Las arañas

Las arañas (I) (Émile Blanchard)

Junto a páginas llenas de las aventuras de los héroes y heroínas de las novelas, que entretienen, regocijan o apasionan a la gente que busca simplemente una distracción para el espíritu; muy cerca de escritos que atañen a personajes históricos, relatos hechos para cautivar a las almas ávidas de instruirse sobre los acontecimientos que han perturbado, elevado o humillado a los pueblos; en el mismo lugar donde se exponen narraciones de viajes divertidos o instructivos, donde se tratan graves cuestiones económicas que interesan a la suerte de las naciones civilizadas, nos presentamos nosotros para hablar de un asunto que la multitud desdeña, desprecia o abomina. Tenemos que confiar en la delicada sensibilidad y la curiosidad de la mayor parte de los lectores de la Revista, y efectivamente confiamos. Hace diez años leíamos una historia de las hormigas, los animales más laboriosos, así como los más sociables de la creación. ¿No se deseará hoy conocer un poco la vida de los animales mejor dotados en una infinidad de aspectos y los más insociables que hay en el mundo, esto es, las arañas?

Grabado Atenea transformando a Aracne en araña
Atenea transformando a Aracne en araña

Por lo general, estos seres inspiran repugnancia o aversión a las personas que apenas detienen la mirada sobre criaturas minúsculas; por lo contrario, maravillan, seducen, arrebatan a investigadores de todo género. La razón de esta repugnancia permanece perfectamente oscura en el espíritu de aquellos que experimentan o manifiestan una antipatía. Se dirá que son animales venenosos, incluso peligrosos, tal como se asegura en diferentes regiones. Ciertamente, las arañas tienen un veneno que sirve para matar a los insectos de los que se alimentan. Podemos afirmar que, al menos en Europa, ninguna especie es de temer para el humano. Sin duda, estaríamos justificados al desaprobar el mantenimiento de un hogar infestado de arañas; se trata de huéspedes incómodos, de los que uno se deshace sin más. Pero después de haber valorado en su justa medida la parte de rechazo que se debe a la especie que de tan buen grado se instala en nuestras viviendas, conviene subrayar los rasgos que hacen tan interesante el mundo de las arañas. Al ser animales que no viven más que de presa, no pueden provocar la repugnancia que produce la búsqueda de cierto tipo de alimentos. Al ser animales insectívoros, contribuyen a la destrucción de criaturas perjudiciales a los vegetales que cultivamos; el propietario en cuyo huerto o viña son numerosas las arañas es afortunado. Las particularidades de la conformación exterior, y más aún la estructura interna, revelan que se trata de unas criaturas de una perfección tal que no deja de sorprender a los investigadores y que ha de despertar la curiosidad de todos aquellos que tienen en alguna estima el conocimiento de los fenómenos de la vida.

Ovidio y Dante contemplando a Aracne en el purgatorio
Dante y Virgilio delante de Aracne en el purgatorio

A pesar de todo, en un mundo en el que nos preocupamos poco por los humildes y los débiles, a veces las arañas atraen nuestra atención. Se admiran las telas finas y delicadas que confeccionan. En la antigüedad griega, en la que la poesía brotaba por todos los rincones, en consideración a su labor, se atribuía a la araña un origen noble. Una joven lidia, la gentil Arachné, incomparable en el arte de tejer, no temía desafiar a Minerva. Castigada al punto por su imprudencia e insolencia, la graciosa artista, dice la fábula, condenada a perder todos los encantos de una mujer, fue transformada en araña. Aun perdiendo sus encantos femeninos, conservó su nombre y sus talentos. En tiempos más modernos, uno se deja arrastrar por una corriente de simpatía al pensar en aquel prisionero en lo hondo de su calabozo que tiene como amigo, para consolarse, una araña que acude cuando la llama. A todos nos complace recrear en el pensamiento al cautivo de la Bastilla, Pellisson1, que engaña al hastío de la jornada contemplando durante largas horas al animal que había tendido su tela contra el tragaluz de su celda miserable.

I

Encontramos arañas en ambos hemisferios, desde la zona tórrida hasta las regiones más frías. En todos los territorios, cultos o ignorantes, los hombres distinguen a estas criaturas, que llaman la atención por su singular aspecto a la vez que por unas aptitudes y costumbres algo extrañas. En los trópicos se encuentran las especies más grandes, así como las más favorecidas por la vivacidad de los colores; en los climas fríos o templados habitan las especies de pequeño tamaño o de tonos sombríos —estas tienen otros atractivos que llaman a nuestra atención aparte de la apariencia.

