de la comodidad como de la resistencia. Y es precisamente la forma hexagonal la que adoptan las abejas, como si conociesen sus ventajas.

De igual modo, el fondo de las celdas se compone de tres planos que se encuentran en un punto, y se ha demostrado que este sistema de construcción permite realizar un ahorro considerable en términos de trabajo y de materiales. Quedaba la cuestión de saber a qué ángulo de inclinación de los planos corresponde mayor ahorro, problema de matemáticas elevadas que ha sido resuelto por algunos expertos, entre otros Maclaurin, cuya solución se puede encontrar en el informe presentado por la Sociedad real de Londres.7 Ahora bien, el ángulo determinado de esta manera por el cálculo se corresponde con el que se mide en el fondo de las celdas.

XVIII

Desde luego, no creo que las abejas se dediquen a realizar estos complejos cálculos, pero tampoco creo que el azar o la sola fuerza de las cosas produzca estos resultados sorprendentes. Las avispas, por ejemplo, que construyen panales con celdas hexagonales como las abejas, tienen el mismo problema y lo han resuelto de una manera bastante menos ingeniosa. Sus panales no tienen más que una capa de celdas, no cuentan con el fondo común del panal de la abeja, que sirve a la vez en dos capas opuestas. De ahí una menor solidez, más irregularidad y una pérdida de tiempo, de materiales y de espacio que se puede estimar en un cuarto del esfuerzo y en un tercio del espacio necesarios. De forma parecida, las abejas de los géneros Trigona y Melipona, que son verdaderas abejas domésticas, pero de una civilización menos avanzada, no construyen sus celdas de cría más que en un solo plano, y apoyan sus panales horizontales y superpuestos sobre columnas de cera dispendiosas e informes. En cuanto a sus celdas de provisiones, son unos grandes odres agrupados sin orden, y allí donde podrían intersectarse, y realizar por consiguiente el ahorro de material y de espacio que practican nuestras abejas, las abejas Melipona, sin percatarse de este posible ahorro, insertan torpemente entre las esferas unas celdas de paredes planas. Así, cuando se compara uno de sus nidos con la ciudad matemática de nuestras moscas de miel, creeríamos estar viendo una aldea de cabañas primitivas al lado de una de esas ciudades implacablemente regulares —quizá sin encantos, pero lógica— que son el resultado del genio del hombre, que lucha más encarnizadamente que antes contra el tiempo, el espacio y la materia.

Colmena de Melipona quadrifasciata

Colmena de Melipona quadrifasciata
by GabrielaBalen12 – CC BY-SA 4.0

XIX

La teoría en curso, renovada por cierto por Buffon, sostiene que las abejas no tienen de ningún modo la intención de elaborar hexágonos de base piramidal, que simplemente pretenden excavar en la cera unos alvéolos redondos; pero acontece que, al excavar sus vecinas y las que trabajan del otro lado del panal al mismo tiempo y con el mismo propósito, los puntos donde los alvéolos se encuentran adquieren forzosamente una forma hexagonal. Esto, se añade, es lo que sucede con los cristales, con las escamas de ciertos peces, con las pompas de jabón, etc.; es también lo que ocurre en el siguiente experimento propuesto por Buffon. Nos dice este:

Que se llene un recipiente con guisantes o con cualquier otro grano cilíndrico, y que se cierre inmediatamente después de haber vertido todo el agua que los intervalos entre los granos son capaces de recibir; que se hierva este agua: todos estos cilindros se convertirán en columnas de seis caras. Se aprecia en esto que la razón es puramente mecánica: cada uno de los granos de forma cilíndrica, a causa de su hinchamiento, tiende a ocupar la mayor cantidad de espacio posible en un espacio dado; por tanto, se convierten necesariamente en hexágonos debido la compresión recíproca. Cada abeja pretende igualmente ocupar el mayor espacio posible en un espacio dado; así pues, ya que el cuerpo de las abejas es cilíndrico, también es necesario que sus celdas, obedeciendo a la misma razón del recíproco obstaculizarse, sean hexágonos.

XX

He aquí unos obstáculos recíprocos que producen una maravilla, igual que los vicios de los hombres, por la misma razón, producen una virtud general que es suficiente para que la especie humana, habitualmente odiosa en sus individuos, no lo sea en su conjunto. Se podría objetar de entrada, tal como han hecho Broughman, Kirby y Spence, y otros expertos, que el experimento de las burbujas de jabón y de los guisantes no prueba nada, puesto que, tanto en un caso como en otro, el efecto de la presión no resulta sino en unas formas muy irregulares, y no explica la razón de ser de la forma de prisma del fondo de las celdas.

