Las arañas (II)

por Émile Blanchard
Título original: Les araignées
Apareció en: Revue des Deux Mondes, París
Año: 1886
Linaje del protagonista
Las arañas

III

Cuando llega el buen tiempo, en un día claro y soleado cuyo encanto se ve algo perturbado por la intensidad del viento, flotan en el aire unos hilos largos, e incluso copos, totalmente blancos como la nieve. En ocasiones, cubriendo la hierba de los prados en flor, ondean en la brisa provocando sobre la vegetación destellos que producen un efecto de lo más extraño. Los ciudadanos que salen de paseo y ven estos hilos que se les enganchan en la ropa se preguntan de dónde vienen. Si se la interroga, la joven campesina responde sin vacilar: “son los hilos de la Virgen”. Con mayor veracidad, el naturalista diría: “son los hilos abandonados al azar por ciertas arañas muy comunes en los prados y los campos a las que se denomina tomísidos9”. Vagabundos por necesidades de la vida y las exigencias del cortejo, los tomísidos se posan sobre las plantas bajas y también sobre los arbustos; arañas de pequeño tamaño que buscan la luz intensa, presentan colores vivos que a veces se confunden con los de las flores y las ocultan a la avidez de los animales carnívoros. Los tomísidos se mueven de forma brusca y rápida, con un garbo singular debido a la amplitud del vientre; caminan a la manera de los cangrejos a los que se ve correr por las orillas de las playas. No fabrican tela alguna, sino que acechan a los insectos al paso y se precipitan sobre la presa con un impulso tan repentino y con una destreza tan extraordinaria que rara vez se les escapa. La seda de la que disponen sirve especialmente para transportar a los individuos jóvenes, que se enganchan a los copos blancos que se lleva el viento. Los tomísidos se refugian bajo las piedras, bajo los vegetales o en excavaciones; en el momento de la puesta confeccionan una bolsa para alojar los huevos y a partir ese momento se vuelven sedentarias y se olvidan de alimentarse para vigilar a su descendencia.

Igual que las mariposas diurnas destacan al lado de las polillas, las Epeiras10 descuellan entre las demás arañas. La mayoría presenta bonitos colores o tonalidades agradables; y como hilanderas, son ellas las que ocupan los rangos superiores. En Europa, cierto es, los representantes de este grupo tienen un aspecto bastante modesto, mientras que en los países de los trópicos, además de un mayor tamaño, las especies exhiben vestimentas verdaderamente lujosas. Las Epeiras son numerosas en nuestro planeta, tan numerosas que forman una gran familia, los epeíridos11, compuesta de varios géneros; es una familia cuyos miembros están tan estrechamente relacionados que tienen todos los mismos rasgos generales y poseen el mismo tipo de industria.

Las Epeiras confeccionan unas telas de proporciones enormes con mallas amplias y regulares. Como trabajan a plena luz del día, en medio de la naturaleza más hermosa, uno puede disfrutar siguiendo unas operaciones que parecen ejecutarse a para deleitar a algún filósofo. El espectáculo se repite todos los veranos en nuestros caminos. ¡Quién no conoce a la corpulenta araña de los parques y los jardines, cuya tela llega a obstaculizar a menudo las avenidas, la Epeira diadema12, de color amarillo rojizo, marcada en la cara superior con trazos oscuros que forman una suerte de dibujo que se compara a una cruz de san Dionisio! Apostada sobre una rama de alheña, de lilas o de retama, nuestra Epeira deja escapar un hilo sedoso. Ante la mirada del observador, este hilo se alarga y, arrastrado enseguida por el más leve soplo de aire, irá a engancharse a la rama de algún arbusto, a menudo a una distancia considerable del lugar de origen. Entonces nuestra hilandera se lanza sobre esta cuerda suspendida en el vacío y la sujeta al lugar donde se ha fijado, rectificando si es necesario la línea horizontal. Los más hábiles equilibristas de los circos, que entretienen a la multitud con sus danzas sobre la cuerda floja, saldrían mal parados si se midieran con la araña del jardín, la cual, en cualquier postura, maniobra sobre un hilo de una perfecta delgadez con una soltura y agilidad que desafían toda comparación. Después de tensar la cuerda sobre el vacío y de elegir nuevos puntos de apoyo en el ramaje, se tienden nuevos hilos que no tardan en formar un marco poligonal. Una vez realizado este trabajo, la araña remonta hasta el primer puente que erigió y, deteniéndose justo en el medio, como si calculase a la manera de un geómetra, se deja caer cabeza abajo suspendida de un hilo que debe dividir en dos el marco poligonal. En el punto central de este deposita un pequeño copo sedoso que sirve de apoyo a todos los radios, que divergen entre sí, hasta llegar a la periferia, de manera absolutamente regular. La trama está urdida; aún queda por cumplirse una última operación. Hay que pegar a los radios un hilo aglutinante y dibujar una auténtica espiral. La Epeira se traslada hasta el centro de la tela, extrae el hilo, que anuda al copo sedoso, y pasa de radio a radio describiendo círculos hasta llegar al marco exterior. Terminará el trabajo caminando desde el exterior de la circunferencia hacia el centro, con objeto de intercalar nuevos círculos entre los primeros; imposible hallar procedimiento más juicioso para la obtención de una red encantadora, de un encaje de una perfección admirable. La tela de nuestra araña padece percances: una ráfaga de viento durante una tormenta o el golpe del ala de algún pájaro lanzado en persecución de un insecto las vuelve inservibles. La hábil hilandera no se ve demasiado afectada por semejante desastre; en menos de una hora habrá construido una nueva red. Es en las ocasiones en que la tela no ha sufrido más que un simple desgarrón donde demuestra los recursos de que dispone su inteligencia; se la ve realizar el zurcido con una seguridad tal que consigue atraer sobre la obrera el respeto del observador. Para la realización de labores que exigen precisión se necesitan herramientas especiales; de nuevo, los ganchos que rematan las patas de la Epeira muestran una complejidad mayor que los de las demás arañas. Uno de los garfios está hendido; es una horquilla que permite a la artista sujetar sus hilos y colocarlos donde conviene.