Si nos remitimos a los métodos de los naturalistas, las arañas constituyen un orden de la clase de los arácnidos: los araneidos, una división tan bien caracterizada, tan perfectamente circunscrita, que sólo con nombrarla queda perfectamente designada. En estos animales, la cabeza y el tórax se hallan fundidos en una sola masa; tiene por encima una especie de escudo dorsal en cuya parte delantera se asientan los órganos de la visión. Por lo común tienen ocho ojos, aunque, según los tipos, estos se agrupan de maneras muy diferentes. Un amable observador, Walckenaer2, muy conocido en el mundo de las letras por sus estudios sobre La Fontaine y sobre la Sra. de Sevigné, tuvo la idea de considerar las particularidades en la disposición de los ojos como signos adecuados para distinguir las familias y los géneros de arañas; esto fue justo a comienzos de siglo. Hace una veintena de años se fue aún más lejos; se reconocieron notables coincidencias entre la disposición de los ojos y los hábitos de las especies. Después de mucho observar, se hizo una nueva luz. A partir de aquel momento, estudiando la disposición de los ojos de una araña se podrá describir con seguridad las condiciones de existencia del animal; más o menos como si alguna araña dijese: “mira mis ojos”, y el naturalista, al momento, respondiera: “tú llevas una vida errante, eres cazadora; ciertamente, no eres una reclusa que disimula su presencia en la sombra, o una hilandera solitaria que se agazapa sobre su tela”. Los ojos no giran en una cuenca como en los humanos, las córneas son simplemente un pedazo integrado en el tegumento y que permanece transparente. Su inmovilidad es una imperfección relativa, un defecto, pero tiene una compensación: la diferente orientación de los diversos órganos suple la carencia de movilidad, y la manera en que se dispersan o agrupan responde a las necesidades de la visión del animal.

Las arañas, animales silenciosos que no tienen que responder nunca a una llamada, deben ser incapaces de discernir los sonidos. Ciertas particularidades de su configuración terminan por afianzarnos a este respecto. Alguien se sorprenderá de esta aserción: ¡se ha hablado tanto de la inclinación que tienen las arañas hacia la música! Nada resulta más encantador que atribuir este gusto delicado a unas pobres criaturas sumamente desdeñadas. Sin embargo, es una una pura ilusión, y sólo lo verdadero nos importa. Se vio a unas arañas que descendían de las alturas al sonido de los violines y los pianos y se pensó que querían participar del concierto. Sin duda, esto está lejos de la realidad. Las telarañas experimentan sacudidas con el impacto de las ondas sonoras; las hilanderas, llenas de inquietud, abandonan la plaza y corren al azar enloquecidas por el miedo.3

Por debajo de la frente sobresalen dos gruesas piezas armadas con un colmillo móvil; son los quelíceros4, que alojan una glándula productora de veneno con su conducto que desemboca cerca de la punta del colmillo. Todos aquellos que han contemplado a la araña mientras atrapa a una mosca habrán observado cómo sujeta a su víctima y la pica con objeto de matarla antes de llevársela a la boca. En el borde del orificio bucal de estas criaturas, que se alimenta de materias fluidas, no hay más que una simple lengüeta, y hacia la parte de atrás dos palpos, una especie de patas-mandíbula siempre muy desarrollados.