Abejas posadas cabeza abajo en un panal

Apis mellifera
by Kyle EatonCC BY-NC 4.0

Se podría sobre todo responder que hay más de una manera de sacar partido de las necesidades ciegas, que la avispa cartonera, el peludo abejorro, las abejas Melipona y Trigona de México y de Brasil, a pesar de que las circunstancias y la finalidad sean semejantes, llegan a soluciones muy diferentes y manifiestamente inferiores. Se podría decir también que, si bien las celdas de la abeja obedecen a la ley de los cristales, de la nieve, de las pompas de jabón o de los guisantes hervidos de Buffon, obedecen al mismo tiempo, por su simetría general, por su distribución en dos capas opuestas, por su calculada inclinación, etc., a bastantes otras leyes que no se encuentran en la materia.

Se podría añadir que todo el genio del hombre consiste también en la manera en que saca partido de necesidades análogas, y que si esta manera nos parece la mejor posible, es porque no hay juez por encima de nosotros. Pero es bueno que los razonamientos se hagan a un lado ante los hechos, y para descartar una objeción extraída de un experimento no hay nada mejor que otro experimento.

Con el fin de asegurarme de que la arquitectura hexagonal estaba realmente inscrita en la mente de la abeja, un día recorté y extraje del centro de un panal, de un lugar en el que había a la vez huevos y celdas llenas de miel, un disco del tamaño de una pieza de cien sous. Cortando a continuación el disco por el medio de la rodaja, o del espesor de su circunferencia, por el punto en que se unían las bases piramidales de las celdas, apliqué sobre la base de una de las dos secciones así obtenidas un redondel de estaño de las mismas dimensiones y lo bastante resistente para que las abejas no pudieran deformarlo ni doblarlo. Después devolví la sección provista del redondel al lugar de donde lo había tomado. Una de las caras del panal no mostraba nada anormal, puesto que el daño había sido reparado de aquel modo, pero sobre la otra cara se veía una especie de gran agujero cuyo fondo estaba formado por el redondel de estaño y que abarcaba el espacio de una treintena de celdas. Las abejas se desconcertaron en un principio, acudieron en masa a examinar y estudiar el inverosímil abismo y, durante varios días, se agitaron alrededor y deliberaron sin tomar ninguna decisión. Pero como yo las alimentaba abundantemente cada tarde, llegó un momento en que no les quedó ya celdas disponibles para almacenar sus provisiones. Es probable que entonces las grandes ingenieras, las escultoras y las cereras de élite recibieran la orden de sacar partido de la sima inútil.

Abejas y larvas en un panal

Apis mellifera con larvas
by Taylor PfaffCC BY-NC 4.0

Una densa guirnalda de cereras la envolvió para mantener el calor necesario; otras abejas descendieron al interior del agujero y comenzaron por fijar sólidamente el redondel de metal con la ayuda de pequeñas garras de cera regularmente escalonadas sobre su contorno y que se enganchaban a las aristas de las celdas de alrededor. Entonces, uniéndolas a estas garras, emprendieron la construcción de tres o cuatro celdas en el semicírculo superior del redondel. Cada una de estas celdas de transición o de reparación tenía su parte superior más o menos deformada para soldarse al alvéolo contiguo del panal, pero su mitad inferior siempre dibujaba sobre el estaño tres ángulos muy definidos de los que salían ya tres pequeñas líneas rectas que bosquejaban regularmente la primera mitad de la siguiente celda.

