Hilo de hadas

Hilo de hadas

“Si encuentras hilos de araña durante el otoño, cuando los capullos de la araña eclosionan y los jóvenes salen al mundo, es señal de que las hadas te están guiando hacia la buena fortuna”.— VIEJO REFRÁN POPULAR

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Hilos de araña salen flotando de un agujero

William Thompson estaba sentado ante la abertura del sumidero mirando absorto las diminutas hebras de telaraña que salían del orificio. Había venido a este lugar de la cavernosa región caliza de Kentucky en busca de un espécimen del género Arimnes1, la araña con los colores más brillantes de la toda la región de clima templado; su compañero de trabajo en el departamento de biología de la universidad de Vanderbilt necesitaba encontrar dicho espécimen. Habiendo escuchado que en este vecindario circulaba una leyenda sobre arañas, había viajado hasta aquí con la esperanza de satisfacer su demanda.

La historia contaba que hacía unos años un tal Israel Hicks había enloquecido de repente y que, creyéndose perseguido por un espíritu maligno, había viajado hasta aquí y había empezado a criar arañas con las que podría elaborar una red para atrapar al demonio que le molestaba. Se afirmaba que antes de volverse loco había sido un rico agricultor de pastos, y muchos creían que poseía considerables riquezas. En cualquier caso, siendo el último de su nombre y estirpe, había venido aquí y vivía sólo; gastaba su tiempo y energías cazando arañas y encerrándolas en un misterioso insectario que no había permitido que nadie visitase. En el presente el anciano llevaba muerto muchos años y es plausible que se haya librado de su espíritu maligno; probablemente nunca nadie haya sabido mucho más sobre él y su peculiar alucinación.

“En alguna parte de este sitio hay arañas”, se decía William a sí mismo mientras continuaba observando las hebras de seda que flotaban hacia arriba saliendo del agujero. “Y si pudiera investigar allá abajo en ese sumidero, creo que podría encontrar justo lo que estoy buscando”.

Intentó meterse en el agujero, pero no parecía sencillo que su cuerpo pudiera pasar por él.

“Es extraña esa corriente de aire”, siguió meditando. “Nunca antes he visto que uno de estos hoyos glaciales tenga corrientes de aire”.

Comprobó la fuerza de la corriente de aire arrojando algunas hojas al interior de la abertura. Los fragmentos se elevaron varios pies por encima del nivel del suelo circundante antes de que la fuerza del aire cambiara lo bastante para permitir que cayeran.

“Bueno, bueno”, se dijo pensativo; “si pudiera encontrar el otro extremo de este pasadizo habría probabilidades de encontrar mi araña”.

Comenzó a inspeccionar los sumideros cercanos, los cuales eran numerosos, pues en una era geológica pasada una gran explosión de gas natural había agujereado toda la superficie subterránea; estos sumideros era por donde había salido fuerza de la detonación. Pero ninguno de los otros agujeros parecía tener ninguna corriente de aire. Una cerilla encendida ardía sobre ellos tan imperturbable como la llama de una vela en una habitación cerrada. Para William era evidente que no existía una conexión directa entre aquel pozo con corriente de aire y sus afines próximos.

“El aire tiene que entrar de algún modo, sin embargo”, razonó. “Si sale, sin duda tiene que entrar. Alguno de los agujeros de por aquí tiene que tener una corriente descendiente”.

Pero por más que buscó, no la encontró. Al cabo de un rato, tras una larga exploración, volvió al agujero de la chimenea.

“Israel Hicks”, recordó meditando en el relato tradicional que le habían contado de esta autoridad, “solía decir que nunca se ven telarañas excepto en otoño, pues es la nueva camada de arañas la que las teje. Ahora bien, cualquier idiota sabe que donde hay telarañas hay arañas. Tengo que encontrar el otro extremo de este agujero. Es muy probable que cuando lo consiga haya localizado la incubadora de arañas del viejo Hicks. Apuesto a que es un lugar maravillosamente interesante para un biólogo”.