Anatomía externa de las arañas

Todo el mundo sabe, o eso creemos, que las arañas tienen cuatro pares de patas, lo cual las diferencia claramente de los insectos, que tienen siempre tres pares de patas. Estos miembros, en el extremo, presentan unos ganchos, y estos ganchos, en la mayoría de las especies, son unas herramientas de trabajo de una precisión sorprendente. Dentro de poco, cuando veamos a nuestras admirables obreras manos a la obra, podremos juzgar su importancia. El cuerpo y las extremidades están cubiertas de pelos, de vello fino o de espinas más o menos resistentes. Estos son órganos del tacto implantados en la piel, a veces de una sensibilidad exquisita; pelos, espinas y vello transmiten las impresiones recibidas al menor roce. Al exponer bajo el microscopio los finos pelos de una araña uno queda sorprendido. Estos cabellos, que a simple vista apenas se perciben, se muestran completamente llenos de flecos, totalmente erizados de púas; se los tomaría sin dificultad por plumas de una delicadeza incomparable. Teniendo en cuenta la habitual pulcritud de un atavío tan propenso a retener granos de polvo, uno puede estar seguro de que las arañas pueden competir con cualquier criatura en cuanto al cuidado de la higiene. Sus largas patas provistas de garras prestan un servicio a este respecto que no deja nada que desear. En el extremo terminal del cuerpo se encuentran unos tubos articulados y móviles; tienen la pared sólida, resistente, y la punta truncada con una superficie membranosa acribillada de agujeros. Es por estas aberturas microscópicas que se escapa el humor que, una vez endurecido al entrar en contacto con el aire, se convierte en un hilo apto para la confección de la tela o del capullo. Este hilo, que se toma como ejemplo de lo sutil, está sin embargo formado por numerosas hebras que se adhieren al salir de la hilera. Por su uniformidad, delicadeza y resistencia, el hilo de araña ofrece cualidades inimitables. El astrónomo, con el propósito de multiplicar sus observaciones cuando las estrellas pasan ante el objetivo, divide el campo de la lente por medio de hilos cuyas distancias calibradas permiten la determinación del tiempo. Para tal uso, solo el hilo de araña presenta todas las ventajas que requiere el observador del cielo. La idea de encontrar un uso industrial para la seda de las arañas se ha planteado a menudo. Corría el año 1710; el Sr. Bon, presidente primero del Tribunal de cuentas de Montpellier, asumió la infinitamente penosa faena de recoger y utilizar la seda de nuestras pequeñas arañas de Europa; había conseguido fabricar con ella unas medias y unas manoplas. Estos objetos fueron presentados a nuestra Academia de ciencias. Réaumur, encargado del informe, declara que “la Academia lo ha analizado con el placer que le proporcionan las cosas curiosas, pero la especial atención que esta compañía tiene para todo lo que se refiere al bien público no le permite conformase con eso”. El sabio se preocupa de entrada por saber si no será demasiado dificultoso reunir la cantidad necesaria de arañas y criarlas en cautividad. A continuación se plantea si este material textil merece que se aconseje su empleo. Estima que “todas las moscas del reino apenas alcanzarían a alimentar las arañas suficientes para producir una cantidad de seda algo considerable”; cierto es, aún se podía recurrir a una infinidad de otros insectos de las que también se nutren las hábiles hilanderas. El ilustre naturalista constata la imposibilidad de mantener cautivas a las arañas, las cuales se devoran entre ellas, y el engorro de tener que guardar a cada individuo en una celda. Acaba suponiendo que la seda de los capullos de la araña de los jardines sería la única que se podría utilizar, pero que la cantidad que se obtendría sería insignificante. Réaumur calcula, en efecto, que harían falta 663.552 arañas para obtener una libra de seda. Elogiando los cuidados del Sr. Bon, la Academia no juzgó que se debiera aprovechar el descubrimiento.

Gran red de la araña Tegenaria doméstica en el rincón de una casa

Tegenaria doméstica
by JSCC BY 4.0

Ensayos del mismo género se han repetido de vez en cuando sin mejor resultado. En ocasiones se hicieron esfuerzos para despertar interés sobre el material más bello y más abundante que producen las especies de las regiones tropicales; al no haber aportado los viajeros más que unas muestras, no se podía intentar nada orientado a operaciones industriales. La seda de araña se ensucia muy rápidamente con el polvo; unos aficionados que deambulaban por las sabanas de los países cálidos hallaron una manera sencilla de obtenerla de una pureza perfecta. Las hilanderas tienen siempre un hilo que se escapa de sus hileras. Se coge esta hebra y se enrolla alrededor de una tarjeta o de un pedazo de madera. De este modo se consigue obtener una cantidad bastante notable de una seda exquisita por su fineza, por su lustre y por su color, de un amarillo brillante. El individuo, puesto en libertad, no parece sufrir con este trance, y su economía repara velozmente sin duda la pérdida que ha padecido. Tratando de la misma manera cierta cantidad de individuos se consigue recolectar una gran masa de material apto para la confección de pequeñas prendas. Difícilmente pueden esperarse mayores beneficios de la seda de las arañas.