Al cabo de cuarenta y ocho horas, y a pesar de que en la abertura podían trabajar a lo sumo tres o cuatro abejas al mismo tiempo, toda la superficie del estaño estaba cubierta de alvéolos esbozados. Estos alvéolos eran ciertamente menos regulares que los de un panal ordinario; razón por la cual la reina, tras recorrerlos, rehusó sabiamente poner un huevo en ellos, pues de allí no saldría sino una generación atrofiada. Pero todos eran perfectamente hexagonales; no se encontraba en ellos una sola línea curva, ni una forma, ni un ángulo redondeado. Sin embargo, todas las condiciones habituales estaban cambiadas, las celdas no habían sido excavadas en un bloque, según la observación de Huber, o en un tapón de cera, según la de Darwin, primero circulares y a continuación hexagonizadas por la presión de sus vecinas. No podía ser una cuestión de obstáculos recíprocos, puesto que nacían una a una y proyectaban libremente sobre una especia de tabla rasa las pequeñas líneas de inicio. Parece por tanto bastante cierto que el hexágono no es el resultado de necesidades mecánicas, sino que se encuentra verdaderamente en el proyecto, la experiencia, la inteligencia y la voluntad de la abeja. Otro rasgo de su sagacidad en aquella situación que subrayo es que los cuencos que edificaron sobre el redondel no tenían otro fondo que el mismo metal. Los ingenieros de la cuadrilla presumían evidentemente que el estaño bastaría para retener los líquidos y habían juzgado inútil recubrirlo de cera. Pero poco después, tras haber depositado algunas gotas de miel en dos de estos cuencos, observaron probablemente que esta se alteraba más o menos al contacto del metal. Entonces cambiaron de opinión, y cubrieron con una especie de barniz diáfano toda la superficie del estaño.

XXI

Si quisiéramos desvelar todos los secretos de esta arquitectura geométrica, aún nos quedaría por examinar más de una cuestión interesante, por ejemplo, la forma de las primeras celdas que se adhieren al techo de la colmena, que se modifica de manera que toque dicho techo por el mayor número de puntos posible.

Colmena con panales ondulantes dentro de una pared de roca

Colmena de Apis mellifera
by Graham WinterfloodCC BY-SA 4.0

Cabría destacar también, no tanto la orientación de las principales calles, determinada por el paralelismo de los panales, como la disposición de las callejuelas y pasajes repartidos aquí y allá a través o alrededor de los panales para asegurar el tráfico y la circulación del aire, que están hábilmente distribuidos de manera a evitar rodeos demasiado largos o un posible atasco. Habría que estudiar, por último, la construcción de las celdas de transición, el instinto unánime que en un momento dado empuja a las abejas a aumentar las dimensiones de sus residencias, ya sea por que la extraordinaria cosecha exija vasijas más grandes, porque juzguen que la población es bastante fuerte, o porque se ha vuelto necesario que nazcan machos. Cabría admirar al mismo tiempo el ingenioso ahorro y la armoniosa seguridad con la que pasan en estos casos de lo pequeño a lo grande o de lo grande a lo pequeño, de la simetría perfecta a una asimetría inevitable, para regresar a la regularidad ideal, desde que lo permiten las leyes de una geometría animada, sin que se pierda ni una sola celda, sin que se halle en la sucesión de sus edificios ningún sector sacrificado, pueril, vacilante y burdo, o alguna zona inutilizable. Pero me temo que ya me he entretenido en demasiados detalles carentes de interés para un lector que quizá no ha seguido jamás con la mirada el vuelo de una abeja o que no se ha interesado en ella más que de paso, igual que nos interesamos al paso en una una flor, un pájaro o una piedra preciosa: sin pedir otra cosa que una certeza superficial y distraída, y sin decirnos lo suficiente que el más mínimo secreto de un objeto que vemos en la naturaleza que no es humana participa tal vez más directamente del profundo enigma de nuestros fines y nuestros orígenes que el secreto de nuestras pasiones más apasionantes y más complacientemente estudiadas.

XXII

Para no sobrecargar este estudio, pasaré por alto el sorprendente instinto que las lleva a veces a adelgazar y demoler el extremo de sus panales cuando quieren prolongarlos o ampliarlos; y, no obstante, se concederá que demoler para reconstruir, deshacer los que se ha hecho para rehacerlo con una forma más regular, supone un desdoblamiento singular del ciego instinto de edificar. Paso de largo también ante los notables experimentos que se pueden realizar para forzarlas a construir panales circulares, ovalados, tubulares o con contornos bizarros, así como ante la ingeniosa manera en que consiguen hacer que las celdas ensanchadas de las partes convexas del panal se ajusten a las celdas estrechadas de las partes cóncavas.

Pero antes de abandonar este asunto, detengámonos, aunque solo sea un minuto, a considerar la misteriosa manera en que conciertan sus trabajo y toman sus medidas cuando esculpen a un tiempo, y sin verse, las dos caras opuestas de un panal. Contemplad al trasluz uno de estos panales, y percibiréis, dibujadas por unas sombras agudas en la cera diáfana, toda una red de prismas con las aristas tan definidas, todo un sistema de concordancias tan infalibles, que uno pensaría que están estampadas en acero.