Epeira diadema (Araneus diadematus)
by Claus Giloi – CC BY 4.0
Mientras espera, la Epeira se coloca en el centro de la tela con la cabeza hacia abajo. Si un insecto viene tropezar con la trampa, se precipita sobre la pieza, la cual, en un instante, se ve sujeta y maniatada con un hilo de manera que no puede escapar. A finales del verano, la hilandera de nuestros jardines, tras efectuar su puesta, encierra sus huevos en un capullo formado con una seda diferente de las dos clases de materia textil que utiliza en la composición de la tela. La pobre madre, que debe morir en otoño, tiene la precaución de esconder la cuna de su progenie en un rincón lo más abrigado posible. Los individuos jóvenes, al eclosionar en la primavera, permanecen unas semanas juntos, como en familia, y después se dispersan para ir a vivir en ese aislamiento en el que se complacen por lo general las hijas de Aracne.

En diferentes partes de las Indias orientales, en medio de las islas del océano Pacífico, habitan las Epeiras más brillantes y de soberbias dimensiones. Las especies son numerosas, y en muchos lugares se hallan individuos por multitudes. A varias de estas arañas les gusta instalarse encima de los cursos de agua, y es en estos lugares donde el espectáculo que se ofrece a las miradas es más fascinante. Intentemos imaginar un río, plácido o torrencial, bordeado por una vegetación exuberante, una espesura en la que las plantas más dispares se confunden para formar el conjunto más armonioso. Flores extrañas se destacan entre los macizos de verdor, los árboles proyectan ramas que se inclinan y se entrelazan. En lo alto de los grandes árboles las Epeiras han fijado sus telas de orilla a orilla, y desde la piragua que pilota el isleño, el viajero experimenta sorpresa a la vista de estas edificaciones aéreas tan delicadas y que se suceden a menudo a cortos intervalos, confiriendo al paisaje efectos inesperados. Sobre cada una de estas telas aparece por lo común la gruesa araña, unas veces inmóvil, otras agitada, si es que está enzarzada con alguna víctima. En ciertos períodos del año se muestran unos globos amarillos como el oro suspendidos de las redes aéreas. Son los estuches que contienen los huevos. Cuando edifican sus redes por encima de los torrentes, las Epeiras están guiadas por un instinto de lo más afortunado; en el seno de una vegetación particularmente tupida encuentran vastos espacios al descubierto adecuados para una residencia amplia. Allí, mejor que en cualquier otra parte, escapan a enemigos voraces, con la buena suerte añadida de poder atrapar fácilmente en sus trampas a las cohortes de insectos de los que se alimentan. No son sólo mamíferos o insectos, lagartos o pájaros los que encuentran apetitosas a las arañas. Por todo el mundo, en una infinidad de poblaciones, las bellas hilanderas son consideradas un manjar delicioso. Es así que una especie robusta, muy difundida en los archipiélagos de la Polinesia, muy apreciada por los isleños, recibe el nombre de Epeira comestible (Epeira edulis)13.

Epeira edulis (Trichonephila edulis)
by Martin Hannan-Jones – CC BY 4.0
En 1862, al Sr. Dupré, capitán de barco, se le encomendó la misión de viajar a Madagascar en nombre del gobierno francés para felicitar al rey Radama II por su subida al trono. En Isla de la Reunión el comandante había tenido la feliz inspiración de invitar al doctor Vinson, un médico de Saint-Denis, a acompañarle. Dotado de un intelecto observador que arroja luz sobre cualquier cosa a la que se aplica, y animado por el noble deseo de registrar los acontecimientos del viaje, el Sr. Vinson ha prestado un afortunado servicio a los intereses de la ciencia. Ha dado a conocer la industria de la seda de los Hova y, adiestrado ya en los estudios sobre las arañas de Isla de la Reunión y de Isla Mauricio, ha proseguido sus investigaciones con las especies de Madagascar. Gracias a ello hemos adquirido todo un conjunto de nociones nuevas sobre la vida de las arañas de las regiones cálidas del globo que superan en importancia a todos los informes que se poseen de cualquier otra región. Por eso, por unos instantes, nos proponemos seguir al excelente observador en su peregrinaje por las islas Mascareñas y el territorio de Madagascar.14
En estas regiones, en medio de una vegetación tropical, unas Epeiras, que se cuentan entre las más grandes y más bellas, construyen telas verticales que sujetan a los árboles y arbustos mediante largos hilos de una resistencia extrema —unos hilos con los que se podría realmente fabricar buenos tejidos. En Isla de la Reunión predomina la Epeira negra; en Isla Mauricio, la Epeira dorada (Epeira inaurata)15, un magnífico animal cuyo cuerpo, que alcanza una longitud de entre cuatro y seis centímetros, luce en la cara superior un amplio parche de un precioso tono amarillo realzado por dos hileras de puntos negros. La especie de Madagascar, que los malgaches con mucho gusto mastican a dos carrillos, aún la supera en lo esplendoroso de su atavío. Su negro escudo dorsal esta revestido de una pubescencia plateada; su abdomen, en el que se entremezclan de la manera más armoniosa los colores del ébano, el oro y la plata, y sus patas de un rojo fuego, la distinguen como una criatura privilegiada. Por lo general, lo hemos mencionado ya, entre las arañas los machos son inferiores en tamaño en comparación con las hembras; pero es raro encontrar la desproporción tan enorme que existe entre los dos sexos de la Epeira negra y la Epeira dorada; el macho es un auténtico enano al lado de la hembra. El contraste impacta cuando, en la época de los amores, se le observa aventurarse en los dominios de una hembra, o cuando instala su pequeña tela en las proximidades de la vasta red de aquella.
En las regiones mediterráneas, unas encantadoras Epeiras que lucen una vestimenta más o menos plateada16 elaboran un tejido de malla regular que presenta una particularidad. El hecho ya había sido observado y se había pasado de largo sin aprender nada al respecto: una observación realizada en países lejanos acabaría iluminándonos. En medio de las húmedas sabanas de Isla Mauricio e Isla de la Reunión, una de estas bonitas especies del famoso género Epeira iba a provocar sorpresa y suscitar interés no tanto en razón de los posibles beneficios como de su industria. La araña confecciona una red análoga a las de sus congéneres, pero a esta red se le añade un hilo con curvas en zigzag y de un grosor enorme si se lo compara al resto de hilos que componen la tela, y este hilo llama mucho más la atención ya que brilla como la plata. Intrigado por la presencia de esta especie de cable de aspecto metálico, el Sr. Vinson se preocupa por descubrir su utilidad, y espera conseguir este objetivo destruyéndolo en varias telas. En consecuencia, corta aquel grueso hilo al que no ha visto moverse en ninguno de sus encuentros; unas horas después un nuevo cable había sido construido y ocupaba su lugar habitual. Diez veces repite la prueba y en cada ocasión el paciente animal repara el daño causado sin dar muestra alguna de turbación. Unas moscas y otros débiles insectos se precipitan sobre la tela; la araña los atrapa, si amenazan escaparse los envuelve con algunos hilos delgados, y el cable permanece sin ser usado. Nuestro observador se desanimaba e iba a renunciar a conocer el misterio que durante tanto tiempo se había esforzado en penetrar cuando, una mañana, lanzando una mirada desdeñosa sobre unas telas que había observado sin éxito posiblemente durante horas enteras, un saltamontes tropieza con la trampa; de repente, la araña libera el grueso hilo y, con una ligereza inimaginable, ata a este insecto al que no hubieran podido retener los hilos que embarazan a las moscas: la función del cable había sido descubierta; no quedaba sino hacer la alabanza de una de las maravillas de la naturaleza ignorada hasta la fecha. En lo sucesivo el observador pudo variar los experimentos a su gusto; bastaba con lanzar a la Epeira insectos voluminosos para que esta hiciese uso de su grueso hilo; cuando se le ofrecía una presa débil, no hacía ni ademán de tocarlo.