La estructura interna es todavía mucho más digna de admiración que las partes externas. Sin embargo, apenas creemos posible señalar aquí sus rasgos más esenciales. Sería en verdad necesario entrar en demasiados detalles para hablar de un aparato muscular con una potencia de la que se encuentran pocos ejemplos en el reino animal y que garantiza maravillosamente la precisión y la agilidad de los movimientos; de un sistema nervioso cuyo enorme desarrollo explica la posesión de facultades de un orden superior; de un estómago con un diseño extraordinario que responde a un régimen compuesto exclusivamente de materias fluidas. Se ha escrito que las arañas respiran por medio de pulmones. Tienen una respiración aérea, pero los órganos que sirven a esta función presentan una estructura muy diferente a la de los pulmones humanos. Figurémonos, a una escala muy reducida, unas fundas membranosas que contienen unas bolsitas aplanadas y apiladas como las hojas de un libro; la sangre se infiltra a través de las paredes; el aire penetra en el interior y, al observadas así bajo el agua, las pequeñas bolsas parecen láminas de plata que comunican con el exterior por medio de fisuras situadas en la base del vientre. Las arañas tienen un corazón y un aparato circulatorio de lo más complejo. El corazón, localizado en la parte dorsal, es una construcción anatómica ideal; los intentos de los investigadores para descubrir los vasos que transportan la sangre a la periferia del cuerpo fracasaron durante mucho tiempo. Se sabe que la sangre es incolora; por tanto, para ver los vasos sanguíneos y seguir su recorrido es necesario llenarlos con una inyección coloreada. Hace alrededor cuarenta años, un día de verano, un joven naturalista que sólo tenía a su disposición las arañas de nuestro país, cuyo tamaño es de todos conocido, consiguió llenar las principales arterias; pero no fueron más que las principales, un primer éxito que daba esperanzas de un éxito completo si se pudiera operar sobre una de las grandes especies de las regiones tropicales. Llegó un momento en que la oportunidad se presentó. Una de las mayores arañas conocidas, procedente de América del sur, fue adquirida por el Museo de historia natural. El sujeto estaba lleno de vitalidad; era un golpe de suerte. Se tenía entre las manos la posibilidad de adquirir el conocimiento, para toda una clase de animales, del funcionamiento de un órgano de primera importancia; posibilidad, a condición de solventar con éxito una operación singularmente delicada.

Anatomía interna de la araña

Anatomía interna de la araña
by Ryan WilsonCC BY 3.0 Versión castellana de Xvazquez

El naturalista había observado a la araña americana durante varios días, agitado por la esperanza del éxito, atormentado por la idea de un fracaso. Al debilitarse el animal, llegó la hora de operar el sacrificio. Una gota de éter le hizo perder la movilidad sin arrebatarle la vida. Entonces, inmovilizado en el interior de una palangana llena de agua y con el corazón puesto al descubierto, se perforó la pared de este con la punta de una aguja: por la imperceptible abertura se introdujo el extremo del instrumento, cargado con un líquido amarillo de cromo. Tras empujar la inyección con una fuerza moderada, todos los vasos arteriales, hasta sus ramificaciones más extremas, se llenaron exitosamente. Era cautivador, maravilloso, comparable a lo que se ve en los organismos más perfectos. Más tarde se adquirieron otros individuos vivos de la misma especie: se continuó el estudio de las venas; se constató mediante qué elegante mecanismo la sangre remonta desde las bolsas pulmonares, situadas en el área ventral, hasta el corazón, que ocupa la parte dorsal. Es un fascinante mecanismo de bombeo ejecutado con instrumentos de una delicadeza infinita, y de una potencia con la que no puede compararse ninguna invención humana.

Las arañas son por lo general muy fecundas, y sin embargo, no se observa que su población aumente de manera sensible en los diferentes países. La fecundidad está siempre en proporción con la multitud de peligros que amenazan a los individuos. Los animales hábiles en el tendido de trampas parecen hechos, sobre todo en la edad juvenil, para tentar la glotonería de los pájaros y los insectos carnívoros. Todos sin excepción ponen huevos. De estos huevos surgen unas criaturas que tienen ya la forma y el aspecto de los padres. Madres casi inigualables en cuanto a cuidados, vigilancia y dedicación, las arañas no muestran afecto más que por su descendencia. Desde el momento en que los pequeños se hallan en condición de abandonar a la madre, ya jamás se acercan a ella de nuevo, se aíslan. En cuanto queda libre de las preocupaciones de la maternidad, la araña no vive más que para ella misma, ajena a la existencia de cualquier otro individuo de su raza, al que devora despiadadamente si se pone a su alcance. En un mundo semejante, en verdad, no existe el querer. Se diría que las hembras son absolutamente indiferentes. Si un macho desea contraer matrimonio, procederá con inauditas precauciones, tan consciente es de que va a ser mal recibido. Al final, si es hábil, disfrutará de un abrazo de un instante e inmediatamente, sirviéndose de sus patas, más largas que las de la feroz esposa, se esfumará a toda prisa. Su relativa debilidad harían de él una víctima. ¡Pobre macho! No conoce los gozos de la paternidad, pero sin duda renueva esos cortos instantes de placer, ya que los dos sexos se hallan representados de la manera más desigual, siendo las hembras diez o veinte veces más numerosas que los machos.