Colmenas de paja sobre tocóon de arbol

No sé si aquellos que nunca han visto el interior de una colmena se representan suficientemente la disposición y el aspecto de los panales. Por tomar la colmena de nuestros campesinos, donde se deja a la abeja a su aire, que se figuren una campana de paja o de mimbre; esta campana está dividida de arriba a abajo por cinco, seis, ocho y, a veces, diez lonchas de cera perfectamente paralelas y bastante parecidas a unas grandes lonchas de pan que descienden de la cima de la campana y se acoplan estrictamente a la forma ovoide de sus paredes. Entre cada una de estas lonchas se ha dispuesto un intervalo de aproximadamente once milímetros en el cual se mantienen y circulan las abejas. En el momento en que comienza la construcción de una de estas lonchas en lo alto de la colmena, el muro de cera que va a ser su esbozo, que más tarde será adelgazado y estirado, es todavía muy espeso y aísla completamente a las cincuenta o sesenta abejas que trabajan sobre la capa delantera de las cincuenta o sesenta que tallan al mismo tiempo su cara posterior, de tal suerte que es imposible que se vean unas a otras —a no ser que sus ojos tengan el don de penetrar los cuerpos más opacos. No obstante, una abeja de la cara anterior no excava un agujero ni añade un fragmento de cera que no corresponda exactamente a un saliente o a una cavidad de la cara posterior, y a la inversa. ¿Cómo se las arreglan? ¿Cómo es que no sucede que una excave demasiado y la otra no lo bastante?

¿Cómo es que todos los ángulos de los rombos coinciden siempre de forma tan mágica? ¿Qué es lo que les dice que deben comenzar aquí y detenerse allí? Hay que contentarse una vez más con la respuesta que no responde: “Es uno de los misterios de la colmena”. Huber ha intentado explicar este misterio diciendo que a ciertos intervalos, por la presión de sus patas o sus dientes, provocaban quizá un ligero saliente en la cara opuesta del panal; o que se daban cuenta del mayor o menor espesor del bloque por la flexibilidad, la elasticidad o cualquier otra propiedad física de la cera; o también que sus antenas parecen prestarse a la inspección de las partes más sutiles y enrevesadas y les sirven de compás en lo invisible; o, en fin, que la conexión de todas las celdas se deriva matemáticamente de la disposición y de las dimensiones de las celdas de la primera fila sin que haya necesidad de otras medidas. Pero se puede apreciar que estas explicaciones no son suficientes: las primeras son hipótesis indemostrables; las otras simplemente trasladan el misterio. Y aunque es bueno desplazar los misterios tan a menudo como sea posible, no hay que jactarse de que un simple cambio de lugar baste para destruirlos.

XXIII

Abandonemos por fin las mesetas monótonas y el desierto geométrico de las celdas. He aquí pues que los panales han sido comenzados y que se vuelven habitables. Aunque lo infinitamente pequeño se añade sin solución de continuidad a lo infinitamente pequeño y nuestro ojo, que ve tan poco, mira sin ver nada, la obra de cera, que no se detiene ni de día ni de noche, se extiende con extraordinaria rapidez. La impaciente reina ha recorrido ya más de una vez las factorías que blanquean la oscuridad y, ahora que las primeras líneas de alcobas están acabadas, toma posesión de ellas con su cortejo de guardianas, de consejeras o de siervas —pues no seríamos capaces de decidir si es conducida o seguida, venerada o vigilada. Una vez ha llegado al lugar que considera adecuado —o que sus consejeras le imponen—, arquea la espalda, se encorva e introduce el extremo de su largo abdomen fusiforme en una de las vasijas vírgenes, mientras todas las pequeñas y atentas cabezas, las pequeñas cabezas de enormes ojos negros de las guardias de su escolta, la rodean en un círculo entusiasta, le sujetan las patas, le acarician las alas y agitan sobre ella sus antenas febriles, como para animarla, presionarla y felicitarla.