La idea le fascinó, pues el viejo lunático tenía reputación de haber tenido una fantástica colección de arañas. William se hizo con un palo largo y delgado y tanteó hacia abajo el interior del agujero. Descubrió mediante el experimento que el pasadizo se adentraba profundamente en la tierra y se curvaba en dirección a la vieja casa, situada a varios cientos de metros de distancia, en una colina, donde el anciano había establecido su hogar. William se rascó la cabeza, perplejo. ¿Salía el agujero a algún lugar cercano, o quizá debajo de la casa?

A través de las tablas rotas del techo de un sótano se ve el cielo

Se lanzó colina arriba y entró en el patio. Sin embargo, después de rastrear intensamente el abandonado recinto no descubrió ningún agujero como el que buscaba. Continuó la búsqueda dentro la vieja casa en ruinas. El suelo había desaparecido y se encontró en un sótano abierto con la mirada perdida en los pedazos de cielo que se mostraban a través de los agujeros de las tablas. Permaneció un momento desconcertado, pues no había nada interesante que llamase su atención. Entonces, de repente, se dio de cuenta de que desde el otro lado del lugar en que se encontraba, sobre el suelo de piedra del sótano, llegaba una corriente de aire que le enfriaba los pies. Inclinándose para comprobarlo con la mano, distinguió un movimiento constante de aire que le abanicaba los pies y entraba por una grieta entre los adoquines. Al escuchar pudo oír el incluso sonido que hacía al silbar en el agujero. Al escuchar, podía incluso oír el silbido que hacía al entrar en el agujero.

“¡Ajá!”, exclamó. “El viejo lunático tenía un pasadizo secreto que bajaba hasta su criadero de arañas. Levantemos esta roca y echemos un vistazo dentro”.

Así lo hizo, y descubrió allí un túnel natural que se adentraba en lo profundo, en las cavernosas fauces de la tierra. Llevaba su linterna consigo, de modo que se deslizó a través de la abertura y empezó el descenso. En un momento la luz del día había desaparecido a su espalda; otro giro del pasadizo lo introdujo en una oscuridad estigia. Bajó y siguió bajando. Si no hubiera estado algo familiarizado con las cuevas, probablemente habría perdido los nervios y se habría negado a adentrarse más lejos. Había telarañas colgando por todas partes, millones de ellas, alojadas aquí durante los largos años transcurridos desde que el viejo Israel Hicks había introducido por primera vez a las hilanderas. A William no le cabía ninguna duda de que había encontrado el hasta entonces desconocido criadero de arañas del viejo chiflado. Era muy probable que encontrara el espécimen que buscaba, pues Hicks era un gran experto en su campo y probablemente no había pasado por alto ninguno de los tipos existentes en aquella región.

En ese momento, tal como había supuesto, llegó a un ensanchamiento del pasadizo que a su vez daba paso una gran cámara cavernosa. Justo cuando entraba en esta habitación más amplia, de forma inesperada, una roca pivotante, parecida a una puerta de un sepulcro enorme, se deslizó a su espalda. Se detuvo temeroso pensando que se le había bloqueado la salida. Pero a lo lejos, delante de él, una mancha de luz diurna lo tranquilizó —evidentemente, el sumidero desembocaba en el interior de aquella caverna, así que podría escapar por la misma salida que la telaraña de las hadas. Continúo avanzando, apuntando su linterna en todas las direcciones.

¡Qué guarida tan lúgubre y encantada era aquella! Las interminables y viscosas paredes de techo irregular aparecían grises por las telarañas cenicientas de innumerables arañas. Gotas de humedad colgaban de muchos de los festones y le salpicaban con duchas frías. Literalmente miles de estas curiosas y ágiles criaturas, que se habían asomado de un brinco en busca de posibles presas cuando él había entrado, se retiraron a sus refugios de seda igual de repentina y misteriosamente cuando las apuntó con su linterna. Su miríada de ojos maliciosos, en ese escrutinio momentáneo, casi lo asustaron, y le provocaron un escalofrío que le subió por la espalda.