Los hechos que acaban de ser descritos se aplican a la generalidad de las arañas. Pero, puesto que los diferentes tipos proveen ejemplos de industrias, aptitudes y hábitos de especial carácter, es necesario ocuparse de las historias particulares.

II

Araña saltícida Phidippus regius

Araña saltícida Phidippus regius
by spidereyes2020CC0 1.0

Ya se trate de la linde de un bosque en el que se yerguen hermosos árboles cuyos troncos presentan una corteza más o menos agrietada, o de un campo donde se levanta un muro más o menos hendido, en tales lugares uno puede esperarse encontrar criaturas interesantes y sorprender curiosas escenas, sobre todo durante las cálidas jornadas del verano, cuando brilla el sol. Hay algunas pequeñas arañas dispersas, otras reunidas en grupos que no muestran ninguna hostilidad entre ellas. ¡Qué bonitas son las pequeñuelas! Con una vivacidad encantadora, buscan la luz más intensa. A veces tienen ciertas partes del cuerpo lisas y brillantemente coloreadas, otras veces adornadas con dibujos regulares y elegantes formados por una fina pubescencia blanca, amarilla o roja. El aficionado intenta apoderarse de uno de estos graciosos animales, pero se lleva una decepción. La pequeña araña da un brinco prodigioso; ya está lejos. Es una saltadora; pertenece al grupo que los naturalistas han denominado saltícidos5. Entre las peculiaridades que produce la naturaleza, una de las que cosas que nos sorprende son ciertas similaridades que hallamos en la fisonomía de criaturas con una estructura altamente desemejante. Se trata de parecidos hechos sin duda para engañar a un enemigo, de la misma manera que engañan a un observador inexperto. Muchos saltícidos aparecen vestidos con el traje de unos insectos himenópteros denominados mutílidos6: otras especies tienen el aspecto de hormigas. Quizá, favorecidas por este disfraz, escapan con más facilidad a la persecución de los animales voraces. Los saltícidos, que no producen más que una reducida cantidad de seda, se instalan en la hendidura de una muralla, en la grieta de alguna corteza o bajo el abrigo formado por unos ramajes, y con un tejido liso o esponjoso se fabrican un alojamiento. En el momento de la puesta la araña saltícida se encierra en su caparazón; la especie más pobre deposita sus huevos sin otra cobertura; la especie un poco más afortunada los encierra dentro de una bolsa de paredes delgadas y casi diáfanas.

Incapaces de tender trampas, las saltícidas son cazadoras que ayunan si hace mal tiempo; cuando los días son propicios, al salir de sus refugios se esparcen por los alrededores. Provistas de unos ojos que ocupan toda la anchura de la región cefálica, unos bastantes pequeños, otros de un volumen enorme, sondean con seguridad el espacio explorándolo lentamente. Si algún bicho con alas se les presenta a la vista, la araña se abalanza sobre la presa con una rapidez vertiginosa. Mide tan bien la distancia que rara es la vez que falla; pero aunque cometa un error no le ocurrirá ningún daño; en el punto de partida ha fijado un hilo que se despliega durante su acrobacia; por tanto, no caerá a tierra ni chocará contra ningún cuerpo duro capaz de lastimarla. Suspendida durante un instante, será más que capaz de recuperar la posición que quiere ocupar.

En todos los mundos hay ricos y pobres; así es entre las arañas. Unas disponen de una inmensa cantidad de material textil que se renueva sin cesar; otras no producen sino una pequeña cantidad. Estas últimas, al carecer de medios con los que construirse refugios o con los que tender trampas, sólo tienen por residencia las cavidades que encuentran bajo las piedras, bajo las hojas muertas, o dentro de los troncos de los árboles o las paredes. Cazadoras por exigencias de la vida, recorren los campos, los barbechos quemados por el sol o las praderas húmedas; a muchas de ellas les gusta estar cerca de la orilla del agua, e incluso sobre las plantas acuáticas, donde les resulta sencillo capturar alguna presa gracias a la agilidad de sus movimientos. De este tipo son los licósidos7. Las especies de nuestros países, es decir, la Europa central, son de pequeño tamaño y color sombrío, no tienen nada que seduzca a la mirada y nadie les presta atención. Sin embargo, algunos días el observador un tanto despierto, el meditabundo pensador, se detiene ante la vista de algún licósido que cruza rápidamente un camino o intenta escabullirse entre las hierbas. El débil y temeroso animal transporta sobre su negruzca vestimenta un pequeño estuche redondo de una blancura perfecta: es la bolsa que contiene los huevos. En la confección de la pequeña bolsa la araña ha gastado toda la seda de la que disponía. Madre incomparable en lo que hace a la vigilancia, al carecer de domicilio, una vez efectuada la puesta y bien protegida entre las paredes sedosas del cascarón, la araña no abandona ni un momento la cuna de su progenie. Si durante algún paseo se consigue atrapar alguna araña licósida y desprender su capullo, el animal, que por lo común no piensa sino en evitar el peligro dándose a la fuga, amenaza al agresor erguido sobre sus patas y con las pinzas levantadas. Si el capullo yace en el suelo, la araña se muestra agitada por el impulso de recogerlo y escapar lo más velozmente posible. Tratándose de unas criaturas tan despreciadas por el género humano, en esta situación se hace manifiesto un amor maternal de una intensidad demasiado sincera para que no nos conmueva. Llega el momento en eclosionan las crías; nada más nacidas las pequeñas arañas se aferran al cuerpo de su madre y observamos que esta transportará a sus hijos hasta el día en que serán lo bastante fuertes para perseguir una presa, lo bastante astutas para engañar a un enemigo y lo bastante desagradecidas para no reconocer ya a una madre cuyos cuidados resultan ya innecesarios.