Abejas obreras rodeando a su reina

El séquito de la reina

Se detecta fácilmente el lugar en el que se encuentra la reina por esta especie de escarapela estrellada, o más bien de broche ovalado en el que ella constituye el topacio central y que se parece a los imponentes broches que llevaban nuestras abuelas. Es notable, por cierto, ya que se nos ofrece la ocasión de señalarlo, que las obreras evitan siempre darle la espalda a la reina. En cuanto esta se acerca a un grupo, todas se colocan de manera a presentarle invariablemente los ojos y las antenas, y caminan ante ella marcha atrás. Es un signo de respeto, o más bien una muestra de solicitud que, por muy inverosímil que parezca, no es menos constante y completamente generalizado. Pero regresemos a nuestra soberana. Frecuentemente, durante el ligero espasmo que acompaña visiblemente a la emisión del huevo, una de sus hijas la sujeta entre sus brazos y, frente con frente, boca con boca, parece hablarle en voz baja. Ella, bastante indiferente a estos testimonios un tanto desmesurados, se toma su tiempo y apenas se conmueve, entregada por completo a su misión, que parece ser para ella una voluptuosidad amorosa antes que un trabajo. Por fin, al cabo de algunos segundos, se yergue con calma, se desplaza un paso, realiza un cuarto de vuelta sobre ella misma y, antes de introducir la punta de su vientre, mete la cabeza en la celda vecina a fin de asegurarse que todo está allí en orden y que no pone dos veces en el mismo alvéolo, mientras que dos o tres abejas de la apresurada escolta se inclinan sucesivamente en la celda abandonada para ver si se ha llevado a cabo la faena y envolver con sus cuidados o colocar adecuadamente el pequeño huevo azulado que la reina acaba de depositar. A partir de ese momento, y hasta los primeros fríos del otoño, ya no se detiene, poniendo mientras la alimentan y durmiendo —si es que duerme— mientras pone. Ella representa desde entonces la voraz fuerza del porvenir que invade todos los rincones del reino. Sigue paso a paso a las infortunadas obreras que se agotan construyendo las cunas que su fecundidad reclama. Asistimos de este modo a la concurrencia de dos instintos poderosos cuyas peripecias arrojan una luz capaz de mostrar, sino de resolver, varios de los enigmas de la colmena.

Sucede, por ejemplo, que las obreras ganan cierta ventaja. Obedeciendo a sus inquietudes de buenas administradoras que piensan en las provisiones para los días malos, se apresuran a llenar de miel las celdas conquistadas a la avidez de la especie. Pero la reina se acerca; es necesario que los bienes materiales reculen ante la idea de la naturaleza, y las frenéticas obreras trasladan a la carrera el inoportuno tesoro.

Sucede también que su ventaja sea de un panal entero: entonces, al no tener ya a la vista a aquella que representa la tiranía de los días que nadie verá, aprovechan para construir lo más velozmente posible una zona de celdas grandes, de celdas para machos, cuya construcción es mucho más fácil y más rápida. Cuando llega a esta zona ingrata, la reina deposita allí a regañadientes algunos huevos, la franquea y acude a los bordes a exigir nuevas celdas de obreras. Las trabajadoras obedecen, estrechan gradualmente los alvéolos, y la persecución se reanuda hasta que la insaciable madre, azote fecundo y adorado, sea llevada desde los extremos de la colmena a las celdas del comienzo, abandonadas entre tanto por la primera generación que acaba de eclosionar y que pronto, desde el rincón de sombra donde ha nacido, va a esparcirse sobre las flores de los alrededores, a poblar los panales de sol y a animar las horas benevolentes para sacrificarse a su vez por la generación que la remplaza ya en las cunas.

XXIV

Y la reina, ¿a quién obedece ella? Al alimento que se le proporciona; porque ella no toma por sí misma su alimento; es alimentada como un infante por las mismas obreras que son atosigadas por su fecundidad. Y a su vez, este alimento que las obreras le racionan está en proporción con la abundancia de flores y con el botín que recogen las visitantes de los cálices. —Aquí, pues, como en todas las partes de este mundo, una porción del círculo está inmerso en tinieblas; aquí, pues, como en todas partes, es del exterior, de un poder desconocido, que procede la orden suprema, y las abejas, igual que nosotros, se someten al dueño anónimo de la rueda que gira sobre sí misma aplastando las voluntades que hacen que se mueva.

Alguien al que mostré recientemente en una de mis colmenas de vidrio el movimiento de esta rueda tan visible como la rueda grande un reloj, alguien que contemplaba al desnudo la inconmensurable agitación de los panales, el zarandeo perpetuo, enigmático y loco de las nodrizas en la cámara de la nidada, las pasarelas y las escalas animadas que forman las cereras, las espirales invasoras de la reina, la actividad diversa e incesante de la multitud, el esfuerzo despiadado e inútil, las idas y venidas sobrecargadas de ahínco, el sueño ignorado salvo en las cunas ya acechadas por el trabajo de mañana, el reposo de la muerte alejado de una residencia en la que no se admiten ni enfermos ni tumbas… —alguien que contemplaba estas cosas, una vez pasado el asombro, no tardaba en desviar una mirada en la que se leía no se qué clase de triste consternación.