Argiope lobata
by Vladimir Kapitonov – CC BY 4.0

No cabe duda de que la mayor parte de las Epeiras prefieren las horas de más luz del día; sin embargo, algunas de sus hermanas son huéspedes de la noche. En las islas Mascareñas y en Madagascar viven algunas especies que, al caer la tarde, tejen una tela que destruyen al amanecer. Durante el día se mantienen agazapadas entre unas hojas agrupadas de manera a formar un nido. Las telas de estas criaturas nocturnas son redes de malla ancha de aspecto un tanto burdo si se las compara a las telas destinadas a un uso prolongado; el nómada, obligado a levantar su tienda o construir su cabaña cada atardecer, no piensa en lujos ni en la perfección de su labor. Para pasar el día, varias de estas hijas de la noche no se contentan con un refugio miserable hecho de hojas, sino que construyen, con un tejido sedoso, un tubo, o más bien una galería, especie de saloncito elegante. De este tipo de refinadas se encuentran algunas bastante notables en nuestra colonia de Isla de la Reunión y en Madagascar. La Epeira de Borbón (Epeira borbonica)17, con un cuerpo rojo como un cereza bien madura y unas patas largas de un negro reluciente, instala su red para la noche y su agradable refugio para el día bajo las techumbres de las casas, los salientes de las rocas o las ramas de los árboles grandes. La Epeira lívida (Epeira livida)18, de mayor tamaño y que presenta una encantadora tonalidad lila, vive entre los mismos lujos bajo los techos de las viviendas malgaches de la provincia de Imerina.

Epeira borbónica (Nephilingis borbonica)
by Cressent PH – CC BY-NC 4.0

Epeira lívida (Nephilingis livida)
by Louis Aureglia – CC BY 4.0
Porque destacan en su mundo como personajes de alta alcurnia, resulta de lo más normal que las Epeiras atraigan la atención y seduzcan a los observadores. No obstante, nos equivocaríamos si desdeñásemos a los ejemplares más humildes. Entre la vegetación, sobre las paredes de los pueblos, e incluso de las grandes ciudades, vagan arañas cuyas reducidas dimensiones nos inducirían clasificarlas entre las más insignificantes. Estos modestos animales desempeñan un papel en la naturaleza y sirven en ocasiones a los intereses de los agricultores mediante la destrucción de una infinidad de insectos dañinos: de esta clase son los miembros del género Theridion. Algunas de estas enclenques criaturas forman, con hilos sencillos y brillantes, una tela de malla amplia, mientras que otras confeccionan una auténtico tejido que reposa directamente sobre la hierba o que se fija a las plantas con ligaduras más o menos irregulares. Por lo común, las arañas Theridion se mantienen debajo de las telas y se precipitan sobre la presa enredándola en los hilos. Las hembras modelan varios capullos que sirven de recipiente a los huevos y los guardan dentro de sus redes; algunas especies edifican un refugio en forma de bóveda por medio de cuerpos extraños sujetos con de cordajes. A menudo, en los viñedos, las uvas aparecen cubiertas de una tela tan fina que escapa a la mirada de la persona que muerde en el racimo con avidez: bajo la tela había una pequeña araña; ha pasado desapercibida y ha sido engullida. Walckenaer, el primero que estudió al animal, lo llamó el Teridión bienhechor (Theridium benignum)19. Propietarios de los viñedos, a la vez ingratos e ignorantes, no conocéis al Teridión bienhechor y no os preocupáis en absoluto del inmenso servicio del que sois acreedores. La araña Theridion se alimenta en parte de insectos que dañan la vid; su pequeña telaraña es suficiente para proteger las uvas contra los ataques de diferentes animales muy aficionados a los sabrosos frutos, pero recelosos de que la boca se les enrede en los hilos de las arañas.