Un hombre con un linterna en la mano ilumina las paredes cubiertas de telarañas y arañas

Entonces, lanzando una exclamación repentina e involuntaria, se detuvo. Había encontrado el premio, un bello ejemplar de Arimnes que poseía quizá las marcas geométricas más bonitas que nunca antes había observado en aquel tipo: casi tan grande como un dólar de plata, con patas largas y elegantes, un dibujo brillante en la cabeza y otro en la espalda, y unos ojos intensamente negros.

Ahora que la había encontrado, su problema era atraparla. Y sabía bien que no era un problema sencillo, pues Arimnes es tan astuta como bella, y tan intrépida y salvaje como astuta. Además, William no tenía ningún deseo de arriesgarse a ser mordido por esta dama. Aunque esta especie está considerada como no venenosa, o sólo ligeramente, habían existido no obstante casos auténticos de individuos mortalmente venenosos. Llevaba consigo un artilugio fabricado con un carrete de pesca, un trozo de alambre para sombreros y malla, diseñado para capturar insectos. Con este artefacto empezó taimadamente a acechar a su presa.

La araña se retiró, y William la siguió. Entonces, con astuta rapidez, la criatura se precipitó en una grieta de la pared rocosa. William no consiguió sacarla de este refugio. Ningún tipo de persuasión parecía afectar lo más mínimo a la astuta dama. Finalmente William, sin saber ya qué hacer, como último y desesperado recurso, golpeó la grieta con su carrete de pesca. Quería un espécimen vivo, pero uno muerto era mejor que ninguno.

Descubrió demasiado tarde que era una decisión muy desacertada. Parecía que las hordas de arañas habían estado esperando una señal de este tipo, pues de repente se lanzaron sobre él como una turba hambrienta. Grandes demonios peludos cayeron desde arriba sobre su cabeza; se arrastraron por su cara desprotegida; ¡notó como trepaban por las perneras de sus pantalones! Aunque se las quitaba de encima barriéndolas frenéticamente, apartándolas con palmadas de los ojos e intentando pisotearlas en la oscuridad, sus esfuerzos sólo parecían atraer a nuevas bandadas.

Su cabeza trabajaba aceleradamente. Conociendo los hábitos de las arañas, y el hecho que que pueden aguantar sin comida hasta un año y medio, se dio cuenta de que en semejante estado de voracidad era sólo cuestión de tiempo el que le superasen por su enorme cantidad y que devorasen su cuerpo. Allí, en aquella oscuridad, sin protección y con sólo su linterna que lo iluminara, parecía tarea imposible enfrentarse a ellas. Tampoco podía abrirse camino hacia donde había venido, pues la roca pivotante le cortaba la retirada. La única posibilidad era tratar de ir hacia delante, golpeando a las arañas para apartarlas de su cara mientras avanzaba, y confiar en que la providencia le permitiese escapar a través del agujero con forma de chimenea. Por lo tanto, empezó a avanzar lo mejor que pudo, con el sombrero calado sobre los ojos, el cuello del abrigo levantado y la mano que le quedaba libre actuando como un cepillo implacable contra los punzantes y voraces arácnidos.

Percibió vagamente que la nebulosa de luz aumentaba en el lado opuesto de la cámara a medida que se acercaba a ese punto. De hecho, en poco tiempo empezó a adquirir una forma definida. Si pudiera aguantar algunos momentos más, lo conseguiría. Pero ya sentía dolor en todas las partes del cuerpo y se estaba mareando, no estaba seguro si por miedo o por el veneno, aunque sus manos y su cara se estaban hinchando por las picaduras. Y entonces, helado de espanto, se detuvo.

¡Justo en la abertura que le permitiría salir de este terrible lugar hacia la benéfica luz del sol de arriba, vio la silueta de la araña más gigantesca que jamás había contemplado! Desde donde él estaba, incluso concediendo algún margen de error a causa de lo poco fiable de su percepción, ¡parecía medir dos pies de ancho! Pertenecía a un género sobre el que había leído, pero que nunca antes había sido contemplado por los ojos de un hombre blanco: la monstruosa araña dorada, nativa de los trópicos. Del punto en el que el sol que llegaba desde arriba incidía sobre ella destellaba un inmaculado reflejo del precioso metal del que derivaba su nombre.