En efecto, hay en la colmena, bajo la alegría del primer contacto, bajo los recuerdos deslumbrantes de los días hermosos que la llenan y hacen de ella el cofre de las joyas del verano, bajo el vaivén embriagado que la vincula con las flores, con las aguas vivas, con el azur, con la abundancia tan plácida de todo aquello que representa a la belleza y la prosperidad, hay, en efecto, bajo todas estas delicias exteriores, un espectáculo que es uno de los más tristes que se pueda contemplar. Y nosotros, otros ciegos que no abrimos sino unos ojos oscurecidos, cuando contemplamos a estas inocentes condenadas, sabemos bien que no es solamente por ellas que estamos cerca de sentir lástima, que no son solamente ellas a las que no comprendemos, sino a una forma lamentable de la gran fuerza que nos anima y también nos devora.

Sí, si se quiere, esto es triste, igual de triste que todo en la naturaleza cuando se la contempla de cerca. Así será en tanto no conozcamos su secreto, si es que tiene uno. Y si aprendemos algún día que no tiene ninguno, o que este secreto es horrible, entonces nacerán otros deberes que quizá no tienen nombre todavía. Mientras esperamos, que nuestro corazón repita si lo desea: “eso es triste”, pero que nuestra razón se contente con decir: “eso es así”. Nuestro deber del momento es buscar si no hay nada detrás de estas tristezas, y para esto es necesario no apartar los ojos, sino observarlas fijamente y estudiarlas con tanto interés y coraje como si estas cosas fueran alegrías. —Es justo que antes de lamentarnos, que antes de juzgar a la naturaleza, acabemos de interrogarla.

XXV

Hemos visto que las obreras, desde el momento en que ya no se sienten presionadas de cerca por la amenazante fecundidad de la madre, se apresuran a edificar celdas para provisiones, cuya construcción es más económica y tienen mayor capacidad. Hemos visto, por otra parte, que la madre prefiere poner en las celdas pequeñas y que las reclama sin cesar. No obstante, si faltan estas, y esperando que se le proporcionen, se resigna a depositar sus huevos en el interior de las celdas anchas que encuentra a su paso.

Las abejas que nazcan dentro de estas serán machos o falsos zánganos, aunque los huevos sean semejantes en todo a aquellos de los nacen las obreras. Ahora bien, al contrario de lo que sucede en la transformación de una obrera en reina, no es la forma o la capacidad del alvéolo lo que determina aquí el cambio, pues de un huevo puesto en una celda grande y trasladado a continuación a una celda de obrera saldrá un macho, más o menos atrofiado, pero inequívoco —yo he conseguido operar cuatro o cinco veces esta transferencia, que resulta bastante difícil a causa de la microscópica pequeñez y de la fragilidad extrema del huevo. Es necesario, pues, que en el momento de la puesta la reina tenga la facultad de reconocer o de determinar el sexo del huevo que deposita y de adecuarlo al alvéolo sobre el cual se acuclilla. Es raro que se equivoque. ¿Cómo lo hace? ¿Cómo, entre las miríadas de huevos que contienen sus dos ovarios, separa los machos de las hembras? ¿Y cómo descienden estos a su voluntad en el oviducto único?

Nos hallamos aquí de nuevo en presencia de uno de los enigmas de la colmena, y uno de los más impenetrables. No se ignora que la reina virgen no es estéril, pero no puede poner más que huevos de machos. No es sino tras la fecundación del vuelo nupcial que produce a su elección obreras o falsos zánganos. Después del vuelo nupcial se halla definitivamente en posesión, hasta su muerte, de los espermatozoides arrancados a su desgraciado amante. Estos espermatozoides, cuyo número el doctor Leuckart estima en veinticinco millones, se conservan vivos dentro de una glándula especial situada bajo los ovarios, a la entrada del oviducto común, llamada espermateca. Se supone, por tanto, que la estrechez del orificio de las celdas pequeñas y la manera en que la forma de este orificio obliga a la reina a curvarse y acuclillarse ejerce sobre la espermateca una cierta presión, a consecuencia de la cual los espermatozoides brotan y fecundan el huevo a su paso. Esta presión no tendría lugar en las celdas grandes, y la espermateca no se abriría. Otros, por el contrario, son de la opinión de que la reina controla realmente los músculos que abren o cierran la espermateca hacia la vagina, y de hecho estos músculos son extremadamente numerosos, potentes y complicados.