Theridión benigno (Dictyna arundinacea)
by Evgenii Iaitskii – CC BY 4.0

Linyphia argyrodes (Argyrodes argyrodes)
by Julien Tchilinguirian – CC BY 4.0
Unas arañas del género Linyphia (L. argyrodes)20 de formas bizarras, que alcanzan en su momento de mayor desarrollo de 4 a 6 milímetros, lucen sobre un fondo pardo-rojizo colores de oro y plata que brillan en la luz con un destello intenso. Se las encuentra en el sur de Europa y en África instaladas sobre una red delgada entre las mallas de la tela de una soberbia Epeira. Otro detalle que se añade a la peculiaridad de la escena es la presencia, durante cierta época del año, del capullo de la araña Linyphia: una diminuta pelota suspendida de la red de la Epeira mediante un frágil pedúnculo. ¿Debería esta desconfiar de sus compañeras de mesa? Es lo que habría que pensar, si nos atenemos a la escena que tuvo lugar un día ante los ojos de un observador. Una Epeira y una araña Linyphia mantenían una convivencia de lo más cordial: la voluminosa araña fue arrancada de su parcela; allí quedó la cuna de su familia, ahora desprotegida. Al día siguiente la araña Linyphia había abierto el capullo y devoraba tranquilamente las jóvenes Epeiras apenas eclosionadas.
IV
Ciertas legiones de arañas, superiores a todas las demás, habitantes de la sombra, se nos aparecen como las más extraordinarias por sus costumbres, sus instintos y, tal vez, su inteligencia. Algunas de estas especies, que no fabrican telas, tienen refugios precarios; otras ocupan residencias bastante simples; y otras aún, viviendas realmente suntuosas. Bajo nuestros cielos encontramos unas cuantas que, en lugares disimulados, confeccionan con una seda fina y blanca elegantes tubos en los que residen de manera casi permanente. Dentro de este grupo, las arañas Segestria se cuentan entre las más bellas. La Segestria florentina, o Segestria pérfida según los autores, la especie de mayor tamaño del género, es de un soberbio color negro con los quelíceros de un verde esmeralda resplandeciente. Difundida más o menos por toda Europa, se instala bajo las cornisas, en las grietas de las paredes o en los surcos entre los peñascos. Inmóvil durante largas horas en la entrada de su tubo, acechando a las moscas que se aventuran en las cercanías, se abalanza sobre la presa con una rapidez vertiginosa enredando en sus hilos al insecto alado, y después, marcha atrás, se retira a la profundidad de su refugio para comer a la sombra. Mientras que los demás tipos de araña tienen ocho ojos, las especies tubícolas no tienen más que seis, cosa que maravilla al filósofo. La araña Segestria carece de los órganos de visión que apuntan hacia la parte trasera; no habrían sido de utilidad ninguna para un animal prisionero en el interior de un tubo cerrado por un extremo. Así pues, en la naturaleza, toda la estructura de las criaturas está adaptada a las condiciones de existencia de las que ninguna especie puede liberarse.


En las regiones intertropicales del antiguo y el nuevo mundo, y especialmente en las Antillas, la Guayana y el Brasil, habitan las enormes arañas que los colonos europeos han denominado “arañas cangrejo” y los naturalistas Mygale21. Ante la presencia de estos animales armados de colmillos robustos y patas gruesas, se percibe que la ligereza y la agilidad se combinan aquí con la fuerza muscular. De entre todos los representantes del mundo que nos ocupa en este momento, es aquí ciertamente donde el organismo despliega su mayor potencia física. Las arañas Mygale no producen sino una pequeña cantidad de seda, justo la que necesitan para asegurar la marcha sobre una superficie vertical, o para atar a una presa y reducir a la impotencia los movimientos desordenados de una víctima. Tienen unas garras simples que no servirían de ningún modo como herramientas de trabajo. Cazadoras como son, residen en las oquedades de los árboles y no salen más que para ir de caza. Hemos hablado ya de cómo, en el mundo de las arañas, los ojos están distribuidos para ofrecer el mejor servicio en cualquiera de las circunstancias en las que debe transcurrir la vida de la especie. Es al observar a las enormes arañas Mygale que uno queda impresionado por los sorprendentes recursos de que dispone la naturaleza. En su caso los ojos no están dispersos como en las demás arañas; en mitad de la región cefálica se eleva una protuberancia, y sobre esta suerte de colina se agrupan los órganos de la visión, los dos más grandes en la parte delantera, uno a cada lado y dos atrás. De este modo, la robusta aventurera es capaz de identificar en cualquier momento a la presa que codicia, a las criaturas que debe temer o despreciar y al enemigo del que debe desconfiar. Al amparo de las sombras, las grandes arañas Mygale salen especialmente durante las horas del crepúsculo y de la noche, capturando con la misma audacia tanto al insecto grueso como a la pequeña lagartija o al encantador colibrí.
No se conocía entre las arañas más que hilanderas expertas cuando, en el transcurso del año 1768, se anunció ante la Academia de las ciencias que se había descubierto un nuevo motivo para admirarse por la variedad infinita de la naturaleza. El abad Sauvage22, de la Sociedad real de Montpellier, notificó un hecho que en aquel momento pareció verdaderamente extraordinario; se trataba de una araña “que no tiende ninguna suerte de de red, sino que excava una madriguera como un conejo y que, más laboriosa todavía, añade una puerta móvil”. La especie había sido observada en los márgenes de los caminos de los alrededores de Montpellier y en la orilla del pequeño río Lez. Un poco antes, en Jamaica, un explorador, Patrick Browne23, había encontrado un nido de construcción análoga, mucho más grande, infinitamente menos perfecto. Desde finales del siglo pasado se ha hablado a menudo en Francia de las arañas albañilas; en Inglaterra, de las arañas trampilla. ¿Quiénes son estas obreras tan hábiles, estas arañas con unas costumbres y una industria tan diferentes a las de cualquier otra araña? Al principio se afirmó que eran arañas Mygale, se juzgó que eran del mismo tipo que las cazadoras de América del sur. Ciertamente, en lo que hace al conjunto de la estructura, la relación entre unas y otras es estrecha; en algunos pequeños detalles de forma la diferencia es notable, y nos interesa sobremanera reconocer la importancia de estos. Al igual que las enormes arañas Mygale, las albañilas tienen un cuerpo robusto, patas gruesas y ojos agrupados sobre una protuberancia del escudo dorsal; sin embargo, en la cara inferior de los quelíceros las albañilas tienen una hilera de púas, una especie de rastrillo; en los palpos encontramos espinas, y las garras de las patas tienen unos dientes que les dan un aspecto de peines microscópicos. Todo esto son aperos, herramientas de trabajo de las que carecen las arañas Mygale, obligadas a contentarse con una residencia ocasional. De manera que, para los naturalistas, las arañas albañilas se convirtieron en las ctenícidas24.