En la Europa meridional, en África y en algunas partes de Asia, habitan licósidos ataviados de colores bastante llamativos. Vagabundos como sus congéneres de los países fríos o templados, contando con la ventaja de una existencia mucho más larga, estos tienen refugios permanentes. Se excavan una madriguera, tapizan las paredes, cubren la entrada con algunos hilos enmarañados como un medio de defensa, una especie de barricada que no destaca precisamente por su perfección. Uno de estos licósidos es célebre sin habérselo ganado: la tarántula, a la que se encuentra frecuentemente paseando en los alrededores del golfo de Nápoles. Mostrad con el dedo el inocente animal a un habitante del país; le veréis echarse hacia atrás y le escucharéis sostener un discurso extraño: Animal terrible es la tarántula; su picadura tiene efectos horribles; el individuo alcanzado es presa de una agitación de lo más desordenada, de una suerte de delirio que lo llevaría a la muerte si en la tierra napolitana, donde todo el mundo tiene ingenio y es músico, no hubiera inventado un animado baile capaz de curar el mal provocado por la tarántula. La idea napolitana se ha difundido por todo el mundo, y así es como se ha propagado el dicho: si un hombre se muestra agitado por movimientos bruscos, se dice que le ha picado la tarántula. Sin embargo, nada en esta leyenda responde a la realidad; otra ilusión poética que se desvanece. Unos cuantos estudiosos de la naturaleza se han expuesto a la picadura de la tarántula, y tras el experimento no han perdido la cabeza de ningún modo; como mucho, una picazón ligera ha persistido algún tiempo en el lugar exacto en que la araña, tal como lo hubiera hecho el pinchazo de una aguja, había hecho brotar la sangre con la punta de sus colmillos.

Tarántula Ibérica (Lycosa hispanica)

Tarántula hispánica Lycosa hispanica
by Diego González DopicoCC BY 4.0

Ejercitados en la persecución de aquellos licósidos que corretean sobre las plantas que se extienden sobre la superficie de las aguas tranquilas, quizá, sin movernos del sitio, encontremos una ocasión propicia de instruirnos sobre uno de los fenómenos de la naturaleza que se cuenta entre los más destacados. En diversos puntos de Francia, así como en otras partes de Europa, algunos pequeños ríos están habitados por un tipo de araña con unas costumbres verdaderamente extraordinarias: ¡una araña acuática! La primera observación causó una gran sorpresa a su autor, y este autor se ha hecho casi célebre por haber estudiado a la araña que los naturalista de nuestros días denominan Argyroneta aquatica. Corría el año 1747; el padre Lignac8, después de haber relatado cómo se había dado un baño en un pequeño río a unas pocas leguas de le Mans, nos cuenta con emoción: “Fui sorprendido por un suceso admirable; unas burbujas de aire, relucientes como la plata mejor pulida, parecían nadar a mi alrededor y venir en mi busca. Sus movimientos libres, no determinados ni por el movimiento del agua ni por la agitación del aire, me anunciaban que estaban animadas. Pero enseguida mi sorpresa se transformo en escalofrío: vi que se trataba de unas arañas grandes cuyo cuerpo, que se veía a través de las burbujas, estaba envuelto en aire”. En esta ocasión nuestro bañista no llevó más lejos el examen. Dos años después un amigo le hablaba de la presencia de arañas acuáticas en el Erdre, ese bonito río que al llegar a Nantes se vierte en el Loira después de haber llenado de encanto una región por la que se lo ve a ratos serpentear como un hilo, y a ratos perderse en marismas. Aprovechando la ocasión, Lignac se apoderó de cierto número de individuos de esta especie de hábitos tan ajenos a los demás representantes del mismo orden, apegados todos a la vida terrestre. Igual que cualquier araña, Argyroneta tiene respiración aérea; a intervalos trepa con soltura sobre las plantas flotantes y a veces se pasea por la orilla; sin embargo, el agua es su entorno casi permanente, así que, incapaz de respirar otra cosa que no sea aire, necesitaba poseer el arte de construir alojamientos adecuados a su condición de existencia. Los hombres, orgullosos, se vanaglorian de haber inventado la campana de inmersión, y sin embargo el aparato existe en la naturaleza desde una época tan lejana que no le resulta posible a nadie hacerse una idea de la fecha.