Curiosamente, mientras se abría camino a golpes a pesar del peligro, observó que las alimañas más pequeñas se dejaban caer y retrocedían. Se encontraba, además, dentro del círculo de luz, lo cual le ayudó a sacudírselas de encima; consiguió incluso aplastar a muchas con los pies. “Claro que se retiran estos pequeñajos”, se razonó William para sus adentros, “pues este viejo y grueso demonio es más que capaz de devorarlos si se acercan”.

Una araña dorada bloquea la salida del agujero

Agarró de nuevo firmemente su carrete y se acercó aún más para el inevitable enfrentamiento. Ahora tendría que luchar, y a muerte. O él o la gigantesca araña tendrían que caer. La criatura no se movió a medida que se fue acercando a rastras cada vez más. Sus ojos dorados no se inmutaron en ningún momento. Mantuvo su actitud desafiante mientras William, apostando su destino a un solo corte preciso con la caña de pescar de acero, se preparaba para partir su cuerpo en dos con el tubo.

Vio que su puntería no había fallado incluso antes de que cayera el golpe. Este descendió limpio y afilado por la mitad del cuerpo de la araña. Y entonces William, casi desvaneciéndose al desplomarse sus nervios, vio algo que por un momento fue incapaz de creer. En lugar de a la criatura retorciéndose en agonía de muerte, vio que esta se dispersaba, pero no como una aparición, ¡sino con un repentino repiqueteo y tintineo metálico! Hasta que no recuperó sus sentidos y sus débiles piernas no adquirieron algo de firmeza, William no pudo examinar el resultado de esta singular metamorfosis. Cuando lo hizo, descubrió que la araña había estado formada de monedas doradas dispuestas hábilmente para parecerse al animal.

Cuando pudo pensar de forma constructiva, conjeturó el porqué de todo aquello. Hicks había tenido dos dioses: su dinero, del que sólo unos pocos sabían, y las arañas, a las que amó y crió. Había puesto su dinero aquí bajo la protección de sus arañas. Organizar las monedas dándoles la forma de una de ellas había sido un giro curioso de la obsesión del anciano. Fieles a la confianza depositada en ellas, durante todos estos largos años las arañas habían tenido éxito en su faena.

William salió de la cueva lo más rápido que pudo, pero no antes de haberse metido las monedas en los bolsillos —y las que no le habían cabido, en el sombrero. Una vez se halló bajo la magnífica luz del sol respiró libremente y descubrió que ninguna de las picaduras que le habían infligido tendría mayor consecuencia que alguna molestia temporal.

La aventura le trajo a la mente dos curiosas supersticiones acerca de las arañas: una, que las criaturas nunca tejen sus redes sobre él ni se acercan al oro; y la otra, que si encuentras hilos de araña durante el otoño, cuando los capullos de la araña eclosionan y los jóvenes salen al mundo, es señal de que las hadas te están guiando hacia la buena fortuna.

Hilo de hadas

Notas


 * Año: Tenga presente el lector que, por expresa y terminante decisión de los que mandan en este agujero, todas las fechas de la biblioteca Bicheratura están referidas al nacimiento de Sócrates, que es como se cuentan los años en esta república —esto es, van 470 años por delante del país vecino —esto es, ahí fuera mismo en la calle.
   La intención inicial de la junta directiva del antro era utilizar esta cronología en toda la Bichoteca. No obstante, tras una acalaroda intervención por parte de este equipo de edición —que está convencido de que sin una cierta connivencia con los usos establecidos no habrá difusión de la obra—, se nos ha dado permiso para que los artículos de la sección Divulgando sean mostrados con la fecha en que los simios que los escribieron creían estar viviendo.

 * Suborden o Superfamilia— En los órdenes Blattodea, Hymenoptera y Lepidoptera, para agrupar las familias hemos preferido usar las superfamilias en lugar de los subórdenes.

 1. Se trata seguramente de un género inventado por el autor, pues dicho nombre no aparece en las taxonomías. Sí que existe, sin embargo, un género Ariamnes Thorell, 1869, pero esta es una araña alargada con una forma muy peculiar (de rama) que no coincide en absoluto con la araña que va a describir el autor.