Para dar una idea precisa del alojamiento de las arañas albañilas, hemos de recurrir a la comparación, y entonces surge una dificultad. Hay que comparar la vivienda de un hombre que lleva impresa la marca de la miseria con el refugio de un animal laborioso que luce la impronta de la prosperidad. En efecto, en las ciudades de Flandes se contempla con un sentimiento de compasión a la pobre familia que habita en un sótano. Cuando cae el crepúsculo, en la calle oscura, el extranjero tropieza con unos salientes; son las puertas de los sótanos, unas trampillas que se levantan con la ayuda de una anilla y se cierran por dentro por medio de un gancho. La cerradura es burda; al penetrar en la morada, lo cual se realiza descendiendo por una especie de escalera, el espectáculo es lastimoso: las paredes aparecen desnudas y húmedas. El aire y una luz debilitada no penetran más que durante las horas en que el estado de la atmósfera permite mantener la trampilla abierta. Hace menos de medio siglo, los sótanos eran numerosos en las ciudades del norte de Francia, y muchos de ellos de la más pésima condición. A día de hoy son menos frecuentes, y los que persisten, un tanto mejor acondicionados que entonces; aún así, nadie ha fantaseado todavía con habitar uno de los sotanos en Lille, Cambrai o Dunkerque.

Araña Pionera (Cteniza suvagesi)
by William PERRIN – CC BY-NC 4.0
Sí, la encantadora residencia de las arañas albañilas hay que compararla con el sótano de una familia flamenca pobre; existen analogías en el modo de cerrarla y en la manera de entrar en el domicilio. Si embargo, los alojamientos de los ctenízidos hay que considerarlos como muy agradables. Están tan perfectamente disimulados de cara al exterior que solo un observador experimentado consigue detectar su presencia en la superficie del suelo. En un principio nada hacer sospechar que haya ningún lujo, pero enseguida nos veremos llevados a pensar en la residencia de algún rico Árabe. Por fuera, con objeto de no excitar ninguna codicia, todo presenta un aspecto miserable, mientras que en el interior reina la limpieza, la elegancia, la distribución armoniosa que agrada a la gente de gusto refinado. Así, en el sur de Francia y en casi toda la Europa meridional, ocultas a las miradas de los simples mortales, abundan las edificaciones de las arañas albañilas. Es en los terrenos compactos, exentos de piedras e incluso de grava, donde no hay que temer ninguna filtración, donde se excavan los nidos de las albañilas, a menudo muy próximos unos de otros. Cada uno de estos nidos consiste en un agujero vertical, una especie de pozo con unas dimensiones proporcionadas al tamaño del arquitecto. El tubo, bastante cilíndrico, se ensancha de forma regular hacia el orificio. ¡Un agujero excavado en la tierra! Pero ¿no hay acaso una multitud de animales dedicados a una tarea semejante? Puede ser; sin embargo, las obras de las arañas albañilas continúan siendo únicas. En efecto, a estas criaturas de la élite no les basta con habitar un tugurio vulgar. Con la seda de que disponen tapizan las paredes de la estrecha residencia con el terciopelo más suave que se pueda imaginar. Se creería que tales reductos son salones encantados. No tenemos que pensar que los nidos permanecen abiertos y su habitante expuesto a ser atrapado y comido por los depredadores. Una puerta sólida, una trampilla que no resulta sencillo romper ni echar abajo, forma una barrera realmente formidable. La puerta se modela con los materiales desechados durante la excavación del pozo; las partículas de tierra se aglomeran en capas con la ayuda del material sedoso. Tallada con cierta forma de cono de manera que se adapta al ensanchamiento del cilindro, no se la puede hacer ceder con una presión procedente del exterior. Por fuera es desigual, rugosa como el suelo que la rodea, lo cual la sustrae a la atención de los enemigos. Por dentro está bellamente tapizada, igual que la estancia misma. A una puerta le resulta indispensable una bisagra, y una cerradura es a menudo bastante necesaria. A los ctenízidos no se les han pasado por alto estas mejoras. La bisagra, formada de una seda compacta y densa, presenta una tenacidad increíble y una elasticidad tal que la trampilla cae infaliblemente en cuanto se la deja de sujetar. Lo que hace las veces de cerradura o pestillo se nos antoja algo más primitivo; son una serie de pequeños agujeros que parecen pinchazos de aguja, distribuidos en círculo en el lado opuesto a la bisagra. Una vez bajada la trampilla, el cierre es tan preciso que no se puede introducir ni la herramienta más sutil sin riesgo de dañarlo. La reclusa puede dormir tranquila en su refugio. Sin embargo, está preparada para no bajar nunca la guardia. Si un enemigo intenta levantar la trampilla, al instante se aferra a su pozo, clava sus garras en los pequeños agujeros de la tapadera, realiza los más desesperados esfuerzos para retener la puerta. Cae la tarde; con el crepúsculo, o con la suave claridad de la luna, la araña albañila sale furtivamente de su retiro y se pone en campaña, pues hay que vivir; pero en las cercanías de la ribera mediterránea encuentra un territorio excelente para la caza, y apenas tiene que temer un ayuno prolongado. Una vez saciada regresa al alojamiento y, levantando la trampilla con las garras, se oculta a las miradas en un abrir y cerrar de ojos. La obra de la pequeña araña albañila, contemplada por vez primera por Sauvage en los alrededores de Montpellier, era citada como una de las obras maestras más sorprendentes de la industria animal; pronto se descubriría otra del mismo género y más notable todavía debido a sus dimensiones.