Es un curioso espectáculo observar a la araña Argyroneta ocupada en la construcción de su campana. Sujeta a la cara inferior de algunas hojas que forman una especie de bóveda, la araña asegura la posición por medio de unos hilos tendidos y se desplaza a ras del agua con el vientre vuelto hacia al cielo; curva sus patas posteriores y retiene una capa de aire entre los pelos de los que está cubierto su cuerpo. Entonces el industrioso bicho —tal como lo llama Lignac— acaba sumergiéndose y aparece dentro de su traje plateado tal como se lo vio por primera vez. Acto seguido se coloca en el lugar elegido y, al cepillarse el cuerpo con la ayuda de las patas, el aire se desprende y forma una burbuja bajo la hoja sujeta por los hilos. Argyroneta envuelve la burbuja de aire con la materia sedosa e impermeable que extrae de sus hileras. Ascendiendo hasta la superficie del líquido elemento, vuelve a coger una nueva provisión de aire. Es una burbuja que se añade a la primera, e inmediatamente la cubierta se agranda de forma proporcional al volumen que ocupa el gas. Se repite la toma de material hasta alcanzar la medida adecuada; al mismo tiempo, la pared se completa y la campana de inmersión se muestra en todas su perfección. Una construcción de Argyroneta realmente lograda tiene la forma de un dedal de coser, pero a menudo adquiere la apariencia de una bolsa invertida de figura más o menos irregular. Una vez nuestra araña ha tomado posesión de su reducto, permanece allí tranquila con la cabeza baja acechando el paso de algún insecto. Se precipita sobre la presa que se halla a la vista y retorna al instante a su domicilio para devorarla a sus anchas, ya que Argyroneta bloquea la entrada al enemigo que tratase de violar su domicilio por medio de unos hilos entrecruzados delante de la campana. En sus excursiones sobre las hojas que se estiran por encima del agua, nuestra náyade no pierde la oportunidad de atrapar una mosca y transportarla al interior su celda. Si se concentra un buen número de ejemplares de Argyroneta en la misma zona, las hostilidades, tan frecuentes entre las arañas, se hacen manifiestas; los individuos acaban lanzándose el uno sobre el otro y matándose.

Llega el día en que Argyroneta tiene que contraer matrimonio; es un momento delicado. Si un macho se atreviera a presentarse atolondradamente ante la campana de una hembra, lo más probable es que recibiera una mala acogida, sería exponerse a la suerte más funesta. Este macho lo sabe muy bien por instinto, así que utilizará la diplomacia, la astucia y la habilidad. Edifica una campana próxima a la de una hembra y añade entre las dos un amplio pasillo. Una vez finalizadas sus operaciones preliminares, derriba la pared del alojamiento de la hembra, y esta, repentinamente, queda atrapada en un abrazo que no siempre le resulta desagradable. No tardará en hacer la puesta; después de la eclosión, los individuos jóvenes vivirán algún tiempo con la madre, cuya solicitud para con su pequeña familia es inalterable. Después, de repente, las crías, bastante fuertes ya, aceptan la lucha por la existencia y se dispersan. Cada uno se va, igual que habían hecho sus padres, a construir su pequeña celda y a vivir en solitario.