Sin querer decidir cual de estas dos hipótesis es la mejor —pues cuanto más avanzamos y más observamos, mejor apreciamos que no somos más que náufragos sobre el océano de la naturaleza, muy desconocido hasta la fecha, mejor aprendemos que siempre hay un hecho listo para surgir del seno de una ola súbitamente más transparente que destruye en un instante todo aquello que creíamos saber—, confesaré sin embargo que me inclino por la segunda. Para empezar, los experimentos de un apicultor bordelés, el Sr. Drory, demuestran que si todas las celdas grandes han sido extraídas de la colmena, la madre, llegado el momento de poner algunos huevos de machos, no vacila en depositarlos dentro de las celdas para obreras; e inversamente, pondrá huevos de obreras en las celdas de los machos si no se le han dejado otras a su disposición. Están luego las bellas observaciones del Sr. Fabre sobre las abejas Osmia —que son unas abejas silvestres y solitarias de la familia de las Gastrilégidas8—, las cuales demuestran de forma evidente no solamente que la abeja Osmia conoce por adelantado el sexo del huevo que va a poner, sino que este sexo es facultativo para la madre, la cual lo determina dependiendo del espacio de que dispone, “espacio frecuentemente fortuito y no modificable”, instalando aquí a un macho, allá a una hembra. No entraré en los detalles de los experimentos del gran entomólogo francés. Son extremadamente minuciosos y nos llevarían demasiado lejos.9 Pero sea cual sea la hipótesis aceptada, tanto una como otra explicaría muy bien la propensión de la reina a poner en celdas de obreras sin recurrir a ninguna intuición del porvenir.

Es probable que esta madre esclava a la que tendemos a compadecer, pero que quizá sea enormemente amorosa, una gran voluptuosa, experimente cierto goce, y como un regusto de la embriaguez del único vuelo nupcial de su vida, en la unión entre el principio macho y hembra que se opera en su interior. Aquí de nuevo la naturaleza, que nunca es tan ingeniosa ni tan maliciosamente previsora y diversa como cuando se trata de las trampas del amor, habría tenido cuidado de apuntalar con un placer el interés de la especie. Pero entendámonos y no nos dejemos engañar por nuestra explicación. Atribuir de esta manera una idea a la naturaleza, y creer que con esto basta, es como lanzar una piedra en una de esas simas inexplorables que se encuentran en el fondo de ciertas grutas e imaginarse que el ruido que producirá al caer responderá a todas nuestras preguntas y nos revelará algo distinto a la inmensidad del abismo.

Barrera de abejas plantando cara

Apis mellifera
by Wynand UysCC BY 4.0

Cuando repetimos: “la naturaleza quiere esto, organiza esta maravilla, trabaja para este fin”, esto equivale a decir que una pequeña manifestación de vida consigue mantenerse, en tanto nos ocupamos de ella, sobre la enorme superficie de esa materia que nos parece inactiva y que denominamos, de forma evidentemente errónea, la nada o la muerte. Una concurrencia de circunstancias que no tenía nada de necesaria ha conservado esta manifestación entre mil otras, quizá igual de interesantes, igual de inteligentes, pero que no tuvieron la misma suerte y desaparecieron para siempre sin haber tenido ocasión de maravillarnos. Sería temerario afirmar otra cosa, y el resto de nuestras reflexiones, nuestra obstinada teología, nuestras esperanzas y nuestra admiración, no son en el fondo más que un trozo de lo desconocido que lanzamos contra algo aún menos conocido para provocar un pequeño ruido que nos de una idea de cual es el grado más elevado de la existencia particular que somos capaces alcanzar sobre esta misma superficie muda e impenetrable, así como el canto del ruiseñor y el vuelo del cóndor les revela también a estos el grado más elevado de la existencia propia de su especie. Esto no impide que una de nuestras obligaciones más claras sea la de producir este pequeño ruido cada vez que se presente la ocasión, sin desanimarnos porque probablemente resulte inútil.

La fundación de la ciudad

Notas


 * Suborden o Superfamilia— En los órdenes Blattodea, Hymenoptera y Lepidoptera, para agrupar las familias hemos preferido usar las superfamilias en lugar de los subórdenes.

 1. Ver los capítulos finales del artículo “El enjambre”, para conocer cual es la situación de las abejas al entrar en una nueva colmena.