Araña Pionera (Cteniza suvagesi)
by Rumsaïs Blatrix – CC BY-NC 4.0
En Córcega, en Cerdeña, en Italia y hasta en los alrededores de la ciudad de Menton, habita un ctenízido mucho más grande y bello que la especie del litoral del Languedoc y la Provenza: la Pionera (Cteniza fodiens)25. Su nido es maravilloso; por lo común está construido en esa arcilla de tonalidad rojo claro que tanto encanto proporciona a las ciudades del este. Con una profundidad de 1 a 2 decímetros y un diámetro algo superior a 2 centímetros, es una verdadera joya. Al igual que las moradas de las pequeñas albañilas, las de la Pionera se agrupan por lo general en buen número unas cerca de otras; a menudo, incluso, están contiguas. Los primeros admiradores del arte de las Pioneras, el italiano Pietro Rossi26 y nuestro compatriota Victor Audoin27, quedaron impresionados por estas agrupaciones semejantes a poblados. La razón es que apenas se puede pensar en arañas sin que a uno se le venga a la mente la vida solitaria de los individuos, e incluso el aislamiento premeditado con tal de evitar un posible encuentro. Evidentemente, las arañas albañilas no profesan por las demás criaturas de su raza la antipatía que durante mucho tiempo pareció ser la norma absoluta en este mundo cuya historia estamos bosquejando. No se tardó en averiguar más cosas sobre este asunto. Mientras que en cualquier otro lugar de este extraño mundo, la unión de los machos y las hembras no dura sino un instante, y tiene la forma de un ataque sorpresa por parte de los machos, en el caso de los ctenícidos las maneras son más dulces y recuerdan los hábitos de nuestros pájaros más gentiles. Solo que los pájaros construyen un nido para criar a la familia; con vistas a su nidada, las albañilas no tienen necesidad de edificar nada, pues ya tienen un domicilio permanente. En verdad, se diría entre humanos, estar en posesión de una bonita morada con un interior encantador, ¿no es acaso la circunstancia más propicia para la formación de un hogar? Los ctenízidos, por instinto, actúan como si fueran conscientes de ello. En la época de la reproducción, un macho es admitido en la residencia de una hembra; permanecerá allí una temporada. Una vez realizada la puesta, los esposos parecen velar sobre el paquete en la mejor armonía y con idéntica solicitud. Los pequeños eclosionan y crecen; durante la primera infancia se les tiene que dar de comer. Así que, durante cierto tiempo, toda la familia está en el nido; pero los jóvenes individuos crecen e, igual que los pájaros cuyas alas se han vuelto lo bastante fuertes para darles confianza, como ávidos de independencia abandonan a sus padres sin preocuparse por unas atenciones maternas que ya no necesitan. El padre y la madre, olvidando el lazo que los había atado el uno al otro, se han separado ya y han recuperado, junto al aislamiento, la libertad. Al observar a un macho en la celda de la hembra, llegamos a sospechar que se les abren varias puertas, ya que las hembras son numerosas, y los machos bastante escasos.