Araña doméstica (Tegenaria domestica) en su embudo

Tegenaria domestica
by Jeremiah DegenhardtCC BY 4.0

Después de haber observado a los saltícidos y a los licósidos a través de los campos y los bosques; después de haber chapoteado en el río o el estanque admirando la industria de las arañas acuáticas, es natural pararse a descansar un poco en una pequeña casa a la entrada del pueblo. Aquí se nos ofrece otro escenario para continuar nuestras indagaciones sobre el mundo que nos ocupa. En un rincón de la habitación, bajo el techo, se extiende una gran tela, y sobre la tela, al acecho, se yergue una araña provista de largas patas. Es la araña presente en cualquier vivienda que acepte tolerar su presencia: la araña doméstica (Tegenaria domestica). Tiene una querencia tan pronunciada por nuestras moradas, que se sirve de ellas como si las casas de los humanos hubieran sido edificadas en su propio beneficio. Hábil en el arte textil, la araña Tegenaria dispone de una masa de seda bastante abundante; su tela consiste en un tejido liso, cardado por unas garras con forma de peine, herramientas de una delicadeza exquisita que garantizan la perfección del trabajo. Cuando es nueva, la tela es de un bello color blanco; pero pronto, ensuciada por el polvo, ofrece un aspecto repulsivo, sin que la propietaria parezca incómoda por ello. La araña doméstica es miedosa, y no se sentiría totalmente segura si no dispusiera de una vía de escape. En una esquina de la pared ha habilitado un espacio libre; es por este camino que se escabullirá la araña si cree que la persiguen. Debajo de la tela ha acondicionado una hamaca espaciosa en la que puede refugiarse. En el momento de la puesta, instala sus huevos en el interior de una cáscara sedosa que esconde bajo cuerpos extraños, pelusa o briznas de musgo, con el fin de ocultarlas a la codicia de los animales que gustan de los manjares delicados. Durante la incubación, se halla a la excelente madre vigilando cerca de su capullo casi ininterrumpidamente, olvidándose incluso de alimentarse. Cuando los jóvenes abandonan sus cunas, la araña, demacrada, regresa a su tela y permanece atenta para atrapar a cualquier presa con objeto de recuperar fuerzas; es entonces que las moscas caen en gran número y sus cadáveres cubren el suelo. Sólo rara vez nuestra Tegenaria habita en esos lugares preferidos por tantas criaturas, agujeros en peñascos o huecos de árboles viejos. En países en los que la temperatura no es rigurosa, como el sur y el centro de Europa, existen especies del mismo género que viven siempre al aire libre, y que en climas fríos, como el de los países escandinavos, se cuelan en las casas; los animales, bien instruidos, comprenden que es necesario ponerse a cubierto para que el alojamiento sea agradable.

Habitantes de las ciudades que os enorgullecéis de poseer un hotel o un apartamento que os cautiva por su impecable mantenimiento, no os indignéis por vivir en comunidad con las arañas. En el campo se valora el papel que desempeñan estas hijas de Aracne. Ya sea en las habitaciones o en los establos, tienen cuidado de no destruirlas ni importunarlas. Las moscas, tan molestas en todas partes, son una causa perpetua de fastidio para las poblaciones y de tormento para los animales. En las telas perecen las moscas; el número de estos desagradables insectos se reduce de manera muy sensible, y la buena granjera se felicita: “Ciertamente, las arañas son unas valiosas sirvientas que nos ha regalado la naturaleza”.

Las arañas (I) (Émile Blanchard)

Notas


 * Suborden o Superfamilia— En los órdenes Blattodea, Hymenoptera y Lepidoptera, para agrupar las familias hemos preferido usar las superfamilias en lugar de los subórdenes.

 1. Paul Pellisson-Fontanier, Paul Pellison (1624 – 1693), escritor e historiador francés que fue encarcelado en la Bastilla por defender a Nicolas Fouquet —del que era secretario. Fouquet era superintendente de finanzas en la corte de Luis XIV. Resultando acusado y detenido por malversación, acabó sus días en prisión. Pellison fue liberado tras cuatro años de encierro.

 2. Charles Athanase Walckenaer (1771 – 1852), naturalista, escritor y prefecto francés. Fue uno de los fundadores, en 1832, de la Societé entomologique de France. Su nombre se encuentra frecuentemente en las nomenclaturas asociado a diferentes géneros y especies, especialmente de arañas.

 3. A día de hoy se piensa de otra manera y a las arañas se les reconoce sentido de la audición.

 4. “Antennes-pinces” en el original, esto es, “pinzas-antena”.

 5. Blanchard dice “saltiques”. Familia Salticidae, o “arañas saltarinas”, “saltadoras” o “caza moscas”.

 6. “Mutilles”, en el original. Familia Mutilidae; se las conoce como “hormigas de felpa”, “aterciopeladas” o “matavacas”. A pesar de su parecido con las hormigas (carecen de alas), en realidad son avispas.

 7. “Lycoses” en el original. Familia Lycosidae; son las “arañas lobo” de los anglosajones, del griego, λύκος (lúkos, lycos), “lobo”. A este grupo pertenecen las tarántulas europeas.

 8. Joseph-Adrien Lelarge de Lignac (1697 – 1762), filósofo francés.