 2. John Lubbock, primer Barón Avebury (1834 – 1913), fue un banquero inglés, político liberal, filántropo y científico polímata. Su obra abarca una amplia diversidad de campos, prehistoria, economía, evolución y biología los más destacados; y dentro de esta última, plantas e insectos fueron objeto especial de su interés. Por lo que aquí nos ocupa destacaremos principalmente Ants, Bees and Wasps: A Record of Observations on the Habits of the Social Hymenoptera, escrita en el 1882, y On the Senses Instincts and Intelligence of Animals, With Special Reference to Insects, de 1883.

 3. Lorenzo Lorraine Langstroth (1810 – 1895), fue un apicultor, clérigo y maestro estadounidense. Su obra The Hive and the Honey-Bee, publicada en 1853, es uno de los grandes clásicos de la apicultura.

 4. Frank Richard Cheshire (1834 – 1896), fue un apicultor inglés autor de varias obras sobre apicultura. Los hechos aquí mencionados aparecen en el primer volumen de su obra Bees & bee-keeping; scientific and practical. A complete treatise on the anatomy, physiology, floral relations, and profitable management of the hive bee, publicada en 1886.

 5. He reanudado el experimento con los primeros soles de esta ingrata primavera. Me ha proporcionado el mismo resultado negativo. Por otra parte, uno de mis amigos apicultores, observador muy hábil y muy sincero, al que le había transmitido el problema, me escribe que acaba de obtener, utilizando el mismo procedimiento, cuatro comunicaciones indiscutibles. El hecho exige ser verificado y la cuestión no está resuelta. Pero estoy convencido de que mi amigo se ha dejado inducir a error por su deseo, muy natural, de ver cómo el experimento tenía éxito. (N. del A.)

 6. Este patrón, no sin motivos, fue rechazado. El diámetro de los alvéolos es de una regularidad admirable, pero, como todo aquello que es producido por un organismo vivo, no es matemáticamente invariable en el interior de una misma colmena. Además, como ha señalado el Sr. Maurice Girard, el apotema de los alvéolos de diferentes especies de abejas son distintos, de suerte que el patrón sería diferente de una colmena a otra, dependiendo de la especie de abejas que encontremos en ella. (N. del A.)

 7. Réamur le había propuesto al célebre matemático Koenig el siguiente problema: “Entre todas las celdas hexagonales con un fondo piramidal compuesto de tres rombos semejantes e iguales, determinar aquella que puede ser construida con menos materiales”. —Koenig encontró que una celda tal tenía su fondo hecho con tres rombos en los que el ángulo mayor era de 109º 26’ y el ángulo menor de 70º 34’. Ahora bien, otro experto, Maraldi, que había medido todo lo exactamente que era posible los ángulos de los rombos construidos por las abejas, fijó los grandes en 109º 28’ y los pequeños en 70º 34’. Entre las dos soluciones, por tanto, la diferencia es de no más de 2 minutos. Es probable que el error, si hay alguno, se le debe imputar a Maraldi antes que a las abejas, porque ningún instrumento permite medir con una precisión infalible los ángulos de unas celdas que no están bastante netamente definidos.
   Otro matemático, Cramer, a quien se le había sometido el mismo problema, proporcionó una solución que se aproxima todavía más a la de las abejas, esto es, 109º 28’ 30’’ para los mayores, y 70º 31’ 30’’ y medio para los menores. El Sr. Léon Lalanne, 109º 28’ 16’’ y 70º 81’ 44’’. Sobre el tema en discusión, visitar Mclaurin, Philos. Trans. of London, 1743. Brougham, Rech. anal. et exper. sur les alv. des ab., L. Lalane, Note sur l’Arch. des abeilles, etc. (N. del A.)

 8. Las abejas gastrilégidas son las que recolectan el polen con el vientre. El autor está utilizando una clasificación antigua de las abejas que hoy en día prácticamente no se utiliza. Según esta clasificación, las abejas, además de gastrilégidas, pueden ser podilégidas —que recogen el polen en las patas, en una especie de cesta conocida como corbícula— y merilégidas, que recogen el polen en unos pelos largos situados en los fémures, las coxas y los costados del abdomen. (N. del T.)

 9. Dichas demostraciones aparecen en los capítulos XVIII, “Distribución de los sexos”, y XIX, “El sexo del huevo a disposición de la madre”, de la serie 3ª de los Recuerdos entomológicos de Jean-Henri Fabre. (N. del T.)