Sabíamos donde se podían situar todos estos hechos, cuando un amigo de la naturaleza, el ingenioso investigador cuyas indagaciones sobre las hormigas resumimos en otro lugar, Traherne Moggridge28, se propuso profundizar aún más en los secretos de la vida de las arañas albañilas. Para empezar, quiso contemplar a las hábiles obreras manos a la obra, pero como trabajan por la noche, es complicado sorprenderlas durante sus operaciones. Con paciencia y sagacidad se puede avanzar por la vía de los descubrimientos. El pobre joven, al que una salud deplorable condenaba a una muerte próxima, poseía las cualidades que conducen al éxito. Será un buen guía a la hora de seguir a una araña albañila o a una Pionera que se dedica a la edificación de un nuevo alojamiento cuando algún accidente la ha privado de su residencia habitual. La sujeto opera con rapidez sin descuidar ningún detalle y como obedeciendo a un método perfecto. Los emplazamientos preferidos son las pendientes de las terrazas y los márgenes de los ríos; allí, poniéndose a la faena en los momentos en los que el suelo está húmedo, despeja el terreno con la ayuda del rastrillo de sus quelíceros, y el agujero cilíndrico empieza a perfilarse. A ciertos tramos de la pared les falta cohesión, es de temer un desprendimiento; enseguida el animal, al que se creería salido de una escuela de ingenieros, consolida las partes con seda y teje en capas sucesivas la bonita tapicería aterciopelada que tiene que decorar la morada. La araña continúa así la obra mientras esta no ha alcanzado la profundidad establecida. Una vez construido el tubo, la albañila tiende por encima de la abertura una pequeña tela, y adhiere a esta algunas motas de la tierra que se encuentra a su alcance. Se tiende un nuevo manto de seda, y se forma un segundo estrato; las capas se suceden hasta que la trampilla tiene el espesor requerido. Entonces corta a ras los bordes para dejar los contornos bien definidos; la puerta está acabada. Si tomamos este o aquel nido de araña albañila o Pionera, ciertamente, cada cual se dirá: “es un objeto admirable”. Al comparar un buen número de nidos de la misma especie se perciben diferencias notables en cuanto al valor de la obra. Entre estas construcciones hay algunas cuyo trabajo es irreprochable; es la perfección absoluta. Otras, relativamente, tienen un acabo menos pulido, son edificios más burdos. Entre estas arañas poseedoras de un arte refinado, como en cualquier otra parte, existen individuos más diestros, más hábiles, más destacados. De vez en cuando encontramos nidos que tienen dos puertas y dos vestíbulos; en la mayoría de estas construcciones de doble entrada, una de las trampillas ha sido clausurada. ¿Acaso la propietaria, una vez instalada, ha detectado algún inconveniente en la puerta destinada a la salida? Moggridge observó que los nidos con doble puerta siempre son construidos por individuos jóvenes, lo que podría llevar a pensar que estos individuos, al carecer aún de experiencia, no eligen a la primera ubicación más ventajosa. A veces se encontraba la residencia de algún ctenízido ampliada con un ramal ascendente que no se abría a la superficie del suelo, sino que estaba provisto de una puerta interior que separaba la pequeña cámara de la habitación principal. La opinión de nuestro investigador es que se trata de un medio de defensa. Suponiendo que el domicilio es invadido por una lagartija o un milpiés, la araña le cierra la puerta en las narices y se refugia en la pequeña cámara. Se pone así a resguardo del voraz animal, que sin duda quedará decepcionado al encontrar vacía la casa. Por tanto, estas arañas albañilas toman infinitas precauciones para no ser descubiertas. En ciertas localidades, la superficie de las trampillas, desigual y de aspecto rugoso como el suelo que la rodea, disimula la entrada del refugio. En otros lugares estos precavidos animales no se contentan con esta manera de engañar al enemigo: ocultan su residencia con musgo, liquen, briznas de hierba o paja, en fin, con cualquier cuerpo extraño que alcanzan a recoger. Cuando están en la faena las arañas albañilas son muy diligentes; privada de su refugio, una de estas laboriosas criaturas había construido una nueva vivienda en el espacio de una o dos noches. A pesar de semejante rapidez en la ejecución, los individuos jóvenes, según afirman los mejores observadores, no abandonan el nido que se les ha quedado demasiado estrecho; son capaces de agrandarlo para encontrarse siempre cómodos en su interior, tal como conviene a unas criaturas llenas de recursos. En 1868 el naturalista austriaco Erber29, recorriendo la isla de Tenos, en el archipiélago de las Cícladas, hizo el hallazgo de un ctenízido (Cteniza ariana)30 desconocido hasta la fecha y se dedicó a estudiar sus costumbres. Esta araña, igual que su congénere, sale al atardecer para ir de excursión, pero deja su puerta abierta, teniendo cuidado de ligarla a algún objeto próximo, como una piedra o el tallo de planta. Una vez levantada la trampilla, como por precaución, teje ante la entrada del alojamiento una tela que destruye por la mañana cuando regresa para pasar el día en su refugio.

Cteniza californica (Bothriocyrtum californicum)
by Cory Butterfield – CC BY 4.0
Las arañas albañilas han sido vistas en numerosas partes del globo, pero siempre en países en los que reinan unas temperaturas bastante elevadas. Están muy extendidas en las regiones de la cuenca del Mediterráneo; se las ha observado en los territorios australes y en América. Una de estas (Cteniza californica)31, de buen tamaño, habita en California; un individuo de esta especie, completamente vivo, fue traído recientemente al Museo de historia natural recluido en su alojamiento; se lo colocó en una caja adecuada. En el laboratorio del Jardín de Plantas, la albañila californiana encontró a un amigo de las arañas, el Sr. Hippolyte Lucas32. Durante cuatro meses el entomólogo trató con la mayor cortesía al laborioso animal. En una jugada ingeniosa, le abría la puerta y le presentaba una mosca en la punta de unas pinzas. La araña, que acaba de completar un largo viaje, estaba hambrienta; se acercaba para coger la mosca hasta la entrada de la estancia, pero retrocedía tan pronto como se pretendía atraerla al exterior. Permanecía desafiante, incluso ante un amigo. Una buena noche, después de haber quedado saciada en los días previos, selló el contorno de aquella puerta que le disgustaba ver cómo se abría: a la mañana siguiente se había construido una nueva trampilla no lejos de la primera. ¿Acaso había pensado el pobre animal que esta segunda abertura pasaría desapercibida a aquel que la molestaba por la puerta que solía utilizar? Cuando llegó su última hora, la albañila californiana salió lánguideciente de su querida morada; una vez muerta, fue acogida por la tierra a cierta distancia.

Cteniza californica (Bothriocyrtum californicum)
by Toby – CC BY 4.0
Acabamos de contemplar el mundo de las arañas en sus diferentes aspectos. En cada una de sus legiones, representadas por multitud de especies, hemos considerado las aptitudes y los géneros de vida más interesantes o mejor conocidos. En ningún otro grupo se encontrará, en medio de un conjunto tan vasto, un componente de unidad fundamental tan evidente en lo que hace a los rasgos esenciales, una diversidad tan atractiva en las cosas secundarias. Con un organismo que las posiciona siempre como criaturas de un rango superior, el reparto de fortunas, capacidades físicas y recursos para la lucha por la existencia es muy desigual entre las arañas. A pesar de su industria, las arañas no inspiran ni la simpatía ni el interés que suscitan los insectos que trabajan en común formando asociaciones que evocan las sociedades humanas. Siempre solitarias, parecen representar el más alto grado de egoísmo del individuo. Sin embargo, las arañas, pobres o ricas, vagabundas o sedentarias, son en cualquier caso unas madres atentas cuya diligencia para con su descendencia no tiene parangón; diligencia a la que llamaríamos ternura si no temiéramos atribuir a unas enclenques criaturas un sentimiento que no corresponde sino a las criaturas más nobles. La hostilidad y el odio entre individuos de la misma raza aparecen como la regla, la tolerancia es la excepción. Entre las criaturas animadas, al menos durante los días de bonanza, las relaciones entre individuos de los dos sexos ofrecen un espectáculo de deliciosa intimidad. En los diferentes grupos de arañas las relaciones entre machos y hembras parecen por lo general muy tensas, pero, como si la naturaleza rechazase cualquier excepción absoluta, hemos podido asistir a las uniones completamente armoniosas de algunas especies privilegiadas. Al exponer los hechos que se muestran a nuestra observación, el instinto se ha presentado bajo formas sorprendentes, y al mismo tiempo han aparecido indicios de una facultad más elevada. En efecto, la criatura que reconoce las circunstancias, que valora con exactitud, que repara los desperfectos de sus obras de manera irreprochable, ¿no demuestra capacidad de raciocinio? Ciertamente, el conocimiento de los actos y las facultades de las criaturas más humildes no resulta inútil para la comprensión de los admirables fenómenos que constituyen el objeto de la psicología.

Notas
↑ * Suborden o Superfamilia— En los órdenes Blattodea, Hymenoptera y Lepidoptera, para agrupar las familias hemos preferido usar las superfamilias en lugar de los subórdenes.
↑ 9. “Thomises” en el original, familia Thomisidae, conocidas también vulgarmente como arañas cangrejo.
↑ 10. “Épéïres” en el original, es la vulgarización del término Epeira, un género en desuso a día de hoy. Gran parte de las arañas que se registraron dentro de Epeira se recogen actualmente en el género Araneus.
Hemos de advertir que la literatura en castellano que hemos revisado no recoge el uso del término “epeira” como nombre común o vulgar de ningún insecto. Lo adoptamos nosotros ad hoc, por nuestra cuenta y riesgo, primero, porque Blanchard, y la tradición en la que él esta inmerso, sí que admiten este uso; segundo, porque se deja traducir de forma tan espontánea —nos suena tan natural la forma “epeira”—, que casi se impone por sí misma; y tercero, porque con ello, qué duda cabe, nos ahorramos el suplicio de tener que buscar, y a veces inventar, la “correcta traducción” para cada una de las arañas a las que Blanchard va a llamar “épèïre”.
↑ 11. Léase la nota anterior, pues como el lector presiente, nuestro uso del término “epeírido” obedece a una lógica similar a la expuesta aquí arriba. Nos referimos con él a la familia Epeiridae, caída en desuso a día de hoy y reemplazada en las taxonomías por Araneidae.
↑ 12. “Epéïre diadème”, en el original. Conocida por un tiempo en terminología científica como Epeira diademata, Araneus diadematus en la nomenclatura actual, se trata de la común araña de jardín, o, mirando desde un poco más lejos, la araña de jardín europea.
↑ 13. Edulis, en latín, significa “comer”. En las nomenclaturas actuales se la llama Trichonephila edulis.
↑ 14. Auguste Vinson (1820 – 1903), médico, poeta y miembro de la Academie des Sciences. Sus descubrimientos aparecieron publicados en Aranéides des îles de La Réunion, Maurice et Madagascar. Librairie Classique Eugène Belin, Paris, 1863
↑ 15. Trichonephila inaurata, según la taxonomía actual. Según los datos que tenemos, es la misma especie que la Epeira negra antes mencionada.
↑ 16. Las especies del género Argiope. (N. del A.)
↑ 17. Nephilingis borbonica, para la taxonomía actual.
↑ 18. Nephilingis livida, ibid.
↑ 19. Dictyna arundinacea, ibid.
↑ 20. Argyrodes argyrodes, ibid.
↑ 21. Blanchard dice “les mygales”. Definido como un género por Latreille en 1802, el término Mygale ya no está en uso a día de hoy. Las arañas que se decían pertenecientes al género se incluyen ahora en un infraorden Mygalomorphae.
↑ 22. Pierre-Augustin Boissier de Sauvages de La Croix (1710 – 1795), naturalista y lexicógrafo francés.
↑ 23. Patrick Browne (1720 – 1790), fue un médico, botánico y explorador irlandés que, después de viajar por varias islas del Caribe, se asentó en Jamaica en 1746; regresaría a Irlanda en 1771.
↑ 24. “Cténizes”, en el original; familia Ctenizidae, del griego ktenos, "peine".
↑ 25. “Pionnière”, en el original. Cteniza sauvagesi, para la nomenclatura actual.
↑ 26. Pietro Rossi (1738 – 1804), medico y zoólogo italiano, autor, en 1790, de una Fauna etrusca.
↑ 27. Jean-Victor Audoin (1797 – 1841), médico, profesor de entomología, cofundador de la Sociedad de historia natural de París, naturalista y ornitólogo.
↑ 28. John Traherne Moggridge (1842 – 1874), fue un botánico, entomólogo y aracnólogo británico miembro de la Sociedad Linneana de Londres.
↑ 29. Josef Erber (1823-1882).
↑ 30. Cyrtocarenum cunicularium, según la nomenclatura actual.
↑ 31. Bothriocyrtum californicum, ibid.
↑ 32. Pierre Hippolyte Lucas (1814 – 1899), entomólogo francés y hermano del más famoso alienista (v. psiquiatra) Prosper Lucas.
Fuentes
Versión propia a partir de:- “Les araignées”, en Revue des Deux Mondes, París, 1886 (Wikisource)
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